Dios creó el mundo, bien a través del llamado Big Bang, bien a través de otro proceso. Fuera como fuese, brindó al ser humano un maravilloso entorno para vivir. Gestionar esta casa común es trabajo del hombre, pero los derechos de autor llevan Su firma.

Por Jesús García-Colomer

¿Quién no se ha maravillado ante la belleza de una puesta de sol? ¿Quién no se estremece ante la fuerza de una tormenta al atardecer? ¿Quién no se ha quedado anonadado mirando el cielo y las estrellas en una noche de verano? Hay quien dice que todos esos millones de estrellas están ahí, ordenadamente colgadas, por azar. Otros estamos convencidos de que, en realidad, toda la grandeza y la belleza de la Creación llevan la firma de Dios, y de que la Tierra, este pequeño planeta en la inmensidad infinita del universo, es el hogar común que nos ha dado el Creador para disfrutar y cuidar.
Desde la segunda mitad del siglo xx, puede dar la impresión de que las personas creyentes no pueden afrontar el reto ecológico que nos ofrece el planeta. Sin embargo, repasando textos centenarios de la Iglesia y biografías de algunos de sus más insignes santos, es posible darse cuenta de cuán ecologista ha sido siempre la fe católica. De cuánto respeto por la casa común ha difundido a través de los tiempos; algo que, recientemente, se ha revelado de manera más concreta con la publicación, el pasado mes de junio, de la encíclica Laudato si’, firmada por el Papa Francisco.
Al común de los mortales que, aún amando la naturaleza, se les atascan las neuronas al leer el Protocolo de Kyoto, y a quienes no tienen la oportunidad de jugarse la vida en una zódiac atravesada en medio del océano para salvar la vida de un par de cachalotes del ataque de un buque ballenero, la encíclica ecologista del Papa Francisco les llega como anillo al dedo. Ser un gran amante de la naturaleza es posible desde tu casa a través de un sinfín de gestos sencillos y concretos. Pero el Papa no habla de una ecología activista. Nos invita a ser ecologistas trascendentes, desde lo humano, mirando hacia lo divino, viendo así a Dios a través del mundo natural que nos rodea. Laudato si’ sirve de manual de instrucciones para el ecologista real que es consciente de cosas sencillas como el uso del agua del grifo, las plantas de la terraza, el consumo de detergente o el aprovechamiento razonable de los alimentos, por poner algunos ejemplos. Pero también, el Papa Francisco invita a una “ecología integral” , que es la del ser que, sabiendose criatura, admira el don de la creación, empezando por el de la vida propia y ajena. Deja en claro que “tampoco es compatible la defensa de la naturaleza con la justificación del aborto”, abogando por una primera “ecología humana” .
Las hermanas criaturas
En Laudato si’, el Papa Francisco comienza recordando las múltiples ocasiones en las que la Iglesia ha defendido el don de la Creación, de la Tierra y de sus recursos en numerosos testimonios y documentos, y aquí se lleva el lector la primera grata sorpresa. Se podría llenar una biblioteca solo con libros en los que diferentes santos o papas han realizado su trabajo basándose en la maravilla de la Creación. Obligado es, y así lo ha hecho el Papa, recordar a san Francisco de Asís, el santo del medievo al que su unión con Dios llevó a tratar de hermano al propio cuerpo, al que, por ser hermano que nos acompaña, hay que cuidar como un tesoro. Desde este hermano cuerpo, san Francisco adoró a Dios, dando gracias y admirando en oración a la hermana luna, al hermano lobo y a todas las hermanas criaturas. Posiblemente no fue él el primer ecologista integral de la historia, pero sí uno de los más conocidos. Tal era su celo ecológico que, en el huerto de su convento, siempre dejaba una parcela sin cultivar para que las malas hierbas crecieran a su aire.
El repaso de la ecología de Laudato si’ no nace en realidad en san Francisco. El Génesis ya hace una descripción parabólica de la Creación del universo, de la Tierra, de los animales y, finalmente, de los hombres como obra culminante de esta ecología de Dios. Pero el texto nos hace reflexionar, también, sobre las parábolas en las que el Señor se sirvió de elementos de la naturaleza para dar a conocer la manera de obrar de Dios: la semilla que crece; el árbol que da fruto; la gallina y sus polluelos… Además, nos hace reparar en cuántas veces colocó el Señor al hombre como colaborador y administrador de Dios en su obra creadora: un sembrador, un agricultor, un pastor, un pescador… Siendo todo esto cierto, también es claro que en la naturaleza no está ausente la herida del pecado y, en ocasiones, esta es medio o víctima de la acción del diablo: la cizaña que enreda, el sol que abrasa, la serpiente que envenena, el mar que se encrespa, los cerdos que saltan por el acantilado…
Ya en tiempos más cercanos, cuando el cuidado del medioambiente parece ser una causa abandonada por la Iglesia y defendida por otros sectores, el Papa Pablo vi dejó escrita su preocupación por una inminente “catástrofe ecológica”, fruto de la “explosión de la civilización industrial”, llamando a los católicos del mundo, mayoría en esta casa común, a un “cambio radical en el comportamiento de la Humanidad”. Hablamos de 1970, un año antes de que se fundara en Vancouver el comité llamado No Provoques un Maremoto, germen institucional de la ONG Greenpeace.
