Abusos a menores: Cómo enfrentarse al 11-S de la Iglesia

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Los abusos sexuales cometidos por miembros de la Iglesia han causado un inmenso sufrimiento a sus víctimas y han abierto una profunda crisis entre los católicos. A pesar de las medidas adoptadas por los tres últimos Papas, muchos sacerdotes y laicos se sienten desgarrados por el dolor de los abusados y, a la vez, se perciben inmersos en una campaña que ataca a la Iglesia con estos hechos como excusa. Misión te ofrece algunas claves para ayudarte a poner luz entre tanta ponzoña.

Por José Antonio Méndez

El escándalo de los abusos sexuales cometidos por miembros del clero ha sido definido como una de las mayores crisis en la historia de la Iglesia. Primero, por las  “heridas indelebles” provocadas en las víctimas de estos  “crímenes abominables”, en palabras del Papa Francisco. Pero también porque la gravedad y magnitud de los hechos revelados (tanto los abusos mismos como los intentos por ocultarlos) han sido de tal envergadura que  “han desconcertado a sacerdotes y laicos, y han hecho que muchos se cuestionen la misma fe de la Iglesia”, como ha alertado el Papa emérito Benedicto xvi, que el pasado mes de abril llegó a romper su habitual silencio  “para ayudar en esta hora difícil”.
Entre las muchas voces que se han alzado para abordar este asunto, fue especialmente gráfica la del actual prefecto de la Casa Pontificia y secretario personal del Papa emérito, monseñor Georg Gänswein, que hace pocos meses definió los casos de abuso como  “el 11-S de la Iglesia”. El símil no era una hipérbole sin sentido: al descubrirse estos hechos pestilentes, todo el mundo (empezando por los católicos) ha podido evidenciar que la institución eclesial es vulnerable ante los ataques del pecado, y, sobre todo, se ha puesto de manifiesto hasta qué punto esos ataques han provocado un enorme volumen de  “almas que han sido heridas, irremediable y mortalmente, por sacerdotes de la Iglesia católica”.
Es obvio que los abusos sexuales que atañen a la Iglesia causan rechazo en cualquier sector de la sociedad. Pero basta sacar el tema en ámbitos eclesiales para comprobar el enorme grado de indignación, dolor y desconcierto que han generado entre los propios católicos, que se reconocen atónitos ante la depravación miserable de algunos miembros de la Iglesia.  
Asco, dolor y desconcierto
Su empatía con el dolor de las víctimas, su asco ante semejantes pecados y sus deseos de justicia se ven mezclados, además, con una sensación de persecución, como si hubiese una campaña para sacar a la luz solo los casos de pederastia que afectan a la comunidad católica. Porque, aunque los medios han prestado un impagable servicio a la Iglesia al destapar la verdad de estos casos, “es indudable que esas conductas reprobables han sido ocasión y pretexto para ataques directos contra la Iglesia, y la existencia de casos innegables se ha vivido en algunas redacciones de medios de comunicación como si se hubiera levantado la veda contra el enemigo”, como explican los periodistas Jack Valero, Yago de la Cierva y Austen Ivereigh en Cómo defender la fe sin levantar la voz (Palabra, 2019).
Para desenmarañar esta madeja de sentimientos encontrados, te ofrecemos cinco bloques con claves de interpretación. Porque, como ha recordado el Papa, dar respuesta a esta dolorosa situación no es cometido exclusivo de obispos, cardenales o superiores religiosos, sino que  “afecta a todo el pueblo de Dios”. El objetivo ya ha sido marcado por el Sucesor de Pedro: la misión que tienen los católicos tras destapar la putrefacción de esta herida es  “erradicar este flagelo, no solo del cuerpo de la Iglesia, sino también de toda la sociedad”.
  1. Lo primero, las víctimas
Los ataques a la fe hacen que los católicos estemos “a la defensiva” y, casi por instinto, podemos reaccionar así cuando se critica a la Iglesia por los abusos cometidos por algunos de sus miembros. La respuesta debe ser pasar “a la ofensiva”, clamando justicia contra un delito tan terrible. En la Iglesia “no hay lugar”, según recuerda el Papa, “para los abusadores de menores”.
  • Francisco, Benedicto xvi y Juan Pablo ii han recordado que el primer paso para afrontar la crisis de los abusos es poner en el centro a las víctimas y hacer nuestro su dolor, no “salvaguardar la institución”.
  • Como explican los autores de Cómo defender la fe sin levantar la voz “la verdadera transformación de la Iglesia comenzó cuando los obispos empezaron a reunirse con los supervivientes de los abusos. Escuchar sus historias fue el principal catalizador del cambio”, en EE.UU. y en otros lugares.
  • Que se denuncien casos ocurridos hace muchos años no resta gravedad a los hechos, ni dolor a quienes los sufrieron. Las víctimas “a menudo prefieren el silencio” porque se ven “vencidas por el miedo” o “sometidas a la vergüenza y al terror”, según ha recordado el Papa. Pero “las heridas no prescriben”, dice Francisco, y es necesario que salgan a la luz para sanarlas.
