Trabajo en un instituto público de enseñanza secundaria de la Junta de Andalucía. Hasta allí me acompaña cierta fama de cristiano, católico, apostólico, romano y practicante. Alguien más responsable que yo iría a trabajar preocupado por la imposibilidad de estar a la altura de tamaños títulos nobiliarios. Yo me alegro porque eso me mantiene en saludable tensión.

Por Enrique García-Máiquez

Ilustración: Silvia Álvarez

Emil Cioran lo expresa más a lo bestia: “Nuestra misión es realizar la mentira que encarnamos”. Y me alegro también porque me permite servir de mal ejemplo, esto es, de prueba fehaciente de que se puede ser cristiano, a pesar de todo. Tal vez evite, así, que alguien se escude en sus defectos para eludir su responsabilidad.
Algunos compañeros a veces dicen alguna palabrota, como “gilipollas” o “mierda” y, enseguida, se dan la vuelta, exquisitos y galantes, para pedirme perdón, como si esas palabras fuesen específicamente ofensivas para mi fe. Es un detalle, aunque innecesario. Lo gracioso es que luego sueltan algún “hostia”, ay, que me pone el alma de rodillas y, sin embargo, no caen en que eso sí que puede afectar a mi condición de devoto de la Sagrada Forma, del sacramento de la Eucaristía y de la Transubstanciación. El hecho de que delicadamente me pidan disculpas por las chorradas anteriores demuestra que luego no lo dicen con mala intención, sino sencillamente por hábito. Y bien mirado, me sirve de jaculatoria inducida.
Otros dicen “ni Dios” para significar “nadie en absoluto”. Sobre esto tengo un recuerdo inmediato a Chesterton, que observaba que “la blasfemia depende de la creencia y se desvanece con ella”. Quien dice eso da por sentadas la omnipotencia y la omnipresencia de Dios, que son lo que fundamenta la fuerza de su frase. “Procure usted blasfemar sobre Thör”, retaba Chesterton, para demostrar ese fondo de fe que hace falta para que se produzca la blasfemia.
Gracias a cierta visión estereoscópica de, por un lado, el lenguaje ordinario (en ambos sentidos) y, por otro, el trascendental; uno se divierte mientras trabaja y, de rebote, reza. El culmen fue hace poco, cuando analizando una compleja normativa sobre los juegos de azar y las rifas benéficas, me comentaban: “Estas leyes no las cumple ni Dios”. Como soy un tanto anarquistoide y me da alergia tanta regulación, me encantó ver a Dios en el bando de los objetores de conciencia, sin someterse a las fiebres prohibitivas de la Unión Europea, de los estados miembros, de las autonomías, de las delegaciones, de los ayuntamientos y de los demás poderes.
Además, ya sabemos que Dios está al 100 por ciento por la Providencia. Él no juega al azar ni a los dados, ni a la lotería, ni a las rifas. En esa ocasión, por tanto, el “ni Dios” estaba cargado de sentido. “Eh, Enrique, eh, que estás acarajotado…, huy, huy, perdona, hijo, digo, muy distraído…”, cortan mis elucubraciones. “Ah, sí, disculpad. Se me había ido el santo al Cielo”. Y como es el santo y es el Cielo y ya me conocen, se guiñan los ojos entre ellos y se sonríen.