Por Miguel Sanmartín Fenollera
Beatrix Potter siempre desconfió de la formación artística académica, lo que probablemente tuvo que ver con haber sido educada por una institutriz que fomentó su talento natural para el dibujo sin imponerle formalismos. Esta institutriz tuvo, además, un papel crucial en su vocación literaria: sus libros infantiles nacieron de cartas ilustradas que Potter escribía a los hijos de aquella. De una de esas cartas nació El cuento de Perico el conejo travieso, cuyo éxito en 1902 marcó el inicio de su carrera.
No es extraño, pues, que lo más distintivo de su obra sean las ilustraciones. Su delicadeza no tiene parangón. En ellas, entre setos y asombros, conviven pureza e ingenuidad a pares, transmitiendo serenidad y sosiego. Potter, gran observadora de la naturaleza, se inspiró en el movimiento prerrafaelita para retratar animales basándose en estudios anatómicos precisos y realistas.
Pero los relatos de Potter no se quedan atrás; son también extraordinarios. Su estilo, sencillo y elegante, era fruto de una meticulosidad obsesiva. Su búsqueda de la palabra precisa, y su magistral uso de aliteraciones y onomatopeyas explican su éxito intemporal.
Pequeños grandes libros
Además, sus historias y dibujos encajan como un guante de seda: parecen haber nacido las unas para los otros. Cada trazo y cada palabra se complementan, logrando una armonía singular, plena de belleza. Esta belleza transita, relajada y ociosa, por estos pequeños libros. Es la misma belleza que C. S. Lewis afirmó encontrar cuando era niño. Una belleza que sigue cautivando a los niños de hoy con el conejo Perico, la ardilla Nogalina, el señor Jeremías o el gato Tomás.

El calificativo de pequeños libros encierra una paradoja. Por un lado, son físicamente diminutos, y sus protagonistas son pequeños animales. Además, los escenarios son recoletos y sencillos: un trozo de jardín, el recodo de un sendero, un claro de bosque. Sus historias son, además, cotidianas y universales. Potter hizo así caso de la idea de Chesterton de que la economía es mucho más romántica que la exuberancia, y que el ahorro es más poético que el despilfarro.
En contraste, la dimensión moral de sus pequeños cuentos es enorme. No se trata de simples fábulas. Como el profesor John Senior señalaba, estos cuentos contienen una gran profundidad emocional y moral. El propio Tolkien los catalogaba a medio camino entre los cuentos de hadas (por su fuerte componente moral) y las fábulas (al ser protagonizados por animales).
Los libros de Beatrix Potter no sólo son hermosos, sino que, como reflejos realistas de lo natural, son también profundamente significativos. Transmiten un amor sincero por los animales y la naturaleza que, lejos de envejecer, sigue cautivando a los lectores de hoy.
Artículo publicado en la edición número 78 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





