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Ángel Barahona: “Nos veremos en la tesitura de elegir entre la reconciliación o la nada”

El mundo experimenta una frenética carrera de rearme que desata temores ante un posible conflicto global. Lo cierto es que a lo largo de la historia se han escrito importantes tratados sobre la guerra y sobre estrategia e historia militar, pero poco se ha explicado el porqué de este perenne conflicto. Ángel Barahona, autor de La guerra perpetua. Apocalipsis y redención (Ediciones Encuentro, 2024), reflexiona en esta entrevista con Misión sobre las causas profundas para lograr entender el momento actual.

Por Javier Lozano / Fotografía: Dani García

¿Por qué habla de guerra perpetua?

La razón es clara: antropológicamente el ser humano siente al vecino como una amenaza permanente de su territorio, de sus posesiones o de sus bienes, y se percata siempre de cómo lo ven los demás. Eso suscita envidia y tensión, y conduce a la rivalidad. 

¿Siempre ha habido y habrá guerra?

Ha estado presente en la historia de la humanidad en los mitos y en los ritos, que muestran siempre lo mismo: el enfrentamiento entre hermanos. Caín mata a Abel, Rómulo mata a Remo… Todas las culturas tienen estos pares. La solución sería la reconciliación de los hermanos, pero esta no ocurre. El principio que organiza todos los órdenes sociales es el poder, la fuerza, y las sociedades humanas repiten el mismo esquema. La historia es una escalada de violencias interminables. 

Cita en su libro la teoría mimética de René Girard. ¿En qué consiste?

El ser humano es constitutivamente mimético. Deseamos siempre lo que los demás tienen. Al querer imitar el deseo del otro entramos necesariamente en conflicto con él. Además, todos presentan la violencia contra el otro como una reivindicación justa.

¿Añade algo más esta teoría?

Su tesis va más lejos. La humanidad ha ido encontrando un sistema de canalización de esa violencia que amenaza con destruirnos a todos. Es lo que llama Girard el mecanismo del chivo expiatorio. La historia está llena de chivos expiatorios que reconducen catárticamente la violencia de todos contra todos hacia todos contra uno.

¿Quiénes son ahora esos chivos expiatorios?

Le pasa hoy a la Iglesia porque va a contracorriente. Y se va a convertir en el chivo expiatorio de todas las penas del mundo. Lo que revela la Pasión de Cristo es que las víctimas son una descarga, son inocentes, y que el problema está dentro del ser humano en tanto que masa mimética.

Habla de la masa como un sonambulismo colectivo. 

Sí, empieza con la Revolución Francesa, formada por individuos que se mimetizan para conformar una colectividad que anula la identidad y la individualidad. Al ser masa, dejan de ser responsables de lo que hacen. 

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Además de ser doctor en Filosofía y catedrático, Barahona es también licenciado en Teología y en Educación

Háblenos de esta responsabilidad.

Esto está revelado en la Biblia con la masa que quiere apedrear a la adúltera. Si todos son culpables, ninguno lo es, porque no se sabría determinar quién lanzó la pedrada mortal. Por eso, Jesucristo desmimetiza a la masa diciéndole que quien esté (en singular) libre de pecado, tire la primera piedra. En el Evangelio la desmasificación consiste en la singularización. Cristo sabe que si alguien imita al primer anciano que se va, todos se irán detrás, pero si alguien tira la primera piedra, será lapidada.

¿Esto sigue vigente?

Vivimos en un mundo de masas. Todos nos vestimos igual, la publicidad nos hace desear las mismas cosas. Es complicado ir a contracorriente porque te significa y te señala. Con lo cual, la masa es un fenómeno mimético por excelencia del siglo xxi.  Y añadiría que veremos mucho más sobre las masas enfurecidas.

¿Es posible deshacer este fenómeno?

La única fórmula que conocemos es retornar al individuo-persona y eso sólo lo hace el cristianismo. Estamos en un problema: o anunciamos el Evangelio o no hay forma de escapar de la masa, y la masa es peligrosa. 

De sus palabras se extrae pesimismo.

El análisis es realista. La historia nos enseña esto. Antes un cañón podía matar a 20 personas, pero ahora estamos en una situación de guerra nuclear potencial, donde los mecanismos de disuasión presuponen algo que no es cierto: que el hombre es racional. Si esto escala a los extremos lo que nos espera son las tinieblas exteriores. 

