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Hijos adolescentes: ¿su cerebro es tu aliado o tu enemigo?

Un niño crea dificultades, sí, pero por lo general bajo control. Con un joven suele ser posible entenderse. Pero… ¿qué ocurre en ese terreno intermedio entre la infancia y la juventud? Ahí es de verdad donde se juega la partida.

Por Carmelo López-Arias

Si sugerimos una apuesta sobre cuál es la parte del cuerpo de un adolescente que más preocupa a sus padres… es posible que quienes opten por el cerebro la ganen y se hagan ricos. Habrá otros votos: su lengua, a veces tan incómoda; unos oídos que se clausuran cuando los progenitores hablan, un estómago que desconcierta… Pero casi ninguno citará el órgano protegido por el cráneo… y eso hará triunfadores a los “cerebristas”.

Bien, vale. Aunque hay que matizar.

La crisis de la adolescencia, que se ha ampliado temporalmente respecto a épocas pretéritas –empieza antes y termina después–, no es sólo cerebral. Es un “equilibrio inestable” entre la cabeza, el corazón y el desarrollo de la capacidad para ejercer actividades, porque los procesamientos correspondientes (“cognitivos, emocionales y ejecutivos”) tienen diferente velocidad y maduran a ritmos dispares. Así lo explicó Natalia López Moratalla, catedrática de Bioquímica y Biología Molecular, en el libro El cerebro adolescente (Rialp, 2019). En él ofrece un criterio probatorio añadido: los cerebros de chicos y chicas son distintos, dado que interaccionan con hormonas distintas. A ellos la testosterona y la vasopresina los conducen por la ruta de la competitividad y la independencia; a ellas, la dopamina y la oxitocina les sugieren el anhelo de confianza e intimidad. Y completemos este recordatorio anatómico: en Estados Unidos la Academia de Psiquiatría Infantil y Adolescente ha señalado que en este periodo la región del cerebro responsable del miedo y de la agresividad madura antes que la corteza prefrontal, sede del razonamiento.

Dos áreas claves del cerebro

El doctor Jokin de Irala, catedrático de Medicina Preventiva y Salud Pública en la Universidad de Navarra y miembro de la Pontificia Academia para la Vida, explica que contraponer estas dos áreas clave del cerebro, el sistema límbico y la corteza prefrontal, “explica en gran medida los comportamientos de riesgo en los adolescentes”: “La primera es el centro de recompensa, ubicado en el sistema límbico, que regula las emociones, la sensación de placer y los impulsos relacionados con la supervivencia, como huir del peligro o satisfacer el hambre, y especialmente sensible a estímulos exagerados o intensificados artificialmente, como los videojuegos hiperestimulantes, la pornografía o las redes sociales. La segunda es la corteza prefrontal, responsable del pensamiento racional, la planificación, la resolución de problemas, la toma de decisiones y la previsión de consecuencias, y que actúa como un filtro o freno del sistema límbico”.

¿Qué sucede entonces? Que durante la adolescencia ambas zonas sufren un “desfase madurativo importante”. “El centro de recompensa se desarrolla y se vuelve muy potente mucho antes de que la corteza prefrontal alcance su plena madurez. Como resultado, los adolescentes tienen una mayor tendencia a dejarse llevar por lo que les apetece en el momento, en detrimento de su capacidad para valorar si esa conducta les conviene a medio o largo plazo”, añade.

Los hijos en esta edad son más vulnerables al estímulo del alcohol, las drogas y el sexo, y en esa vulnerabilidad juega un papel decisivo este “desajuste” cerebral. ¿Hay que resignarse, entonces? Nada de eso, hay que amortiguarla y protegerles con actividades y costumbres que la mitigan… y con el ejercicio de la autoridad. “Las restricciones y prohibiciones adecuadas no sólo son justificables”, argumenta Irala, “sino necesarias”, y recalca la importancia de “educar el carácter con virtudes y habilidades sociales”.

Las actividades creativas –el arte, la música– pueden fortalecer sus circuitos cerebrales

Un cambio repentino

Cualquiera que haya tenido hijos ha descubierto la rapidez de su entrada en la adolescencia. ¡Todo es tan repentino cuando inauguran la etapa adolescente, tan clave! Una mañana hablaba cual niño dócil que te ama, y de repente responde cual león hambriento que te odia porque se siente enjaulado: es la primera vez y, salvo algún momento de paz, pervivirá la crisis unos meses o algún año.

“Con las chicas, de golpe, nuestra relación estupenda se convertía en infernal sin conflicto alguno que lo justificase”, evoca una madre al recordar la etapa de sus hijas: “No duró mucho el periodo con ninguna, pero más de una vez me hicieron llorar con sus despechos imaginarios”.

Para un padre a quien interrogamos sobre lo mismo, la vivencia con su único hijo varón fue similar. Desagradable, más agresiva que en el caso femenino… pero definitiva en ciertos aspectos: “La confianza de él desapareció de la noche a la mañana y me despreció abiertamente. Por supuesto, dejó de ser así cuando creció y nos volvimos a querer mucho”.
Ambos asumen con alivio la idea de que cambios moleculares repentinos pudieron ser la causa, si bien el susto se les pasó con la experiencia y no afectó al amor. El terremoto no lo destrozó todo porque se vio dirigido por la educación y porque el cariño mutuo era real.

Deporte y creatividad

Aunque la anatomía del cerebro de un adolescente sea inaccesible para los padres, es posible influir sobre sus procesos químicos constituyentes y decisivos conformando su conducta. Es decir, su cerebro es maleable en circunstancia adecuadas… y ahí los padres pueden tener un impacto clave. El propio Instituto Norteamericano de Salud Mental destaca que el cerebro adolescente es extraordinariamente capaz de adaptarse a nuevas luchas y situaciones, por lo cual sugiere plantearle retos educativos sanos y comprometerle en actividades creativas, como el arte o la música, para “fortalecer los circuitos cerebrales y ayudar al cerebro a madurar”.

Hay algo curioso a esta edad y es que el propio periodo de sueño es víctima precisamente de la hormona del sueño, la melatonina, cuyos niveles, a diferencia de los periodos anterior y posterior, le empujan a dormirse tarde y despertarse tarde, justo lo contrario de lo que necesita. De ahí que tanto la formación estimulante de la creatividad como la actividad física que los canse son buenas para su cerebro porque equilibran esas “desequilibradas” hormonas.

Como colofón, conviene recordar lo que glosan los expertos: la vulnerabilidad cerebral del adolescente puede combatirse con creatividad, actividad física, y cultivo de virtudes y habilidades sociales. La pregunta es: ¿pueden potenciarse estas cuatro áreas con un teléfono móvil en la mano?

Artículo publicado en la edición número 80 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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