Por Rubén Risco
Artículo publicado en la edición número 73 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.
Viena, 1881, Anton Bruckner, organista provinciano, tosco y desaliñado, ha sido rechazado en sus propuestas de matrimonio por las familias de todas las mujeres a las que ha cortejado. Siempre mantuvo en su corazón el anhelo del matrimonio, pero este nunca llegaba.
En lo profesional, el estreno de su tercera sinfonía había sido un fracaso absoluto, la gente abandonó la sala y Bruckner acabó gritando, presa de un ataque de nervios. Desde entonces las maquinaciones del poderoso crítico Eduard Hanslick le cerraban todas las puertas del éxito, llevándole a la penuria económica. Ante este abismo de frustraciones y rechazos, comenzó a componer un himno de acción de gracias a Dios, pues siempre le había sostenido “la fe sencilla, sólida y genuina que profesó durante toda su vida”, como afirmó de él Benedicto XVI.
Un Te Deum para las alturas
Ese mismo año, logró con cierto éxito estrenar su cuarta sinfonía, el cual no se repetirá ni con la quinta ni con la sexta; es más, el director Franz Schalk, discípulo suyo y supuesto valedor, le devolvía los manuscritos con grandes modificaciones, mofándose de él en los círculos musicales de la ciudad.
Ante el bloqueo vienés, en 1884 tuvo que marchar a Leipzig para estrenar su séptima sinfonía, obteniendo un gran triunfo. Esto lo animó a terminar su monumental Te Deum con la dedicatoria A.M.D.G. (Ad Maiorem Dei Gloriam), como recogió Leopold Nowak, “en agradecimiento por haberme sacado a salvo de tanta angustia en Viena”.
Bruckner pidió a Dios que lo dejara alabarlo en el Cielo como lo había hecho en la tierra con su música
La fidelidad a su fe
Al fin, pudo volver a Viena y allí el Te Deum tuvo tal éxito que hasta el emperador Francisco José le condecoró por ello. Benedicto xvi señaló el sentido de su obra: “Bruckner pidió al buen Dios que le dejara entrar en su misterio, para poder ascender a sus alturas, para alabar al Señor en el Cielo como lo había hecho en la tierra con su música. Te Deum laudamus, Te Dominum confitemur: esta gran obra […] resume la fe de este gran músico”.
Justo después de una representación del Te Deum en Berlín en 1887, aparecería su última oportunidad de casarse, y en este caso la joven Ida Buhz y su familia lo aceptaron a pesar de la diferencia de edad. Pero durante los preparativos de la boda, Ida rechazó dejar el protestantismo para convertirse al catolicismo, y Bruckner, por fidelidad a la Iglesia, renunció al matrimonio, ya definitivamente. Moriría solo, acompañado únicamente por un ama de llaves que lo atendía. Su testamento musical, que no logró terminar, fue su novena sinfonía, titulada Dem lieben Gott (Al Dios amado). El 11 de octubre de 1896 falleció, y se cumplió lo que el gran director Bruno Walter aseveraba: “Mahler siempre buscó a Dios, mientras que Bruckner lo había encontrado”. Fue enterrado en la basílica del monasterio de San Florián, donde estudió de joven y cuyo benedictino ora et labora marcó su vida. En su tumba reza la inscripción “Non confundar in aeternum” (“No estaré para siempre perdido”), la línea final del Te Deum.
Artículo publicado en la edición número 73 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





