Aceptar la vocación de un hijo, sea la que sea, no siempre es fácil. Tres jóvenes cuentan a Misión cómo, a pesar de la oposición familiar, vieron que el Señor los llamaba a la vida religiosa y al sacerdocio, y decidieron darle una oportunidad.

Por Blanca Ruiz Antón

PEDRO RUBIATO, SACERDOTE diocesano. La salvación de una casa
LA VOCACIÓN del sacerdote Pedro Rubiato es, en sus palabras, “la historia de mi salvación y la de mi familia”. En su casa creían en Dios, pero solo había oído hablar mal de la Iglesia y de los curas. “Hice la comunión por los regalos: 200 invitados, incluso hicimos una capea”, recuerda. “Siempre he sido ‘un pieza’, y por eso pasé por tres colegios. Mis padres no sabían qué hacer conmigo hasta que oyeron hablar del Colegio Arzobispal de la Inmaculada y San Dámaso, el seminario menor de Madrid. Me llevaron sin ninguna intención, porque ellos no iban a Misa”, explica. Y recuerda que parte de su fracaso escolar era para llamar la atención. “Soy el mayor de tres hermanos, y mis padres estaban muy mal en su matrimonio”, precisa.
Gracias al apoyo de una tutora consiguió que no le echaran de ese colegio y comenzó a remontar en los estudios. En esa época le propusieron ir a catequesis de confirmación y decidió apuntarse. Meses más tarde, el colegio organizó un viaje a Roma. Y allí vino “el primer toque del Señor”. “Estábamos en la plaza de San Pedro y  san Juan Pablo II me miró, con una mirada que me traspasó el corazón con un interrogante: ‘¿Y si eres sacerdote?’. Me entró muchísimo miedo. Para quitarme la idea de la cabeza comencé a juntarme con los ‘malotes’ de clase. Pero el interrogante persistía en mi corazón”.
Llegó el verano y Pedro se apuntó a un campamento del colegio. “Me lo pasé genial, igual que en el viaje de Roma. Le pregunté al Señor qué quería de mí, y ese fue el segundo momento más grande de mi vida porque Él me respondió:  “Quiero que seas sacerdote. Deja de luchar”. Pedro le dijo a sus padres que quería entrar en el seminario menor, pero lo tomaron como una ocurrencia, como la de ser actor o hacer cástings de televisión. Hasta que en 4.º de la ESO pidió entrar en el seminario menor de Madrid, asociado al colegio. “Mi madre se lo tomó fatal. La había apoyado mucho con las dificultades en su matrimonio y fue terrible para ella”, explica.
Ya en el Seminario Mayor cursó hasta 3.º.  “Ahí me di cuenta de que el mismo Señor que me había dicho que me quería sacerdote, quería que viviera fuera del seminario la vida cristiana que había descubierto”. Para su madre, su vuelta a casa fue una gran noticia; sin embargo, su padre lo tomó muy mal. Y el matrimonio continuaba con dificultades.
Fue entonces cuando el actual rector del seminario de Madrid, el sacerdote José Antonio Álvarez, lo invitó a un Cursillo de Cristiandad. Allí llegó el tercer  “toque”. “Me cambió la vida. Comencé a caminar en la Iglesia dentro de un movimiento, pude tener experiencias como misionero… Mis padres también hicieron un cursillo y comenzaron a arreglar sus problemas. Siempre recuerdo el pasaje del Evangelio de Zaqueo, en el que se dice  ‘hoy ha entrado la salvación a esta casa’. En mi familia entró por mi vocación, por pura misericordia de Dios”.
Hoy, ya sacerdote, ve que toda su historia  “fue complicada, pero también providencial. Por la gracia de Dios pude ayudar a que mis padres arreglaran su matrimonio, dejándose ayudar. Ha sido un milagro”.­­­­­­­
“San Juan Pablo II me miró, con una mirada que me traspasó el corazón con un interrogante: ‘¿Y si eres sacerdote?’”
HERMANO MIGUEL HERRERA, novicio LC. Un shock familiar
El hermano Miguel Herrera tiene 18 años y, según explica a Misión, descubrió su vocación en 5.º de Primaria: “Tenía 11 años, fui a una convivencia con los Legionarios de Cristo en Cantabria y allí vi la alegría con que vivían. Cuando volví, conté a mis padres que quería ser sacerdote”.
