La vida nos somete a duros reveses, querido lector. Yo misma he sido víctima de un infortunio con una persona que me mantuvo triste y abatida durante muchos años. Tal persona había herido profundamente a mi familia y, por tanto, también a mí. Había cometido errores graves y nunca había mostrado arrepentimiento ni reparado el daño. 

Por María Vallejo-Nágera

Ilustración: Marta Jiménez

Mi abogado me explicó que quizá había llegado el momento de denunciar… No obstante, yo no quería. Sabía que aquello significaría abrir heridas serias y un eterno pasear por los pasillos de los juzgados. Pero mi corazón se sentía lastimado. Gracias a la experiencia, me había dado cuenta de que el rencor nunca es amigo de la felicidad: rompe la paz personal y destroza familias. Por ello, y por intentar seguir las enseñanzas de Jesucristo, a quien amo y venero como centro de mi vida, hice un gran esfuerzo por olvidar y mirar hacia delante.
Pasaron los años. Aquella persona continuaba dañando a mi familia, y una mañana me levanté harta y muy enfadada. Tuve la fuerte tentación de llamar a mi abogado y poner una denuncia por injurias y calumnias. Sin embargo, luchando contra mí misma, hice lo que tantas veces he oído que se debe hacer en estas situaciones: corrí a buscar consuelo en el sacramento de la confesión. Sabía que debía templar mi rabia y desesperación y confiar mucho más en Dios.
Cuando llegué a la iglesia, me encontré con que el sacerdote que atendía a los fieles era muy mayor. Conocía sus homilías, ¡todas soporíferas! El pobre fraile aburría hasta al fiel más paciente, y todos los feligreses de la parroquia procurábamos acudir a las misas de su compañero. Miré a todos lados, buscando desesperadamente la presencia del otro sacerdote para confesarme…, pero nada. Así que me resigné y pedí a Dios el don de la paciencia. “Tú sabrás, Jesús”, refunfuñé.
Cuando, por fin, el viejito pudo atenderme en confesión, mi corazón se sentía más desolado que cuando entré…Y entonces, para mi absoluto asombro, viví una de las experiencias sobrenaturales más poderosas de mi vida sacramental. Aquel sacerdote anciano podía ser un pobre plomo en sus homilías, pero ¡qué abismal sabiduría demostró durante la confesión! Estas fueron las palabras que me dijo y que marcaron un antes y un después en esta afrenta que tantas veces me había hecho pecar de rabia, enfado, deseos de venganza y desesperación: “Hija mía, dijo despacio, cuando acabó mi retahíla, veo que te han herido profundamente y durante muchos años. Estás muy cansada de sufrir a causa de una persona que no te quiere y que desea herirte. No sientas odio ni rencor, pues Dios será quien la juzgue. Tú no eres juez de nadie; eres tan solo una hija de Dios muy amada, como todos nosotros, a pesar de nuestros terribles errores y pecados. A partir de hoy, quiero que te des cuenta de una cosa: esa persona te ha hecho un inmenso favor”. El sacerdote suspiró, cerró los ojos y esperó en silencio unos instantes antes de continuar. “Hija, nunca olvides que Jesús fue crucificado. Su cruz era enorme, pesada y muy difícil de levantar. Los soldados romanos hicieron un gran esfuerzo para elevarla y colocarla en su sitio. Además, una vez levantada, tuvieron que sujetarla con firmeza para que no cayera. Entonces tomaron grandes rocas, piedras medianas y también pequeñas. Algunas eran tan pequeñas como guijarros, pero todas fueron colocadas al pie de la cruz. ¡Había que lograr que esa enorme y pesada cruz se mantuviera en perfecto equilibrio y no cayera! Tú eres una de esas piedras que sujetan la cruz. Depende de ti ser una roca dura y compacta o un guijarro… Nunca olvides que, desde esa cruz, Cristo agradece que lo sostengas. Aguanta tu roca; aguanta tu piedra. Cristo hará de ella una gran victoria”.
Ese día, capté la santidad de aquel anciano fraile. Qué necia había sido: ¡detrás de su frágil figura, se escondía un imponente confesor! Salí de la iglesia liviana, llena de paz y sintiendo un gran amor a Cristo. Desde entonces, ya no me afecta ninguna afrenta o calumnia. Sé que son piedras. Algunas pequeñas, otras medianas y otras grandes, pero todas las coloco al pie de la cruz. He aprendido a acoger, con mucho amor, mi papel como piedra.
Ojalá el día que me vaya de este mundo pueda presentarme ante Dios con una gran roca entre las manos.