Neurogénesis: El entusiasmo estimula tu mente

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Que las neuronas no se regeneran es uno de esos mitos que se desbancaron a finales de los 90. Estas células no solo sí se regeneran, sino que además los estados emocionales como el entusiasmo contribuyen a su desarrollo.

Por Isis Barajas

Hasta hace poco estudiábamos en el colegio que las neuronas eran las únicas células del cuerpo humano que no se podían regenerar, como si el cerebro fuera una máquina que se va desgastando poco a poco hasta que, finalmente, deja de funcionar. Sin embargo, en 1998, con un artículo publicado en la revista Nature, se confirmó que las neuronas sí se regeneran en el hipocampo y que esto ocurre incluso en el cerebro de personas adultas. Es lo que se conoce como neurogénesis. Esto tiene grandes repercusiones para nuestra vida diaria, puesto que, gracias a esta plasticidad cerebral, es posible mejorar nuestra capacidad de aprendizaje y adaptación a situaciones nuevas incluso a edades avanzadas.
Pero, ¿cómo se regeneran estas células? El catedrático de la Universidad Internacional de la Rioja, y doctor en Medicina y en Teología, Alfred Sonnenfeld, tiene una respuesta sorprendente: con el entusiasmo. Sí, como suena, el entusiasmo puede regenerar nuestras neuronas y las conexiones que hay entre ellas (sinapsis neuronales). Estas uniones entre neuronas provocan que nuestro cerebro se haga cada vez más tupido y complejo.
Las últimas investigaciones en neurobiología aseguran que el cerebro está íntimamente unido a los centros emocionales, es decir, que reacciona principalmente ante las emociones, ya sean positivas o negativas. De hecho, la investigadora y profesora de Psicología de la Universidad de California Naomi Eisenberger demostró que la exclusión social o la pérdida de un ser querido se procesa en el cerebro de la misma manera que el dolor físico, y deja una impronta en la corteza cingular anterior similar a la que sufriríamos si, por ejemplo, nos golpeamos una pierna. Por el contrario, las emociones positivas y las relaciones humanas permiten la generación de nuevas conexiones neuronales (sinapsis) que pueden desplegar el potencial de nuestro cerebro.
“El entusiasmo es como un fertilizante que produce efectos semejantes a los de los opiáceos y otras sustancias mensajeras neuroplásticas, como la dopamina y la oxitocina, llamadas ‘hormonas de la felicidad’, que funcionan de abono para el cerebro y permiten que las ramificaciones de las neuronas produzcan nuevas sinapsis”, explica el doctor Sonnenfeld. “Todos tenemos una capacidad de desarrollo enorme”, añade el profesor, “pero a veces nos conformamos con ser una versión raquítica de aquello que podríamos ser”.
Prodigios motivacionales
“¿Puede, por ejemplo, un señor de 80 años aprender chino?”, se pregunta el doctor. “Aunque se apunte a una academia de idiomas es difícil que lo consiga, pero si, en cambio, este señor se enamora de una mujer china, se casa y se va a vivir a Jinzhong, al poco tiempo se manejará y se hará entender perfectamente en esta lengua”, asegura Sonnenfeld. “Tenemos muchísimo potencial –subraya el doctor– pero es necesario que exista una motivación interna fuerte que nos haga actuar con verdadero entusiasmo”. De hecho, la secreción de las hormonas de la felicidad depende, en gran medida, de las relaciones humanas. Así, estudios recientes del neurobiólogo, médico y psicoterapeuta Joachim Bauer han demostrado que el buen funcionamiento del sistema motivacional de los niños depende del interés, el reconocimiento social y la estima personal que les muestran los adultos.
Como explica Sonnenfeld, “cada uno de nosotros somos el uso que hacemos de nuestro cerebro”. Y para que el cerebro funcione y lo haga cada vez mejor es necesario hacer buen uso de él. “Esto no tiene nada que ver –asegura Sonnenfeld– con hacer ejercicios de brain jogging, sino más bien con fomentar el asombro y el entusiasmo”. El propio Albert Einstein era mal estudiante y, de hecho, suspendió el examen de acceso a la universidad politécnica de Zúrich, pero fue una mente brillante porque, según él mismo afirmaba, nunca le faltó la “curiosidad pasional”. Sonnenfeld recomienda, además, dar trabajo intelectual al cerebro: la lectura es fundamental, pero también el ejercicio físico, estudiar, ponerse metas, etc.
Por tanto, la motivación interna que nace de las relaciones humanas y las emociones como el entusiasmo, asícomo la “curiosidad pasional” son abono fértil para nuestro cerebro. Es más, “entusiasmarse viene del griego enthousiasmós, que quiere decir ‘vivir inmerso en Dios’, por eso –subraya Sonnenfeld–, la persona que vive la filiación divina, que se siente hijo de Dios, porque siempre es amado y reconocido, puede tener incluso un mejor desarrollo neuronal”.
El cerebro de los niños
Hasta 60 veces al día es capaz de asombrarse un niño pequeño, mientras que los adultos lo hacen, quizá, tres o cuatro a la semana. Lejos de cercenar esta capacidad de asombro en los niños, hay que fomentar que hagan aquello que despierte esa “curiosidad pasional” para desarrollar sus talentos.
No a los premios y castigos. Según Sonnenfeld, basar la educación en este recurso es un error porque se fomenta que la motivación dependa de un agente externo (el premio o el castigo). Lo que hay que potenciar es la motivación interna, es decir, la que nace del interior.
El uso excesivo de pantallas perjudica el sistema motivacional de los niños. El investigador Manfred Spitzer asegura que los llamados videojuegos “educativos” pueden provocar “demencia digital”, que consiste en la anulación de los estímulos naturales del niño.
Más cuentos. Cuando una mujer le preguntó a Einstein qué podía hacer para que su hijo fuera como él, este le dijo: “Léale cuentos”. Ella contestó: “No, no, me refiero para que sea tan inteligente como usted”. A lo que Einstein respondió: “Léale más cuentos”.

 

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