Lavinia Charlo, madre de Miguel, recuerda perfectamente ese día. “Le dije que guardara esa inquietud en su corazón, porque eso era algo solo entre él y Dios. Sin embargo, mi marido no se lo tomó bien. Le escribió una carta en la que le decía que cuando tuviera 16 años le daría permiso para irse, pero no antes”.
Conforme se acercaba la fecha, su padre estaba cada vez más triste. “Veía la vocación de Miguel como un abandono –recuerda Lavinia–. Él es una persona muy familiar y entiende la familia como una piña. Estaba tan mal que llegué a decirle que no tenía por qué darle el permiso hasta que tuviera 18 años. Pero me dijo que él le había dado su palabra a su hijo y que así lo haría, aunque le costara”.
En 2016, mientras la familia veraneaba, Miguel les avisó de que iba a entrar en el seminario menor de los Legionarios de Cristo en Valencia. “Fue como un funeral, todo el mundo lloraba”, explica hoy.  Ante este shock familiar, su padre le preguntó a sus otros cuatro hijos qué pensaban ellos. “Le contestaron que si Dios había llamado a Miguel, lo normal es que él respondiera”, recuerda ahora Lavinia.
Después del Bachillerato en Valencia, Miguel entró en el noviciado de Salamanca en septiembre de 2018.  “Una semana antes mis padres aún no estaban contentos, y yo decía al Señor que necesitaba el apoyo de mi familia. Y el Señor ha obrado sus milagros”, explica Miguel. Lavinia recuerda la entrada de Miguel en Salamanca:  “Fuimos toda la familia. Le vimos tan feliz que nos mostró que es su camino. Ahora mi madre presume de su nieto seminarista. Los hijos no nos pertenecen, hay que dejarlos que sigan su camino”.
“Mis hijos le dijeron a mi marido que si Dios había llamado a Miguel, lo normal era que él respondiera”
Hermana leticia, Hija del Amor misericordioso. DE LA PENA A LA ALEGRÍa
La Hermana Leticia conoció a las Hijas del Amor Misericordioso durante su año de Erasmus en Madrid, y desde entonces  “se enamoró sin tener conciencia siquiera de qué me estaba enamorando”, recuerda. “Cuando volví a Polonia estaba triste.  Todo el tiempo pensaba en las Hermanas. Terminé Ingeniería en Telecomunicaciones y debía buscar trabajo, pero mi corazón estaba en España”, recuerda.
Sus padres comenzaron a preo­cupar­se.  “Ellos no entendían nada: yo siempre había querido casarme, trabajar como ingeniera… Pero ya nada de eso me hacía feliz, por eso pensaban que alguien me había vuelto loca. Y más cuando les hablé de las Hijas del Amor Misericordioso, una congregación casi desconocida”. Hasta que un día, su madre le dijo que  “no podían soportar verme sufrir, así que estaban dispuestos a comprarme el billete de avión para ir a España y entrar en el convento”. Una vez en España, cada vez que Leticia llamaba a sus padres tan solo lloraban. “Y así, meses y meses”, precisa. Leticia recuerda que sufría por ellos, pero el Señor le hacía ver en sus ratos de oración:  “Confía, Yo estoy también con ellos”.
Y llegó el momento de los votos perpetuos. “Les dije que entendía que les costara aceptar mi vocación, pero que era un momento muy importante y que no quería vivirlo sin ellos. Por amor a mí, vinieron a España. Yo estaba feliz, como si fuera el día de mi boda, pero ellos solo lloraban”, explica.
Sin embargo, durante la Eucaristía, algo ocurrió:  “Recibieron una gracia enorme. Antes de empezar, alguien nos hizo una foto y ahí ellos salen llorando con muchísima pena. En la segunda foto, antes de salir de la Misa, están llorando, pero de alegría. Durante la celebración, el Señor marcó un antes y un después en cómo entienden mi vocación”.
“Leticiá sufría por sus padres pero el Señor le decía: ‘Confía, Yo estoy también con ellos’”