Por Javier Lozano
Hace ahora cinco siglos que en torno al convento de San Esteban nacería, de la mano del dominico Francisco de Vitoria y otros compañeros suyos, la conocida Escuela de Salamanca, sin cuya existencia el mundo sería hoy un lugar muy diferente. Su original forma de hacer teología creó lo que hoy entendemos como humanismo cristiano y que, intentando responder a los enormes retos de su tiempo, acabaría sosteniendo los cimientos del mundo occidental que hoy conocemos.
Fray Bernardo Sastre Zamora, OP, dominico que reside precisamente en el convento de san Esteban, explica a Misión que “la Escuela de Salamanca surge en un momento de transición histórica entre el final de la Edad Media y el inicio de la Modernidad. Los descubrimientos geográficos, la expansión hacia América, la Reforma protestante, la Contrarreforma católica y las novedades del humanismo renacentista planteaban preguntas completamente nuevas a la teología y al pensamiento cristiano”. La llegada de Francisco de Vitoria a la cátedra de Prima de Teología de la Universidad de Salamanca en 1526 dio inicio a esta Escuela y tras 20 años su magisterio ejerció una enorme influencia intelectual, pastoral y misionera tanto en Europa como en América.
Respuesta a grandes retos
Fray Bernardo incide en que “la originalidad profética de Salamanca consistió, precisamente, en renovar la escolástica volviendo a las fuentes –especialmente a la Suma del Doctor Angélico– y aplicar su doctrina teológica a los desafíos del mundo moderno: la dignidad de los pueblos, los límites del poder político, la guerra justa, la justicia económica y social o la evangelización del Nuevo Mundo”.
“La revolución teológica y jurídica de la dignidad de la persona humana que brota de esa vuelta a las fuentes fue sencillamente espectacular, pues la antropología cristiana renovada terminó por incidir en todos los ámbitos de la vida civil y eclesiástica”, añaden José Carlos Martín de la Hoz y León M. Gómez Rivas en La escuela de Salamanca (Sekotia, 2025).
Un adelantado a su tiempo
De hecho, en el ámbito jurídico y político, Francisco de Vitoria fue un adelantado a su tiempo al elaborar –según señala Fray Bernardo– “una reflexión decisiva sobre el derecho de gentes y sobre la dignidad universal de todos los pueblos”. Una de sus tesis era que “todos los seres humanos formamos, de algún modo, una única comunidad universal”. Esta es la base de lo que hoy conocemos como derecho internacional.
En el imaginario colectivo ha quedado grabado que fue la Revolución francesa la que defendió los derechos al hombre, pero nada más lejos de la realidad. El catolicismo hispano defendía de manera auténtica dos siglos y medio antes la dignidad, el derecho y la justicia de los hombres y de los pueblos. Esto se pudo ver, por ejemplo, en el trato que se dio a los indios en América: ellos poseían sus tierras y ni siquiera el rey podía arrebatárselas.
La Escuela de Salamanca también introdujo novedosas ideas sobre el gobierno que contrastaban con la concepción protestante del poder de los reyes. De este modo, José Carlos Martín de la Hoz destaca “el modo de enfocar la relación del hombre con Dios y entre los hombres en sociedad, y el hecho de que el poder venga de Dios que lo entrega al pueblo y este libremente lo entrega a la corona, hace que la responsabilidad del monarca será la salvación de los hombres”.
Este hecho tan fundamental y elevado tenía, sin embargo, consecuencias prácticas como “procurar que los impuestos sean los menos posibles”. La Escuela de Salamanca es precursora del libre mercado, pues sus pensadores reflexionaron sobre el concepto del precio justo, el problema de la usura, la propiedad privada, el comercio o los contratos.
Una teología viva
Pero todas estas novedades en el ámbito jurídico, político, económico y moral necesitaron previamente un sostén teológico que, a la postre, sería la base para todos los cambios anteriormente citados. “La Escuela renovó la escolástica mediante un retorno creativo a santo Tomás de Aquino. No se trataba de repetir fórmulas medievales, sino de desarrollar una teología viva, capaz de integrar la revelación y la razón para iluminar los problemas históricos concretos”, agrega fray Bernardo.
La leyenda negra ha tenido mucho que ver en que la Escuela de Salamanca haya quedado relegada al ostracismo y muchos no conozcan cómo su pensamiento católico y español iluminó al mundo. De no haberse dejado influir por esta leyenda negra, “tanto en Estados Unidos como en Reino Unido o en Francia los hombres cultos habrían puesto mucho más interés en el reconocimiento de esta escuela y hubieran reivindicado la importancia de su aportación al pensamiento en la cultura y civilización occidental”, concluye De la Hoz.

UN APORTE QUE PERDURA
Francisco de Vitoria, junto a otros compañeros, como Domingo de Soto o Melchor Cano, enriquecieron el pensamiento de tal modo que cinco siglos después sus aportaciones han puesto parte de los cimientos de la sociedad occidental. “Queda mucho más de su aporte de lo que solemos pensar”, sugiere Fray Bernardo Sastre, quien además recuerda que “muchos principios que hoy consideramos evidentes tienen raíces profundas en las reflexiones de los maestros salmantinos”. Conceptos como “la dignidad universal de la persona, la existencia de normas internacionales y diplomáticas entre los pueblos, la necesidad de una economía solidaria ordenada al bien común y los límites éticos, morales y religiosos del poder político” fueron aporte de la escuela salmantina, explica este fraile dominico.
Artículo publicado en la edición número 80 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





