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Borja Barragán: “Si los hijos ven que el dinero se convierte en el ídolo en casa, seguirán esa ‘religión’”

El éxito profesional no vale nada si uno vive en primera persona la incoherencia entre lo que cree y lo que vive. Borja Barragán se dio cuenta de esto y decidió poner su talento al servicio de la Iglesia, concretamente en lo que mejor se le daba: el asesoramiento en inversión financiera. Así nació Altum Faithful Investing, una compañía para que los católicos puedan invertir sin temor a que sus inversiones entren en conflicto con su fe.

Por Javier Lozano
Fotografía: Dani García

Borja Barragán nos recibe en su despacho de Majadahonda (Madrid). Una oficina amplia, con una particularidad que la hace diferente. En este espacio se respira fe por los cuatro costados. Un mural en el que Jesús enseña a ser verdaderos héroes da la bienvenida al visitante, y en el corazón de la oficina hay también un pequeño oratorio para poder rezar durante la jornada, aunque estos son sólo un par de detalles de la fe que emana en este espacio. Borja es el fundador y el CEO de Altum Faithful Investing, una empresa de asesoría financiera que gestiona carteras de inversión con un criterio que va más allá de la rentabilidad. Pasa porque las inversiones sean coherentes con la fe y acordes a la Doctrina Social de la Iglesia. Porque está convencido de que fe y rentabilidad no tienen por qué estar reñidas.

El nombre de la empresa se inspira en el evangelio de san Lucas  “Duc in Altum” (Rema mar adentro). Hubo un momento en su vida en el que esta palabra lo interpeló, decidió confiar y se lanzó a remar mar adentro. La transformación se dio en un máster de pastoral familiar que realizó junto con su esposa Carolina, con quien tiene siete hijos de entre 16 y 5 años. “Decidí poner a Dios en el centro de mi vida e intentar buscar la santidad”, cuenta a Misión. Descubrió que pese a su éxito profesional, no era coherente con lo que creía. Tenía que poner su talento al servicio de Dios y ayudar en lo que mejor sabía hacer: el mundo de las inversiones y las finanzas. Años después, Altum es una realidad consolidada que ayuda a numerosas instituciones e inversores católicos.

¿Cómo llega al mundo de las finanzas?

Me gustaba la Biología, pero al final opté por estudiar ADE y me encontré con las finanzas por casualidad. Vi en el tablón de anuncios de ICADE que podía optar por hacer prácticas en un gran banco de inversión en Londres. Apliqué, me cogieron y vi que aquello me encantaba. Empecé a formarme y me dediqué a la banca de inversión. Se me daba muy bien, pero con los años me di cuenta de que había cosas que no entraban en mi código ético y que tenía que hacer un cambio.

Aunque tenía una situación laboral envidiable…

Desde muy joven tenía un buen salario, estaba en los mejores bancos de inversión y eso me daba un cierto estatus. Pero de lunes a viernes me convertí en un idiota: un tío nervioso, estresado y muy tiburón. Y, luego, sábados y domingos intentaba rebajar revoluciones yendo a la parroquia, a grupos de matrimonios…Vivía una dicotomía brutal. Fue entonces cuando mi mujer y yo hicimos el Máster de Pastoral Familiar. 

¿Qué ocurrió en ese máster?

Lo primero fue redescubrir mi vocación al matrimonio y reconocer que para eso había nacido. Y que si Dios iba a ser lo más importante de mi vida, el resto de cosas se tenían que ordenar: mi ocio, mis amigos y, por supuesto, mi trabajo. No era coherente que yo quisiera a Dios en el centro y no diera testimonio de ello de lunes a viernes. Ahí empecé a plantearme: ¿Cómo puedo poner el talento que he recibido al servicio de la Iglesia que me ha acompañado toda mi vida?

¿No era esto un salto al vacío y más aún teniendo ya hijos a cargo?

En el momento que decidí dejar el banco tenía 31 años y cuatro hijos. Aún no había creado Altum, pero sabía que tenía que romper con la vida anterior. Echo ahora la vista atrás y no me lo creo. Doy gracias por el apoyo incondicional de mi mujer y por los sacerdotes que me acompañaron en ese discernimiento. También pasé mucho tiempo delante del Sagrario. Pero llegó un momento en el que había que dar el paso y confiar. Luego Dios te da la gracia de perseverar.

¿Qué papel jugó su mujer?