Coinciden aquí pesimismo y realismo.Es realismo y pesimismo a la vez. Por eso pienso que el Apocalipsis es inminente, no en el sentido de Revelación, que es lo que significa la palabra en griego, sino de catástrofe, donde la obra y la libertad del ser humano trae como consecuencia esa catástrofe. Pero  el Apocalipsis no es el final. Es ahí donde deposito mi esperanza. Lo que viene detrás es Jesucristo en su segunda venida, la Parusía. Pero no confío en el ser humano, que apuesta siempre por preferir destruir al otro, aunque se autodestruya. Si se nos anuncia que el final es posible, preparémonos porque es profecía bíblica. No miremos para otro lado, no seamos ingenuos. 

¿Existe la guerra justa?

Hay una guerra justa contra el tirano y contra el que viene a amenazar a quienes no pueden defenderse por sí mismos. Tú a ti mismo te puedes entregar como siervo de Yahvé y no oponer resistencia. Pero si vienen a por los tuyos, tienes la obligación de legítima defensa de los tuyos frente al abuso totalitario del enemigo. Se trata de una guerra defensiva, no de ataque. Pero también es verdad lo que decía el Papa Francisco: no hay guerra justa porque siempre mueren inocentes.

¿Hay esperanza en un mundo que no cree en la esperanza?

Cristo ha venido al mundo para evitar esta catástrofe final o para que si llega, los que esperan en Él puedan salvarse. Mi esperanza está paradójicamente depositada en el pesimismo atroz, en que quizás nos veamos en la tesitura de tener que elegir entre la reconciliación o la nada, la destrucción total. Y, además, en que no lleguemos a destruirnos del todo porque Cristo venga, como anuncia el Apocalipsis. 

¿Qué puede aportar la filosofía?

Puede ayudarnos a desenmascarar las mentiras, a descubrir las trampas que tienen conceptos como justicia, reivindicación o equilibrio, etc. El problema que veo es que ahora mismo no hay un debate intelectual, sino emocional.

¿Y la teología que podría decirnos?

Dice que nos tomemos en serio las profecías del Evangelio y nos convirtamos. Esto significa que el otro no es tu enemigo, sino tu hermano. Pero cada uno lo interpreta como quiere. Pensemos en la cantidad de sectas protestantes, en los musulmanes, o en las divergencias dentro del catolicismo.

“Los hombres sin Dios han construido utopías monstruosas que han llenado la tierra de cadáveres”

Ante esta tesitura, ¿cuál es el papel de los cristianos?

San Cipriano de Cartago decía algo muy interesante: “¿No rezáis todos los días ‘venga a nosotros tu Reino? Pues si viene, deseadlo y poneos en marcha”. En ese momento había una gran peste y la persecución de Valeriano. Tenemos que ser testigos de la esperanza de Cristo resucitado y anunciar el Evangelio.

¿Un mundo sin Dios es más violento?

Sí. Creímos que expulsar a Dios de la sociedad iba a ser liberador. Ese es el mensaje que nos han dejado los ateos más famosos: Nietzsche, Freud, Marx, y sus herederos actuales. El resultado del pensamiento de estos filósofos ha sido los intentos de construir utopías al margen de Dios: fascismo, comunismo y nazismo. Son los abuelos de la cultura woke, basada en la idea de que haber sido víctima de alguna injusticia nos da el derecho de ser victimarios con aquellos que nos sometieron, con lo cual la violencia se multiplica y escala. 

Pero hay quien insiste en que hoy el mundo es menos violento.

Algunos, como Steven Pinker, dicen que vivimos en una era más pacífica, más humanista, pero no es cierto. Es siempre lo mismo, varían sólo las estadísticas. Los hombres sin Dios tienen que buscarse ídolos de recambio porque no pueden renunciar a construir ese paraíso, pero todo ha derivado en utopías monstruosas que han llenado la tierra de cadáveres en nombre de proyectos políticos o sociales que trataban de sustituir a Dios. 

¿Quién lleva hoy estos proyectos?

Las nuevas ideologías que, con apariencia de bien, se pervierten en justicialismos intolerantes que empiezan en los campus universitarios, y escalan a lo político, sin que de momento tengan acceso a armas peligrosas… Sin embargo, tienen acceso a la promulgación de leyes igual de destructivas, por eugenésicas o discriminadoras.

¿Cuál sería su consejo final?

Hay que volver a restituir el día del descanso para la contemplación. Necesitamos pararnos, reconocer que la creación es una maravilla que se nos ha entregado para compartirla con los hermanos, para hablar de amor y convertirse. Sin conversión no hay posibilidad de reconciliación. 

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Artículo publicado en la edición número 76 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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