De san Juan Pablo ii fue bien conocido su amor por la naturaleza y su disfrute de ella. Montañero, esquiador, piragüista, pescador… Por su parte, Benedicto xvi sorprendió al dedicar el mensaje para la Jornada Mundial de la Paz del año 2010 al tema: “Si quieres promover la paz, protege la Creación”. El Papa denunció el impacto del abuso del hombre sobre los recursos naturales para el enriquecimiento de unos pocos, a través de tremendos sufrimientos humanos en su explotación. Esta idea la recoge el Papa Francisco en Laudato si’, pidiéndonos que tomemos conciencia de que muchas cosas de las que disfrutamos son fruto de un trabajo no siempre bien retribuido ni justo, de numerosos hermanos nuestros, hombres, mujeres, y en el peor de los casos, incluso niños, nacidos en tantos países pobres que ofrecen una mano de obra de bajo coste.
Dios en la naturaleza
La encíclica deja claro que cuidar la naturaleza es camino de encuentro con Dios, y que también el descanso forma parte de la vida del ecologista integral, entendido como momento para dar gracias a Dios por la vida y la Creación. Así, el “descanso celebrativo” le da todo sentido al día de inactividad laboral.
Por último, el Papa Francisco re­­cuer­­da al que quiera unirse a Dios a través del cuidado de la Creación, que, “al final, nos encontraremos cara a cara frente a la infinita belleza de Dios”, quien ha firmado cada una de las maravillosas obras de las que disfrutamos en la Creación, ya fueran creadas mediante un Big Bang o a través de otro proceso tan original o más que este. Sea como fuere, el trabajo le quedó perfecto.
Estas son algunas recomendaciones prácticas y sencillas que el Papa Francisco te invita a seguir para cuidar la Creación sin volverte loco.
1. Detente a admirar la Creación. Puede ser ante un bonito paisaje o ante una fotografía. Son postales del poder y del amor de Dios que invitan a la contemplación y a la oración.
2. Prescinde de bienes materiales para el entretenimiento y disfruta más de los bienes humanos. Por ejemplo, un rato con un amigo, un paseo en familia o una conversación con alguien que esté solo y te necesite.
3. Preocúpate de los animales, pero sobre todo, de las personas: Si te preocupas de que a los seres vivos no les falte nada, piensa en quien puede necesitar tu ayuda o cariño y dedícale un poco de tiempo.
4. Sé austero. En invierno no hace falta estar en casa en manga corta. Ponte un jersey y reduce el consumo de la calefacción.
5. Cuida el agua, base de la vida. Derrocharla es tener una enorme falta de educación hacia el “suministrador” y de respeto hacia los que no la tienen.
6. No cocines para un regimiento. Basta con preparar lo que se va a consumir. El Papa también recomienda bendecir la mesa: “Propongo a los creyentes que retomen este valioso hábito y lo vivan con profundidad. Ese momento de la bendición, aunque sea muy breve, nos recuerda nuestra dependencia de Dios para la vida, fortalece nuestro sentido de gratitud por los dones de la Creación, reconoce a aquellos que con su trabajo proporcionan estos bienes y refuerza la solidaridad con los más necesitados”.
7. Colabora con la obra creadora de Dios plantando un árbol o cuidando las plantas de casa. Trata también con respeto a los animales domésticos, ya sean mascotas o estén dedicados al trabajo.
8. Apaga las luces de la habitación si no vas a estar en ella. Si te vas de vacaciones, no dejes aparatos en stand by. Utiliza el lavaplatos o la lavadora solo cuando estén llenos.
9. Utiliza transporte público siempre que puedas. Puedes ponerte en forma y, para trayectos cortos, desplazarte en bicicleta.
10. Cuida al “hermano cuerpo” como regalo y lugar en el que habita Dios. Trata de no hacer nada que lo ensucie o perjudique.
1. Hombre y mujer. “La valoración del propio cuerpo en femineidad o masculinidad es necesaria para reconocerse a sí mismo en el encuentro con el diferente. De este modo es posible aceptar gozosamente el don específico del otro o de la otra, obra del Dios creador […]. Por lo tanto, no es sana una actitud que pretenda ‘cancelar la diferencia sexual porque ya no sabe confrontarse con la misma’” (155).
2. Ecología humana. “Si no hay verdades objetivas ni principios sólidos, fuera de la satisfacción de los propios proyectos y de las necesidades inmediatas, ¿qué límites pueden tener la trata de seres humanos, la criminalidad organizada, el narcotráfico, el comercio de diamantes ensangrentados y de pieles de animales en vías de extinción? ¿No es la misma lógica relativista la que justifica la compra de órganos a los pobres con el fin de venderlos o de utilizarlos para experimentación, o el descarte de niños porque no responden al deseo de sus padres?” (123).
3. Consumismo salvaje. “Muchos saben que el progreso actual y la mera sumatoria de objetos o placeres no bastan para darle sentido y gozo al corazón humano, pero no se sienten capaces de renunciar a lo que el mercado les ofrece” (209).
4. La familia, primera escuela. “En la familia se cultivan los primeros hábitos de amor y cuidado de la vida, como por ejemplo, el uso correcto de las cosas, el orden y la limpieza, el respeto al ecosistema local y la protección de todos los seres creados” (213).
5. Valor de la comida. “Sabemos que se desperdicia aproximadamente un tercio de los alimentos que se producen, y “el alimento que se desecha es como si se robara de la mesa del pobre” (50).
6. Eucaristía, milagro culminante de la Creación. “En la Eucaristía, lo creado encuentra su mayor elevación. […] La Eucaristía une el Cielo y la Tierra, abraza y penetra todo lo creado. El mundo que salió de las manos de Dios vuelve a Él en feliz y plena adoración” (236).
7. Aborto. “Tampoco es compatible la defensa de la naturaleza con la justificación del aborto. No parece factible un camino educativo para acoger a los seres débiles que nos rodean, que a veces son molestos o inoportunos, si no se protege a un embrión humano, aunque su llegada sea causa de molestias y dificultades”. (120).