Las idílicas, pasadas y frustrantes vacaciones

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Por Isis Barajas

Ilustración: Marta Jiménez

 

Durante ese trabajo rutinario que es marcar y forrar los libros de texto, viene a nosotros la ensoñación de los días pasados tostados al sol en la playa y de las bucólicas comidas en la terraza. O eso, al menos, es lo que nos rememora el idilio de Instagram.

Lo que no enseñan las fotos son esas interminables mañanas hasta que lográbamos bajar a la playa: “¿Has cogido las toallas?, ¿todavía no te has puesto las chanclas?, ¿dónde está tu bañador?, ¿y los manguitos?…

¡A casa otra vez, que nos hemos dejado la sombrilla!”.  Tampoco recordamos ahora ese engorro de untar crema a un niño detrás de otro, conscientes de que para cuando termináramos con el último ya se había hecho la hora de comer.

Una vez apostados en la tumbona, y tras hacernos la instantánea de rigor de nuestros pies con el mar de fondo, empezaba el trepidante –y no remunerado– turno de vigilancia:  “¡Niño, suelta la cabeza de tu hermana que la vas a ahogar! ¡Deja de impulsar la hamaca que el bebé va a salir volando! ¡No se tira arena a los ojos!” .

No sé quién se inventó eso de leer en la playa, pero, desde luego, no tenía hijos pequeños.  Y, por supuesto, tampoco sale ahora en la foto de revista que la cena al aire libre y a la luz de los farolillos era perfecta hasta que llegaba el ejército de mosquitos.

Las vacaciones de verano son ese suspiro que anhelamos durante once largos meses y que deseamos que pase lo antes posible cuando estamos inmersos en ellas. El ansiado descanso y la soñada armonía familiar se convierten, tantas veces, en agotamiento, nervios a flor de piel y en un deseo irrefrenable de volver a la rutina.

Es como si no estuviéramos bien en ninguna de las situaciones posibles, ni trabajando ni de vacaciones, siempre huyendo de algo, que, en realidad, viene de viaje con nosotros a todas partes. 

Dice Fabrice Hadjadj en ¿Qué es una familia? (Nuevo Inicio, 2015) que esta “es siempre el lugar donde no funcionan las cosas, porque no es, en primer lugar, un lugar funcional, sino existencial. Como toda aventura, es frecuentada sin cesar por conflictos, fallos y ofensas que suscitan rencor y que exigen el perdón”. En la familia hay miserias en la ciudad o en la montaña, en la piscina o en nuestra frecuentada cocina, porque el pecado no cuelga nunca el cartel de  “cerrado por vacaciones”.

Pero, por eso mismo, la familia es también el primer lugar de la misericordia. Añade Hadjadj que  “a través de esta misericordia, las debilidades de los padres, incluso sus fracasos, acaban siendo una fuerza y una victoria, porque les permiten volverse junto con sus hijos al Padre eterno, porque entonces manifiestan una vida más fuerte que sus éxitos, más elevada que sus planes”.

Y así, poniendo la mirada en Uno más grande que nosotros mismos, el nuevo curso puede ser incluso más prometedor que los idílicos –y a veces frustrados– planes estivales.