En el útero materno se forma el cuerpo sexuado. Desde entonces, “comienza un complejo proceso de maduración de la identidad sexual que durará hasta que la persona se haga adulta (entre los 25 y los 30 años)”, según el psicólogo Juan Pablo Rojas Saffie.

Por Isabel Molina Estrada

Luis tiene 6 años. Es un niño de temperamento sensible y cuando se siente frustrado, llora. Si su padre le ve llorar, le repite el estereotipo de “los chicos no lloran”. Sin embargo, él no puede parar de hacerlo. Así que un día comienza a pensar: “Quizás no soy tan hombre”. A estas dudas se suma el bullying de sus compañeros, que le hacen sentir afeminado y raro porque no le gustan los juegos bruscos. Al0go similar le ocurre a Nina. A diferencia de sus amigas, no le gusta jugar a cocinitas ni vestir muñecas. Tiene mucha fuerza y ante un conflicto no duda en liarse a puñetazos. “¡Pareces un niño!”, le dicen. Ante situaciones así, ¿qué pueden hacer los padres?

 

El psicólogo Juan Pablo Rojas Saffie, experto en disforia de género, asegura que “la masculinidad y la feminidad resisten una amplitud de conductas”, y que “no hay una sola manera de ser varón ni existe una sola manera de ser mujer”. En conversación con Misión lo explica con detalle.
¿Qué hace a un niño ser más sensible, o a una niña ser más física y activa?
Uno de los factores que se ha encontrado es el hormonal. Una mayor producción de testosterona en mujeres, o una producción inferior de testosterona en varones, influye en el temperamento. Lo que podría ocurrir es que los demás reconozcan a ese niño(a) como una persona “distinta”, y le hagan comentarios del tipo “eres una marimacho” o “eres un niño afeminado”, pero en realidad ese niño (o niña) tiene unos niveles de testosterona que lo hacen un hombre más sensible o una niña más “física”  (aunque esos niveles sigan estando dentro de los rangos posibles y normales).
¿Estos comentarios afectan la autoimagen del propio niño? 
Los niños pequeños tienen estereotipos muy rígidos sobre qué es masculino y qué es femenino. Dicen: “pelo largo: mujer”; “dureza: masculinidad”; “llanto: mujer”; “fuerza y resistencia: masculinidad”; y se comparan en sus conductas con estos estereotipos rudimentarios. Por eso, el chico que se percibe más sensible o incluso llorón, cuando él mismo hace una comparación con los estereotipos de género que tiene en su cabeza, empieza a considerar: “Quizá no soy tan hombre” o “quizás soy una mujer en cuerpo de hombre”, etc.  Eso se retroalimenta con lo que le dicen en el colegio sus compañeros, o con lo que sus padres le dejan de decir.
¿Cómo se puede evitar que se encasillen en estereotipos que no corresponde con su sexo?
Desde pequeños, los niños necesitan que les digan que la sensibilidad o el llanto no son excluyentes de ser varón. Una de las soluciones que he pensado muchísimo durante mi investigación sobre “incongruencia de género” es que es importante que los educadores se preocupen por explicar a estos niños que no hay una sola manera de ser varón, ni existe una única manera de ser mujer. Y que a los niños sensibles les muestren ejemplos de hombres sensibles que han sabido ser varones siendo sensibles a la vez (músicos, artistas…). Con estos modelos, ellos pueden sentirse confirmados como hombres sensibles.
¿Ha pensado algunos ejemplos?
Aquí entra en juego la creatividad de los padres. Pueden transmitir modelos que ellos conozcan bien. Por ejemplo, algún artista que admiren. En el caso de las mujeres que tiene alguna conducta más “masculina” , se pueden buscar modelos de mujeres fuertes, líderes, para reafirmar a una niña más activa en su feminidad. Se me ocurre santa Juana de Arco, que incluso tuvo experiencia con las armas.
¿Qué papel juega la relación con los padres en la formación de la identidad sexual?
Una buena relación con los padres es predictora de una identidad sexual congruente. Hace que el niño quiera ser como su padre porque lo admira como hombre y la niña como su madre porque se identifica con ella como mujer. En contraste, por ejemplo, padres distantes, lejanos o que no viven roles sexuales de manera apropiada (que maltratan o menosprecian a la mujer) en el caso de los chicos, y madres dominantes o posesivas en el caso de las chicas, pueden hacer que luego ese hijo (o hija) no quiera identificarse con su padre (o con su madre).
¿Qué otros factores psicológicos inciden en la maduración de la identidad sexual?
La formación que dan los padres en temas de sexualidad: es importante que la niña se sienta tratada siempre como mujer y el niño como varón; y que la niña sienta una especial cercanía a su madre y el niño a su padre. Parece lógico, pero no lo es, porque muchos padres, queriendo desmarcarse de ideas tradicionales, tratan de criar a hombres y mujeres sin diferenciarlos: los visten de la misma manera, les enseñan de la misma manera… por evitar presuntos sexismos. Con esto van omitiendo la educación diferenciada que requiere la naturaleza humana.
¿Y si los padres se dan cuenta de que han cometido errores?
No hay padres perfectos. Los padres que tienen tendencia a actuar de manera más violenta con los hijos quizás recibieron también una educación sancionadora. Por eso, el padre que ve que está siendo demasiado distante, hipertrabajador o duro con sus hijos que analice con honestidad si a él le hubiese gustado un padre más cariñoso y disponible. El hecho de que ese padre reconozca sus limitaciones –ve que se está equivocando, trata de mejorar y pide ayuda– puede ser un gran regalo para sus hijos.

ETAPAS EN LA MADURACIÓN DE LA IDENTIDAD SEXUAL

  • De 1 a 2 años, muestra conductas que son más propias de su sexo: los niños prefieren juguetes más activos (como los coches), y las niñas prefieren juguetes para el cuidado y los roles maternales. Aun así, su autoconocimiento es rudimentario.
  • Entre los 3 y los 5 años, el niño entiende que hay cosas de mujeres y cosas de hombres, pero no distingue la “conducta” del “ser”. Piensa que vestirse con una falda lo hace mujer. Por eso, para él es confuso si se le pide que se vista de mujer o se deje el pelo largo, porque cree que eso lo transformará en mujer.
  • Entre los 5 y los 7 años, empieza a desarrollar la idea de que hay una sexualidad que va más allá de las conductas y que, aunque se vista de mujer (o de varón), sigue siendo varón (o mujer).
  • Entre los 7 y los 8 años, desarrolla una conciencia potente de sí mismo. Aprende que su sexo lo ha tenido desde que nació y lo va a mantener para siempre. Es lo que se llama la “constancia de género”, un concepto del psicólogo Lawrence Kohlberg por el cual el niño es capaz de tener conciencia de “soy hombre, aunque me deje el pelo largo o corto”. Igual le ocurre a la niña.
  • Estas edades son aproximadas, pero es importante irlas verificando, porque se sabe que los niños o niñas que se van atrasando en la adquisición de este logro cognitivo tienen algún grado más de dificultad en adquirir la constancia de género”, afirma Rojas Saffie.

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