Por Enrique García-Máiquez
Yo vengo a hablar de la descoordinación. Nuestros amores son catorce lo menos y tiran del corazón, cada uno para su lado al galope, como en un descuartizamiento medieval. Tenemos la amada, por supuesto, y la consiguiente familia, a Dios sobre todas las cosas, debajo: un montón de cosas, el trabajo, los amigos, los conocidos, algo de deporte, la pasión literaria y el artículo (pongamos este) que tenía que haber mandado la semana pasada, pero que no me dio la vida.
Ese es el problema, que la propia vida no da para cumplir cuanto la vida ofrece. Cabría hacerse budista y buscar el nirvana en la ausencia de pasiones y en el vacío. Seguro que funciona, porque, cuando suena el despertador de la siesta y no puedo levantarme, veo al nirvana recostado a mi lado. Enseguida, sin embargo, vuelve el ansia.
Lucía Martínez Alcalde nos ha escrito un libro perentorio: El arte de no llegar a todo (Eunsa, 2025) y parece escrito para mí. Hay que saber vivir en el caos. Hasta ahora yo sólo tenía una respuesta. La de Fabrice Hadjadj. El francés, que es filósofo, músico, padre de diez, teólogo, profesor y autor -teatral, cuando le preguntan cómo hace tantas cosas, contesta que mal, que las hace mal, y que por eso alcanza a hacerlas. Un padre de diez no puede ser un padre de diez. Era mi consuelo.
Martínez Alcalde aporta más y con más orden. Lanza una idea, en particular, que me ha hecho muchísimo bien. No hay que percibir el tiempo como un enemigo, porque entonces te amarga el carácter y ves a todo el que se te acerca como un ladrón de tu patrimonio esencial: “El tiempo es oro y ahora este me lo sisa…”. El tiempo tiene que ser un amigo-contrincante, como aquel con quien jugamos al tenis o al ajedrez. Hay tensión competitiva, claro, pero no cabe un odio pueril y atenazante. Somos rivales y colaboradores.
Hemos de intentar compaginar todos esos amores que juntos nos configuran, pero como quien baila, y no como quien boxea. Oscar Wilde, que, entre bromas, decía verdades como puños, advirtió de que “el verdadero inconveniente del matrimonio es que acaba con el egoísmo y las personas sin egoísmo son apagadas; les falta individualidad”. Una manera de no acabar con el interés sin caer en el egoísmo estriba en tratar de sostener todos esos amores. Pero sostenerlos sin perder ni la jerarquía ni la sonrisa… ni la sinergia. ¿La sinergia? Sí, cuando desatendemos a la familia porque estamos trabajando estamos atendiendo a la familia y viceversa. Todo suma con los amores, si se echan bien las cuentas.
Artículo publicado en la edición número 76 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