  • Además, como dijo Benedicto xvi a las víctimas de abuso en Irlanda, “muchos habéis experimentado que cuando teníais el valor suficiente para hablar de lo que os había pasado, nadie quería escucharos” y por tanto “es comprensible que os resulte difícil perdonar o reconciliaros con la Iglesia”.
  • También es comprensible que muchas víctimas, o quienes exponen sus casos, hagan sus denuncias desde el rencor y el ensañamiento. Pero “solo porque el mal estaba en la Iglesia pudo ser utilizado por otros en su contra”, como dijo Benedicto xvi en el libro-entrevista Luz del mundo (Herder, 2010).
  • La indignación social esconde un fondo profético: “En la justificada rabia de la gente, la Iglesia ve el reflejo de la ira de Dios, traicionado y abofeteado por estos consagrados deshonestos”, y por eso, “el objetivo de la Iglesia es escuchar, tutelar, proteger y cuidar” a los abusados, con oración, penitencia, y “acciones concretas” que estén por encima de “las polémicas ideológicas y periodísticas”, ha dicho el Papa.
  • Los abusos causan víctimas colaterales, a quienes los católicos hemos de brindar apoyo y oración: sacerdotes o religiosos acusados en falso, y otros que llevan una vida coherente con su vocación pero se ven “tachados de culpables por asociación, como si fuerais responsables de los delitos de los demás”, en palabras de Benedicto
Si surge la conversación, nuestra primera respuesta no debe ser “no son todos los curas” ni menos “son cosas del pasado”, sino rechazar de pleno este pecado que “clama al cielo”. “Un clamor que el Señor escuchó, demostrándonos, una vez más, de qué parte quiere estar”, como ha dicho Francisco.
  1. Las cifras
Es importante conocer los datos de esta “lacra global”, ya que el abuso de menores es, como ha explicado el Papa, una estrategia del Maligno: instiga a quienes abusan de menores, “se ensaña contra los más débiles porque son imagen de Jesús”, trata de poner el foco en el mal que comete la Iglesia “para restarle credibilidad”, y busca hacer pasar desapercibidos los casos que siembra fuera de ella.
  • La Organización Mundial de la Salud estima que 150 millones de niñas y 73 millones de niños en el mundo son víctimas de violencia sexual. Un dato que no cambia desde 2002.
  • Según la OMS, casi el 80 % de los abusos a menores se dan en la familia. En España, según la Fundación ANAR, el 73 % de los casos se cometen en el hogar.
  • En 2017, se denunciaron abusos a 4.542 menores en España. Y solo entre el 10 y el 20 % se denuncian.
  • En los últimos 30 años, en España se han denunciado 36 casos relacionados con sacerdotes y religiosos, que causaron 80 víctimas. De los 42.000 sacerdotes que hay en nuestro país, los clérigos acusados son el 0,08 %; y el 0,07 % de los abusadores.
  • En la sociedad, el 80 % de las víctimas son niñas abusadas por varones. En la Iglesia, el 80 %son varones preadolescentes, agredidos por hombres, según el arzobispo Charles Scicluna, caza-pederastas de la Iglesia.
  • No hay relación entre celibato y pederastia: la mayoría de los abusadores están casados y el 95 % de sacerdotes no cometen abusos.
  1. Un contexto necesario
  • La cronología es imprescindible para entender el problema y evitar que vuelva a repetirse
  • Investigaciones en Australia, Alemania y EE.UU. muestran que la mayoría de abusos se dieron entre 1960 y 1980, y descendieron drásticamente desde 2001, cuando Juan Pablo ii endureció las sanciones y simplificó los procesos de investigación, al conocer los primeros casos en EE.UU.
  • El informe externo que reveló la mayoría de abusos en EE.UU. (el del John Jay Collage) confirma que hasta mediados de los años 90, la mayoría de obispos no conocía aún los casos que ya se habían producido.
  • “En 1960 y 1970, la gente no denunciaba los abusos a menores. (…) Era el delito menos denunciado del planeta. Ni policía, ni directores de colegio, ni prensa lo veían como un asunto que mereciera la pena investigar”, explican los autores de Cómo defender la fe sin levantar la voz. Pero “¿por qué la Iglesia no dio ejemplo?”.
  • El Papa emérito ha explicado que los abusos a menores, dentro y fuera de la Iglesia, tienen estrecha relación con la Revolución del 68, que proponía “una libertad sexual total” e introducir en ella “a niños y jóvenes”.
  • En la Iglesia, la banalización de la sexualidad se sumó, según Benedicto xvi, a una mala comprensión del Vaticano ii, al rechazo de la tradición y de las enseñanzas morales de la Iglesia, al abandono de las virtudes y de la vida de piedad, y a una relación “radicalmente abierta con el mundo” que llevó a un “extenso colapso” de los nuevos sacerdotes.
