Por Carmelo López-Arias / Fotografía: Belén Ramos
En las escenas finales de Mystic River (Clint Eastwood, 2003), Laura Linney, la esposa de Sean Penn lo abraza y le musita al oído: “Anoche, cuando las pequeñas se fueron a la cama, les hablé de tu gran corazón. Que tu corazón está lleno de amor y que jamás tendríamos que preocuparnos absolutamente por nada, porque su padre es capaz de hacer cualquier cosa por su familia. Les dije que su padre es un rey, y un rey sabe qué hacer y lo hace, aunque sea difícil, y eso es lo importante. Y las niñas se durmieron en paz”.
1. GUARDIÁN Y REFUGIO
Si abstraemos estas palabras del argumento de la película (un contexto en el que habría que matizarlas bastante), hemos escuchado una buena presentación de lo que unas hijas ven –o deberían ver– en su padre: el guardián de la quietud de sus sueños.
En efecto, de los cuatro vínculos filiales (padre-hijo, padre-hija, madre-hijo, madre-hija), es en el segundo donde adquiere un peso fundamental la idea de protección y seguridad.
La hija necesita de su padre protección afectiva. Es él quien le da los criterios para interpretar su entorno y manejarse en él
¿Protección física? Es obvio. Numerosos estudios encuentran que la fuerza del niño es sólo un poco superior a la de la niña, pero el impacto de la testosterona los va distanciando. En la cuarta década de vida, cuando ambos alcanzan su máximo, el hombre es en promedio un 67 % más fuerte que la mujer, una diferencia más notable en el tren superior (el más palpable en la vida cotidiana) que en el inferior.
Esto lo intuye y percibe la niña y se confirma al crecer: ve que se aproxima a la fuerza de su madre y sus hermanos a la de su padre, pero la brecha con su progenitor resultará insalvable hasta la ancianidad. Incluso como adulta le verá como su refugio.
2. SEGURIDAD AFECTIVA
Sin embargo, sería equivocado pensar que la protección que la hija aguarda de su padre es meramente material. Va mucho más allá porque abarca lo afectivo y le aporta criterios con los que interpretar su entorno y manejarse en él.
Y hay algo más. “La hija espera de su padre sobre todo seguridad y fortalecimiento del núcleo familiar”, precisa Aquilino Polaino-Lorente, psiquiatra y catedrático de Psicopatología: “Hace recaer en él todos aquellos factores que garanticen la permanencia de la cohesión familiar. Un modo de blindar, frente al mundo, la estabilidad de la unión emocional de la familia”.
¡Qué gran aldabonazo a la conciencia! Su hija no sólo espera de él la potencia muscular para trasladar cosas o para divertirla lanzándola por el aire, ni el coraje de enfrentarse a arañas y cucarachas, ni la solvencia que los hombres más torpes hemos de aparentar ante el bricolaje doméstico, ni que ejerza de guarida ante un peligro o barrera ante una eventual agresión. Espera, sobre todo, que ensamble y encole todas las piezas que conforman el hogar. Dicho de otra forma: que priorice lo que la hace feliz, que es sentirse emocionalmente segura en casa.
María Calvo Charro, jurista, profesora, madre y reconocida analista del impacto devastador del feminismo y la ideología de género, añade que ese liderazgo debe ejercerlo de forma masculina, algo muy complicado en nuestros días: “A los padres se les exige ahora mismo que sean mamá-bis, un modelo femenino de lo paternal, que sean suaves, cariñosos, empáticos, emotivos, emocionales, sensibles. Esto es maravilloso, es la parte tierna, que es fundamental. Pero esa parte tierna tiene que ir complementada por una parte fuerte. Una fortaleza no física sino ética, moral, espiritual”, lo que implica “unos límites que no se pueden traspasar”. En particular, en la edad difícil.
En su clásico libro Padres fuertes, hijas felices, Meg Meeker pone el ejemplo de un padre que no duda en entrar en una fiesta inconveniente y llevarse a -regañadientes a su retoño, bochorno máximo que, sin embargo, traslada a la joven el mensaje de que su bien es tan importante que prima sobre cualquier otra consideración (ha de ser siempre así, claro, y no una inquietud postiza y extemporánea).
3. MODELO DE HOMBRE
Sin las imprescindibles cortapisas que implica la buena crianza, las niñas serán “caprichosas, autorreferenciales, narcisistas y víctimas”, lamenta Calvo. Por el contrario, un padre fuerte la fortalece “en el sentido de someterla a límites, de no ahorrarle esfuerzos, de no eliminar obstáculos de su camino”. “Sabiendo que él está detrás, va a tener una autoestima muy superior para atreverse a lanzarse a las dificultades del mundo y asumir que puede haber derrotas y fracasos, pero que tiene que levantarse de nuevo”.
Las niñas que saben que su padre las respalda desarrollan una autoestima más fuerte para afrontar las dificultades, aceptar las derrotas y volver a levantarse
Tal solidez se traduce en un impacto a años vista. ¿Cómo influye, por ejemplo, en su futura elección de un compañero de vida? “En mi experiencia”, responde Polaino, “si la relación padre-hija adolescente ha sido profunda y estrecha, es muy posible que la hija perciba a su padre como un hombre valioso en extremo. En ese caso es inevitable que compare, de forma inconsciente, el perfil de cualquier candidato pretendiente con el de su padre y suba el nivel de sus aspiraciones”.
¿Y si el padre no responde a tan digno patrón? El doctor no lo traduce necesariamente en “efectos patológicos”, pero sí en “una falta de prevención de decisiones erróneas que podrían haberse evitado”.
Muchas de esas decisiones erróneas pivotan desde hace medio siglo en torno a la llamada revolución sexual. “La diferencia entre tener un hijo y tener una hija es que, con un hijo, sólo tienes que vigilar su libido, mientras que con una hija tienes que vigilar la líbido de todos los que la rodean”, bromeaba un día un amigo conversando al respecto. Desprovista de guasa, la afirmación es cierta. Y vale también como autoexigencia. Pues si ser padre es querer lo mejor para tu hija, tu objetivo es que goce de aquello que has debido darle: un reino donde tú eres el rey, pero la reina no es ella, sino su madre. Ese modelo de matrimonio es el que habrá de pretender en el futuro.
4. EL ROSTRO DE DIOS
Queda un último factor que nos recuerda la profesora Calvo: el padre es para su hija “el rostro carnal de Dios en la tierra”, la imagen que, cuando reza el padrenuestro, se dibuja en su mente, fusionando la misericordia maternal con el rigor de quien marca un camino y custodia los bordes para que no abandonemos su rectitud. Nace, la miras a unos ojos que apenas puede abrir y el amor te conquista. Luego la reñirás en la infancia y habrá momentos juveniles en los que creerá odiarte, pero al final se reirá contigo y –si se los das– escuchará tus consejos y seguirá escuchándolos cuando peine canas. Sólo has de mirar a largo plazo y manejar los hilos con maña suficiente para que duerma en paz. Desafío propio de un héroe que no eres, pero… ¡a ver quién la convence a ella de lo contrario!
Artículo publicado en la edición número 79 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.




