La revista más leída por las familias católicas de España

El síndrome de la pose sin pausa

No sólo vivimos en la era de la imagen, sino en la del retoque, los filtros sin disimulo y la fabricación de imágenes por inteligencia artificial. No hay político, actor, empresario de postín o presentador televisivo que no recurra a los servicios de asesores de imagen, floreciente nicho de mercado. Y el tic se ha democratizado por culpa de las redes sociales. “Presumo, luego existo” es la filosofía de este tiempo.

Por Enrique García-Máiquez

No basta con proscribir todo postureo. El problema es filosófico. La presunción es un defecto propio de esta época y contra el que urge estar muy vigilante, pero sin quitar ojo al defecto contrapuesto: regodearnos en nuestra versión más elemental. No confundamos sinceridad con conformismo. Julián Marías definía la chabacanería como la vulgaridad satisfecha de sí misma. Hay que evitarla tanto como la cursilería.

En toda virtud, hay un arranque virtual. Se dice mucho del valor, que no es no tener miedo, sino vencerlo. Del mismo modo, querer salir mejor en las fotos no es vanidad de vanidades. El sincero es un mentiroso que ha tomado la decisión de negarse a mentir, ea. O al amable la simpatía no siempre le sale por instinto y sin hacerse una grácil violencia interior y qué bien que se fuerce. “La vida no se trata de encontrarte a ti mismo, sino de crearte a ti mismo”, apuntó George Bernard Shaw. Para crearse uno necesita los planes de un proyecto que nada más que existe, como mucho, en un dibujo a lápiz. Más claro aún fue Nicolás Gómez Dávila: “La hipocresía no es la menos eficaz propedéutica de la virtud”. Quien quiere ser mejor tiene que practicar una pose de la excelencia.

Los anglosajones tienen una rima muy pegadiza para explicar el fenómeno: “Fake it till you make it” (“Fíngelo hasta que lo logres”). El filósofo García Morente lo explica: “Querer ser es el resorte más poderoso de la energía vital”. No en vano, García Morente, como caballero español, es heredero de Hernán Pérez del Pulgar, el de las Hazañas, que escogió para su nuevo escudo de armas este lema: “Tal el hombre debe ser / como quiere parecer”.

“El problema es el postureo sin pausa según las modas sociales y morales de cada momento ”

Tonterías inconfesables

El problema, por tanto, es el postureo… que no nos mejore. El que posa sin pausa según las modas sociales y morales de cada momento. Tiene como resorte la vanidad de ser el más envidiado de todas las plazas. De hecho, esta actitud, al envenenar la buena, resulta todavía peor. ¿Cómo distinguir el postureo bueno del pésimo? El recurso de recurrir a los hechos desnudos y empíricos no nos va a servir porque el juego de espejos de las apariencias se puede aplicar tanto a la verdad, la bondad y la belleza como a la frivolidad. Para discriminar los postureos ridículos de los necesarios, hay que basarse en la finalidad que se persigue con ellos.

Si se quiere aparentar más riqueza o buena posición o unas vacaciones más chic que ningunas o casas más posh o más títulos académicos de los que se tienen, lo malo es la intención. ¿Quieren ustedes un criterio definitivo? Uno tiene que poder confesar, humildemente, qué es lo que se quiere aparentar y, con sólo hacerlo, en vez de postureo, ya es postura y proyecto.

Yo quisiera ser bastante más bueno y más sabio y mejor poeta de lo que soy, lo confieso, y lo intento acercándome por la vía de los hechos consumados. No hay problema. La prueba del algodón es la confesión. Véase al revés: me compré un coche que no puedo pagar para quedar por encima de mis vecinos, fuerzo mis buenas maneras para dejar en evidencia a quien no las tiene, publicito mis éxitos para generar admiración, fotografío mis nuevos gadgets como si yo fuese la agencia de publicidad de la tecnológica o dejo caer títulos de libros prestigiosos para quedar como el más leído de la comarca… Que estas cosas sean inconfesables prueba la presunción fatal. Son inconfesables –entiéndaseme– no porque sean muy graves. Son tonterías y, por eso, son inconfesables en cuanto que te hacen quedar como un tonto. (Ah, y también quedas como un tonto aunque no las confieses, porque se ven a la legua).

Fomo y fama: el ansia por la bilocación
El término FOMO (“fear of missing out”, esto es, miedo a quedarte fuera de los planes) lo popularizó Dan Herman en los años 90 y Patrick J. McGinnis le dio carta de naturaleza en Harvard Business Review y hasta escribió un libro sobre el asunto. Sin conocer a sus definidores académicos, lo sufre muchísima gente, y cada vez más con la exposición incesante de eventos en las redes sociales.

Se trata de un postureo posicional y, del mismo modo que el postureo personal, es ambivalente. Si te da pena que tus amigos no hayan contado contigo para una cena, no es FOMO, es lógico. Y es sano que te preguntes por qué. A lo mejor no estás siendo el más simpático o nunca tienes tiempo para ellos o tú tampoco invitas cuando te toca. Dicho lo cual, el FOMO auténtico, esto es, el morboso, es cuando la ansiedad por estar en todos sitios abarca eventos o planes que te pillan muy lejanos o incluso que se superponen a otros a los que sí vas. Es una neurosis, una ansiedad, un ansia por la bilocación, una fijación por una fama de humo, una popularidad polucionante.

Oscar Wilde, ese precursor, notó que sólo hay algo peor que ser invitado a una fiesta: que no te inviten. Hiló muy fino, porque, aunque todos alguna vez hemos protestado, mientras nos anudábamos la sonrisa y la corbata, de tener que asistir a un evento social, cuando no nos invitan nos duele más. Es una pena porque nos fastidiamos en los dos casos.

El secreto de una vida social feliz es alegrarte en ambos supuestos: saber estar y no estar. Agradecido. Celebrar a los amigos, que, si son buenos, no pueden ser infinitos, y celebrar a los otros, que nos dejan en la fiesta de nuestra soledad. Conviene saber que no se puede, a estas alturas, ser el niño en el bautizo y que tampoco hay prisa por ser el muerto en el entierro. Si vas a faltar a algo, siempre al FOMO. Quien teme perderse algo ya se ha perdido lo mejor: estar tranquilo.

Artículo publicado en la edición número 77 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

¿Te ha gustado este artículo?

Para que disfrutes de más historias como esta

ARTÍCULOS RELACIONADOS

ARTICULOS DE INTERÉS

ARTICULOS DE INTERÉS

ÚLTIMA EDICIÓN

junio, julio, agosto 2026