Perdón

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Ilustración de María Olguín - Revista Misión 36

Todavía resuena en nuestras conciencias ese formidable llamamiento a la misericordia que Cristo dirige al Padre, desde el madero en que agoniza: “¡Perdónalos, por que no saben lo que hacen!”. Se habla mucho de perdón divino, a veces como una especie de indulto universal y perenne sobre nuestras faltas, que pueden seguirse cometiendo como si tal cosa, bañadas por esa especie de misericordia jubilosa y diluvial que a todos nos deja empapaditos, como en un concurso de camisetas mojadas, para poder seguir haciendo lo mismo.

Por Juan Manuel de Prada

Ilustración: María Olguín

Pero lo cierto es que no puede haber perdón sin arrepentimiento, ni misericordia sin justicia. Faltando el requisito del arrepentimiento, ni Dios mismo puede perdonar , puesto que, aunque es omnímodo, no puede llevarse a sí mismo la contraria, conculcando la libertad que ha concedido al hombre, incluso para ofenderlo y apartarse de Él. Dios nos quiere buenos, pero también libres, y conseguir que seamos buenos a costa de arrebatarnos nuestra libertad sería una irracionalidad repulsiva, al igual que permitir que el mal sea tomado por bien no es misericordia, sino iniquidad. Que ni Dios puede perdonar sin arrepentimiento lo prueba que Jesús no perdonase a Herodes (ante el que calla desdeñosamente, en la noche de su Pasión) la muerte de su primo.
Entonces, ¿por qué Cristo pide el perdón para los que acaban de atormentarlo y colgarlo del madero, que a juzgar por las chanzas crueles que se traían al pie de la Cruz no debían de estar muy arrepentidos? Aquí convendría especificar que Cristo no perdona a sus matadores, si no que intercede ante el Padre para que lo haga; y esa intercesión, sin duda, dio sus frutos, como se prueba en las muchas conversiones que luego se produjeron, empezando por la del centurión. Pero Cristo no pide al Padre perdón incondicional para sus matadores, sino que ofrece su sacrificio para que la justicia y la misericordia divinas, juntas de la mano (y no cada una a su rollo), ofrezcan perdón al hombre que libremente lo busque y anhele. Dios solo perdona a quienes se aproximan a Él con fe, no a una multitud amorfa que no desea ser perdonada y persevera en sus yerros. Afirmar lo contrario supone sostener que los actos humanos resultan indiferentes a Dios; y, por lo tanto, que el sacrificio de la Cruz fue por completo superfluo.
El amor de Dios es, en efecto, incondicional, pues para dejarse colgar del madero no anduvo regateando condiciones; pero no así su perdón, que exige que su amor redentor sea acogido. Si ese amor es rechazado, Dios no perdona por la sencilla razón de que tiene en mucho aprecio al hombre, como criatura predilecta de su Creación. No importa pisotear inmisericordemente la libertad de alguien a quien se desprecia (así hacen, por ejemplo, los déspotas con sus súbditos); pero a quien se aprecia mucho no se le trata como a un imbécil, sino que se respeta su libertad hasta las últimas consecuencias. Y esto es lo que Dios, que es justo y misericordioso, hace con los hombres.