En el coloquio-celebración de los 10 años de Misión, monseñor Munilla nos invitaba a leer El señor del mundo (1907), recordando que el Papa Francisco lo ha recomendado en varias ocasiones y cuánto había impresionado a Benedicto XVI. Leí el libro de Robert Hugh Benson (1871-1914) hace años, pero su relectura me ha sorprendido nuevamente.

EL VALOR literario de El señor del mundo está fuera de duda. Novela perfectamente construida, acoge numerosos personajes secundarios sin dejar hilos sueltos. La prosa es exquisita, incluso ritual, prácticamente litúrgica, a veces. Esa cierta lentitud se compensa con una atrevida agilidad psicológica, capaz de atrapar a un personaje (y al lector) en dos trazos, y con un uso sapientísimo (casi invi­sible) de la elipsis. Lo digo antes porque el aspecto literario puede pasar desapercibido ante el profundo impacto que produce el argumento. En una primera lectura resulta increíble que esta narración fuese escrita en 1907 y no en 2007. Estoy seguro de que el lector interrumpirá su lectura para ir a cerciorarse de las fechas de nacimiento y muerte del autor. En esta novela futurista se predicen con estremecedor acierto la actual imposición del pensamiento políticamente correcto, el uso de los tópicos como policía intelectual, los peligros del globalismo, la potencialidad manipuladora del buenismo y el sentimentalismo y los subterfugios del poder. Incluso descubriendo que R. H. Benson se apoya en la historia del Cisma de Inglaterra y en la implacable persecución de los recusantes (cató­licos que se negaron a convertirse al angli­canismo) para construir su novela distópica, hay detalles tan concretos que desconciertan. La prefiguración del calentamiento global, por ejemplo. Nada de eso había podido olvidarlo de mi primera lectura. De esta, sin embargo, me han conmovido los vis­lumbres de la vida interior del protagonista, tan pudorosos como poderosos. La novela se convierte en una tácita escuela de oración. También transmite una vívida cate­quesis de la trascendencia de la liturgia y de la mística sacralidad del sacerdocio. En este aspecto más secreto late todavía el futurismo de El señor del mundo, una vez que sus fantásticos augurios de 1907 están tan palpable­mente entre nosotros. Tras tal acierto en el diagnóstico, se puede confiar en el tratamiento que propuso R. H. Benson: más vida interior, más fortaleza, más fe, más santidad personal. Habiéndose cumplido sus más negros augurios, cabe esperar que también se cumplirán sus esperanzas más altas.

R. H. Benson, olvidado inolvidable
En su ensayo Gigantes escritores católicos (2014), Joseph Pearce considera a Benson un genio desconocido, aunque no siempre fue así: “Pocas estrellas del firmamento literario, ni antes ni desde entonces, han brillado con tanto brillo en su tiempo para después ser eclipsadas de una forma tan inexplicable en la posteridad”. A tal celebridad contribuyó su condición de converso al catolicismo siendo hijo de la máxima autoridad de la iglesia anglicana, el arzobispo de Canterbury, nada menos; y la de hermano de dos prestigiosos escritores. Cierto que su temprana muerte, con 43 años, truncó una carrera literaria de la que todavía se podían esperar grandes frutos, pero sus logros ya eran evidentes, como comprueba de inmediato el lector de El señor del mundo. Pearce sugiere que su eclipse se debe a su catolicismo sin ambages, poco dado al halago a las ideas del momento y a dulcificar las exigencias espirituales. Eso explicaría que el mundo no se vuelva loco con la obra de Benson, pero estaríamos locos los católicos si no disfrutamos y aprovechamos este maravilloso escritor contra mundum, que falta nos hace.

 

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