  • Francisco ha reconocido, “con vergüenza y arrepentimiento”, que las medidas adoptadas desde 2001 por el Vaticano llegaron tarde: “No actuamos a tiempo reconociendo la magnitud y gravedad del daño que se estaba causando en tantas vidas”.
  1. Errores y vicios
Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco han señalado vicios y errores en la Iglesia que propiciaron
  • Desprecio de la visión sobrenatural del sacerdocio y de la paternidad espiritual.
  • Clericalismo que busca poder y privilegios. Preocupación excesiva por la reputación de la Iglesia.
  • Doble vida e incoherencia; y el desprecio entre los católicos de virtudes como la templanza, la castidad, la prudencia o la fortaleza.
  • Malos procesos para seleccionar a los candidatos al sacerdocio y a la vida religiosa.
  • Insuficiente formación humana, moral, intelectual y espiritual en seminarios y noviciados.
  • Abandono progresivo de la confesión y la dirección espiritual.
  • Resistencia negligente o cómplice a aplicar las normas en vigor.
  • Y, sobre todo, desprecio a la sagrada dignidad de las víctimas, y reticencias para creerlas y apoyarlas.
  1. La respuesta de la Iglesia
Tras cada crisis en la Iglesia, el Espíritu Santo ha suscitado una respuesta más potente que el pecado. Dentro de años, cuando se estudie la crisis de los abusos, se estudiarán también los frutos de santidad y la renovación con que Dios respondió. Las medidas adoptadas por la Iglesia ya sirven de modelo a otras instituciones, pero lo más importante es que todos los católicos vuelvan a poner a Cristo en el centro de su vida.
 El resumen de las intervenciones de los Papas ante esta crisis es unánime: no hay nadie más interesado que Dios en resolver este problema. Es Cristo quien más desea desbaratar el pecado, cuidar de los inocentes, restablecer la justicia para las víctimas, e infundir en los miembros de su Iglesia una corriente de conversión y santidad capaz de transformar y purificar el mundo. Los católicos somos como vasos comunicantes: la santidad de los bautizados hace que toda la Iglesia sea cada vez más santa; y por las puertas que cada uno abre al pecado, se cuela el demonio contra toda la Iglesia. Coherencia, fe y medios
Para responder a esta crisis histórica, es imprescindible poner a Cristo de nuevo en el centro de la vida de la Iglesia y de cada católico. Si la incoherencia de vida, la falta de oración, la idolatría de la sexualidad y la doble moral son constantes entre los abusadores, solo viviendo y promoviendo en nuestros hogares, seminarios, colegios y noviciados las virtudes opuestas se podrán evitar nuevos casos. Porque junto a las medidas concretas y eficaces que ha adoptado la Iglesia, “la forma de pelear contra el mal que nos amenaza a nosotros y a todo el mundo solo puede ser  (…) que nuevamente comencemos a vivir por Dios y bajo Él”, en palabras de Benedicto xvi.  
Medidas concretas
Y ya hay camino recorrido. Desde que a finales de los 90 se empezó a conocer los casos cometidos años antes, la Iglesia se ha comprometido cada vez más en la lucha contra los abusos. En 2001, Juan Pablo ii modificó la legislación canónica y creó normas de uso interno para endurecer las penas y facilitar las investigaciones. En 2003, 2004 y 2005, las normas se hicieron más detalladas y duras. En 2010, Benedicto xvi endureció de nuevo las sanciones a los abusadores y a los encubridores, y empezó a abrir procesos contra abusadores cuyos crímenes habían prescrito para la justicia civil. Casos tan escandalosos y repugnantes como el del fundador de los Legionarios de Cristo (México), el de Fernando Karadima (Chile), el Sodalicio de Vida Cristiana (Perú), o los abusos en Alemania e Irlanda se han destapado gracias a investigaciones llevadas a cabo por la Iglesia.
Desde 2013, el Papa Francisco ha pormenorizado la normativa, ha creado una Comisión de ayuda a las víctimas, ha reunido a obispos, cardenales y Superiores religiosos de todo el mundo “para llevar ante la justicia a cualquiera que haya cometido tales crímenes”  y a quienes los hayan encubierto, ha expulsado del sacerdocio incluso a cardenales encubridores, y en las últimas medidas aprobadas obliga a denunciar a las autoridades los abusos y encubrimientos.
Numerosas diócesis y congregaciones han aprobado protocolos para garantizar la seguridad de los niños. Fue pionero el Protocolo de Ambientes Seguros de los Legionarios de Cristo, para evitar que pudiesen repetirse casos del pasado.
Tras comparar los casos en la Iglesia con otras entidades de la sociedad, Jack Valero, Yago de la Cierva y Austen Ivereig no dudan en afirmar que aunque durante años la Iglesia no fue consciente del alcance de los abusos, y no respondió adecuadamente, “desde 2003-2004, ha ido más allá que cualquier institución” con  “un sistema de protección  excepcional, que es modelo para otras instituciones”. El mal es poderoso… pero Dios lo es aún más.  

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