Por Israel Remuiñán
Fueron 100 bombas en menos de 10 minutos. Arsenio lleva clavado el ruido en su cabeza, ese modo que tiene la guerra de no pedir permiso antes de entrar en una casa, en una conversación o en una oración. “El último ataque israelí fue tremendo”, dice. Esto le impresionó, pero tampoco le hizo marcharse.
Este leonés desarrolla su misión a las afueras de Beirut, en una zona mayoritariamente cristiana, y atiende a Misión en una llamada a las 10 de la noche de un sábado. Porque en su día a día no hay muchas pausas. En principio, esta misión tenía fecha de caducidad. Llegó para cinco años. Diez como mucho. Pero ya lleva más de 30.
Es un colegio de 22 hectáreas por el que todavía puede pasear con tranquilidad. Hay casi 3.000 alumnos. La mayoría son católicos, ortodoxos o maronitas, pero también hay 50 musulmanes. “Están integrados, les hablamos de Dios con naturalidad y no hay ningún problema entre nosotros”, relata Arsenio. Porque Líbano siempre ha destacado por la convivencia entre religiones, pero la inestabilidad política ha hecho que no conozca la paz como una costumbre.
Él llegó en 1993, poco después del final de la guerra civil libanesa, y se encontró un país destrozado. Desde entonces no ha vivido un periodo largo de tranquilidad, pero nunca ha tenido miedo ni ha pensado en irse. Y esa es la primera locura de esta historia.

Una “locura” de fe
No hablamos de una locura temeraria o romántica, sino más bien de una locura cristiana: la de quien ha ido cediendo tanto su vida que ya no la entiende como una propiedad privada.
Cuando la situación se complica, las embajadas llaman y ofrecen salir por motivos de seguridad. Pero Arsenio solo aceptó hacerlo en 2006. Escaparon a través de Siria, pero el exilio duró tan solo unas semanas y regresó en cuanto se lo permitieron. Ahora, con la escalada reciente, la embajada española ha vuelto a ofrecer la evacuación, pero él ha dicho que no. “Me encuentro bien”, asegura. Y luego añade una frase que explica casi todo: “El capitán, cuando el barco se hunde, es el último que lo abandona”.
“La fe en Líbano se ve. Se comparte. Los domingos las iglesias están llenas”
“¿Por qué no vuelves?”
Sus hermanos de comunidad en España llevan 15 años jubilados. Su familia le pide constantemente que vuelva. Y, sin embargo, él se queda. Sus tres hermanas y su hermano se lo dicen: “¿Por qué no vuelves, Arsenio?, ¿qué haces ahí?”. Pero él les da largas. Dice que ya tiene en mente regresar a León y que está buscando sustituto, que cuando lo encuentre dejará el Líbano. Pero quienes le conocen no están del todo seguros de que ese día llegue. Ni siquiera ahora, en medio de un éxodo masivo por los ataques israelíes: “La gente se sorprende, pero para mí es bastante lógico. Las familias se van porque tienen hijos, miedo, responsabilidades directas… Pero yo, como religioso, no tengo familia que dependa de mí. Mi misión es acompañar a los que no pueden irse”.

Un pueblo resistente
El colegio está en una zona relativamente tranquila. Pero en Líbano la distancia nunca garantiza del todo la paz. A 500 metros de su casa murió hace poco una familia entera. Entre ellos había alumnos de una de las siete escuelas que La Salle tiene en la zona. Ya son más de 600 los niños muertos o heridos en la última oleada de ataques. Esto no es solo un dato, son pupitres vacíos. Y esa imagen duele. “No nos acostumbramos a la guerra, simplemente la soportamos”, asegura Arsenio.
A los libaneses los define con una palabra: resistencia. “Sienten las emociones del momento con intensidad, lloran, pero siguen adelante. A pesar de la violencia, abren comercios, llevan a los niños al colegio, se reúnen, acogen, viven y rezan. Sobre todo rezan”, asegura este leonés.
“Yo pienso que su fe es más fuerte que en España”. No lo dice con reproche, sino con admiración. La fe en el Líbano se ve. Se comparte. Los domingos las iglesias están llenas. Arsenio nos habla de San Charbel y de la Virgen de Harissa como dos grandes referentes espirituales del país. Cuando arrecian los bombardeos, se organizan vigilias de oración y peregrinaciones. Lo importante, dice, es reunirse y pedir juntos por la paz. En más de 30 años no ha conocido una petición más recurrente que esta.
Buscar sustituto
Arsenio vive la misión educativa viendo a Jesús en los niños y jóvenes que recibe cada día en su colegio. Quizá por eso le cuesta irse. Cuando habla de volver a España, deja siempre la puerta entreabierta. “Buscan sustituto. Cuando aparezca, me iré”, pero hay promesas que se repiten tanto que empiezan a parecer una forma delicada de permanecer.
Tal vez la fe ciega no consista en negar el peligro, sino en verlo y permanecer igualmente. Por eso, cuando su familia le pregunta qué hace todavía allí, la respuesta verdadera quizá no sea que está buscando sustituto. Quizá sea otra más sencilla y más difícil: que su familia, desde hace treinta años, también está en el Líbano.
Artículo publicado en la edición número 80 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