La decisión de poner a Dios en el centro fue compartida. Para mí, ella fue el ejemplo de confianza. Me dijo: “Si tienes esta intuición y crees que viene del Espíritu Santo, tira para adelante y cuenta conmigo”. A los pocos meses llegaron las gemelas, es decir, pasamos de cuatro a seis hijos. Con lo cual fue un acto de confianza aún mayor.

¿Ser padre de familia lo ha limitado?

Vemos el trabajo y la familia en contraposición. La virtud está en integrarlos, y aquí la fe juega un papel decisivo porque es la que ordena: primero está la familia y luego el trabajo. En esa vida anterior yo tenía esto completamente desordenado. Sabemos que los hijos son un don absoluto, pero es verdad que hay que recuperar el rol del varón.

¿A qué se refiere?

Los varones estamos en cierta medida un poco aislados. Y si el varón se aísla, la familia también se aísla. Urge que volvamos a ser los mejores esposos y los mejores padres que podamos llegar a ser. Estoy leyendo El gesto de Héctor (Taurus, 2018), donde se hace una analogía sobre quién es el prototipo de varón, si Aquiles o Héctor. El primero es fuerte y parece invencible, pero sólo busca su gloria. Héctor, sin embargo, entrega su vida por su familia y por su pueblo. Esto nos hace pensar si el hombre debe mirarse el ombligo o vivir una vida entregada.

¿Sus hijos también le han dado claves útiles para su trabajo?

Sin duda. La mejor escuela de liderazgo es tu propia familia ejerciendo tu labor de padre o de madre. El hecho de conseguir que siete niños se vistan en 15 minutos todos los días y salgamos puntuales para ir al colegio es como ordenar un ejército. Además, la familia es la mayor escuela de anticonformismo. Por la forma de educar en la fe a mis hijos, les digo: “Vais a ser perros verdes, vais a ser los raros del grupo”. A mí no me importa que sean antinormales, porque muchas veces la antinormalidad genera la nueva normalidad. Esto me enseña que Altum también tiene que ser antinormal, sin faltar nunca a la verdad y hablando siempre en parresia.

Hablando ya de su empresa, ¿podría explicar el nombre de Altum?

Altum viene de Lucas 5, 4. Los apóstoles estaban tristes, limpiando las redes en la orilla porque no habían pescado nada la noche anterior, cuando el Señor les dijo: “Duc in altum”, (“remad mar adentro”). El inversor católico no puede ser una persona triste que se queja de no poder invertir según su fe. Se tiene que atrever a remar mar adentro y a dar testimonio cristiano también en sus inversiones. 

¿Qué hace católico a Altum? 

Basamos nuestras inversiones en la Doctrina Social de la Iglesia. La manera más contemporánea de hacerlo es asumiendo el legado que nos dejaron los últimos papas y cómo aplicarlo a carteras de inversión. Para eso creamos cuatro pilares: promoción de la familia, de la vida, de la dignidad humana, y el cuidado y protección de la creación. A partir de ahí hemos creado una serie de criterios de análisis para ser objetivos al hacer carteras de inversión profesionalmente bien construidas. Analizamos si la actividad que desarrolla la compañía entra en conflicto con la fe y si las políticas que desarrolla, como su obra social o filantrópica, chocan con la fe. 

Altum está consagrada al Sagrado Corazón de Jesús. ¿Por qué?

Para que no se nos olvide la trascendencia de nuestro trabajo. Es fácil perderse en la nebulosa del mundo empresarial, donde las métricas del éxito están en cuánto dinero gestionamos y cuál es la rentabilidad obtenida. 

¿Hay todavía prejuicios en los católicos sobre el dinero y la inversión?

Creo que no se entienden bien las Escrituras. Por ser católico no tienes que ser pobre. Es lícito que unos padres de familia luchen por la prosperidad de su familia. La clave está en dónde ponemos el corazón, si está sólo en el dinero o si es un medio para llegar a un fin. Y ahí las familias tienen que decidir cuál es su fin. Es muy fácil caer en la hipocresía, porque todos sabemos que para hacer el bien se necesitan bienes. 

¿Es bueno entonces buscar un beneficio y una rentabilidad?

No es que sea bueno, es que sería irresponsable no hacerlo y no velar por el futuro de los que dependen de nosotros. Ya que tenemos ese don que nos ha sido dado, tenemos la obligación de administrarlo correctamente. Bajo ningún concepto se debe pensar que el hecho de incluir criterios de fe a la hora de tomar decisiones de inversión debería sacrificar rentabilidad. Y el mercado nos lo está demostrando. Carteras de inversión que nosotros estamos gestionando están rompiendo el mercado en cuanto a rentabilidad. 

