Acoso escolar: romper la espiral del silencio

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Uno de cada cuatro niños sufre acoso escolar. Sin embargo, no siempre se reportan estos casos, lo que provoca importantes secuelas, como depresión, dificultades de aprendizaje o, incluso, el suicidio.

Por Isis Barajas

“Eva cursaba 3.º de la eso. La cambiamos de instituto pensando que le iría mejor… Fue el error de nuestra vida”. Así comienza María del Carmen Sierra el relato de la pesadilla que vivió su hija el curso pasado en un instituto de Zaragoza. Todo dio comienzo cuando una chica empezó a hablarle mal y a humillarla delante de otros estudiantes. Poco a poco, “se fueron uniendo más chicos y chicas manipulados por la acosadora y, acabó siendo un acoso de toda la clase, porque el que no era acosador reía las gracias de los que sí lo eran”, explica su madre. El maltrato que sufrió Eva durante todo un curso escolar consistía en una presión de grupo constante: “Desde motes hasta tirarle comida a la cabeza en el comedor, reírse de ella diciendo ‘qué mal huele, aquí hay alguien que necesita ducharse’, no hacer con ella ningún trabajo, arrojarle gomas y objetos en clase, darle pelotazos a diario para luego decir que había sido sin querer, etc.”. El maltrato era tal que sobrepasó las barreras del colegio y llegó a los grupos de WhatsApp, hasta el punto de que sus padres, con la excusa de que iba justa con las notas, le retiraron el móvil para protegerla.
El informe Cisneros x, el más completo desarrollado en Europa, afirma que uno de cada cuatro alumnos sufre acoso escolar. Las cifras parecen exageradas, pero el presidente de la Asociación Española para la Prevención del Acoso Escolar (aepae), Enrique Pérez-Carrillo de la Cueva, asegura que “a menudo se tiende a valorar su incidencia cuantificando solo los casos graves, y eso es un error: no solo es acoso la violencia física, sino también la verbal y la psicológica, que pueden generar las mismas secuelas o más que la física”.
Lo que es evidente es que el acoso no puede considerarse como “cosas de niños”, sino que hay que atajarlo de inmediato. Pérez-Carrillo de la Cueva explica que “un conflicto puntual es eso mismo, puntual, y no tiene por qué haber una desigualdad de poder entre los implicados, mientras que el acoso consiste en que un niño (o varios) maltrata a otro de forma reiterada e intencional, y sí existe un desequilibrio de poder entre ellos”. “La reiteración y la expectativa en la víctima de que esa situación se va a volver a producir son elementos definitorios del acoso escolar”, recalca el presidente de aepae.
Los niños que viven o han vivido una situación de acoso sufren miedo y dolores de estómago y de cabeza constantes, así como dificultades en el aprendizaje. A medio o largo plazo, tienden a padecer “ansiedad y depresión, y desarrollan una alta predisposición a sufrir otras enfermedades con consecuencias sociales y emocionales en la vida adulta”, subraya Inmaculada Langa Muñoz, psicopedagoga especializada en acoso escolar y miembro del equipo de ZeroAcoso.org.
El papel de los observadores
Cuando hay un acosador, hay otros que observan lo que ocurre. Su papel es crucial, porque, tal y como explica Langa, “el espectador es el que puede y debe romper la barrera del silencio, ya que, de lo contrario, se convierte en cómplice pasivo del abuso”. Pérez-Carrillo añade que “los observadores pasivos legitiman y normalizan el acoso. Romper esta espiral perniciosa es esencial: los niños tienen que entender que, al permanecer pasivos o ponerse de parte del maltratador, son corresponsables de lo que ven”.
La clave para erradicar este problema es trabajar en prevención. Pérez-Carrillo denuncia que actualmente “asumimos que la única manera de afrontar el acoso escolar es actuar cuando ya se ha producido”, pero el número de víctimas solo descenderá si hay una auténtica sensibilización en las familias y los centros. Los niños deben comprender que “denunciar un caso de acoso al profesor o los progenitores no es ser un chivato, sino una muestra de valentía y justicia”. Por tanto, “la obligación de la familia y las instituciones es educar en este sentido para frenar ese abuso de poder”, concluye Langa.
Señales de alarma
  • Presencia de lesiones físicas (hematomas, arañazos, etc.), justificadas con un “me he caído”, “tropecé sin darme cuenta”…
  • Pérdida o rotura de material escolar de forma reiterativa, así como de objetos personales.
  • Absentismo escolar o resistencia a ir al colegio. El niño pone excusas y pide que alguno de sus progenitores lo acompañe. Somatiza antes de ir a clase: sufre dolor de tripa o nerviosismo.
  • Disminución del rendimiento escolar.
  • Cambios de humor, tristeza, irritabilidad, explosiones de ira.
    Encierro en sí mismo, no quiere salir con amigos o con compañeros del centro educativo.
  • Intentos de suicidio, en los casos más graves.
Lo primero es pedir cita urgentemente con el tutor del niño, para informarle de la situación y que se investigue el caso en el plazo de una semana. El principal problema es que la mayoría de los incidentes ni siquiera se reportan, sino que se silencian. Por eso, el equipo de ZeroAcoso.org ha creado un canal de diálogo abierto las 24 horas, que asegura la comunicación anónima y confidencial a través de sms con los responsables del centro y los psicólogos del programa. “Nuestra primera respuesta es rápida y fluida, un mensaje tranquilizador, sin juicios de valor, para que nuestras palabras, puedan calmar sus miedos”, explica Langa. Por su parte, aepae tiene como objetivo actuar incluso antes de que ocurran los casos. Este propósito les ha llevado a desarrollar el Plan Nacional para la Prevención del Acoso Escolar, que ofrece a alumnos, profesores, padres y centros educativos herramientas testadas durante diez años, en los cuales la asociación ha ayudado a más de 2.000 niños.
Más información: www.aepae.es y www.zeroacoso.org

 

 

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