Pero el Evangelio dice que “no se puede servir a dos señores” y que no hay que pensar tanto en el “mañana”.

Hay que sacar la sustancia de lo que nos quieren decir las parábolas, no quedarse en la literalidad. Ahí lo que se denuncia es que tu corazón no esté puesto en el dinero. Pero Dios nos ha hecho providentes de nosotros mismos. Lo malo no es pensar en el futuro, sino obsesionarse con él hasta tal punto que te impida creer en la actuación de la Providencia en tu vida. 

Habló antes la Doctrina Social de la Iglesia. ¿Es hoy la gran desconocida?

Es un faro y es un ancla, pero no está para dar soluciones técnicas o recetas de cómo vivir. Ahí es donde entra la libertad y donde entramos los laicos. Sería injusto pedirle a un teólogo cuánto de renta variable o fija tiene que tener un católico. Pero sí es útil para dar orientaciones sobre lo bueno y lo malo. La DSI nos da miedo porque muchas veces nos confronta con nuestra propia miseria. La verdad a veces escuece y queremos huir de lo que nos dice la Iglesia. En Altum, todo el que entra a trabajar tiene que hacer el curso de Doctrina Social en la Universidad de San Dámaso, porque es el sustrato y la fuente de la cual bebemos.

¿Nos falta cultura financiera?

Somos analfabetos financieramente. Estoy en contacto con muchos jóvenes que se van a casar y no saben cómo pedir una hipoteca ni qué aspectos tener en cuenta. Y si hablamos de temas de inversión, ya ni te cuento.

¿Hay que educar a los hijos en temas financieros y hablarles del dinero?

Es importante que tengan una noción de lo que cuestan las cosas, porque te sitúa en el mundo en el que vives. Pero, sobre todo, hay que educarles en el trabajo y en el sacrificio que cuesta ganar ese dinero, que sepan realmente valorar el dinero como fruto de un trabajo. Siempre le digo a mis hijos que cuando elijan su profesión, lo importante no sea el dinero, sino pensar si van a ser lo suficientemente buenos como para que alguien pague por su trabajo. Esto va de la mano de su vocación profesional y de escuchar a qué los llama el Señor.

¿Qué consejo daría a las familias para gestionar su economía doméstica?

En un mundo a golpe de clic es bueno tener cierta formación para tomar decisiones financieras. Debe exigirse cierta curiosidad intelectual para ser mejores administradores de aquello que les ha tocado gestionar. De la misma manera que integramos el trabajo en la familia, debemos saber integrar el dinero en la familia. Nuestros hijos nos están observando y si ven que estamos agobiados y obsesionados con ganar más, y que el dinero se convierte en el ídolo de la casa, esa es la religión que van a seguir.

Esa formación la amplía al ámbito familiar, pues usted y su mujer son profesores de pastoral familiar y de cursillos de novios.

Nuestra intención es dar gratis lo que hemos recibido gratis. La formación que recibimos en el máster nos cambió por completo la visión del matrimonio. Creemos que la familia tiene que ser generativa, también con otras familias. Tratamos de plasmar el bien de la acción de Dios en nuestra vida, nuestra familia y nuestro matrimonio.

¿Cómo ve a los novios que llegan a estos cursillos?

Los veo ávidos de saber más en una sociedad en la que apenas se les ha hablado de Dios. Nadie les ha hablado de la importancia del sacramento, de cómo vivir la castidad, de la apertura a la vida o de la familia política.

¿De dónde saca tiempo para hacer todas esas cosas?

Es cuestión de organización y sobre todo de aprender a no perder el tiempo. Las pantallas se reducen prácticamente a lo mínimo indispensable para vivir en el mundo de hoy y responder a las obligaciones laborales. Yo no lo veo como una pérdida de tiempo, sino como una manera de entregar nuestros fines de semana, pero lo hacemos con gusto.

¿Merece la pena?

Vivimos en una época en la que no es fácil ser católico y vivir el matrimonio. Decir que te casas es ir contra corriente. Es difícil vivir en coherencia. Para nosotros fue importante aprender esa teoría para poder dar razón de la fe. Ser católico no es ser del club de los perfectos, todos tenemos muchísimas limitaciones, pero, como decía Julián Marías, por mí que no quede. Para nosotros es importante poner nuestro granito de arena. Y por mí que no quede.  

Artículo publicado en la edición número 79 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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