Por Margarita García
Artículo publicado en la edición número 41 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.
“¿Que por qué no me he casado?”, se pregunta en voz alta Inmaculada López-Fando, farmacéutica de 56 años y soltera. “En mi caso, no le echo la culpa a Dios, lo que pienso es que no he tenido la suerte de encontrarme con el hombre de mi vida” y, añade que las malas experiencias en sus relaciones de pareja tampoco le han ayudado a lograr lo que, desde siempre, fue su deseo. Un sueño para muchos y una propuesta de la que huir para otros, porque, como afirma Óscar Yeves, de 46 años, consultor de formación y también soltero, “para la gente, has triunfado, has logrado que nadie te atrape y te controle”. No obstante, ambos están convencidos de que “estamos hechos para vivir en pareja, en el Génesis lo vemos”.
Si miramos a nuestro alrededor, y las encuestas que cada año elabora el Instituto Nacional de Estadística (ine) constatamos que, el número de personas que viven solas ha aumentado hasta alcanzar los 4.584.200, lo que supone el 25 por ciento del total de los hogares de nuestro país. La soledad, por tanto, se está convirtiendo en una forma de vida buscada por un amplio sector de la sociedad. Lo que, curiosamente, es beneficioso para el mercado, porque las personas solteras tienen más tiempo para planes de ocio, invierten más en moda, viajan más… En definitiva, gastan más. Y pudiendo ser esta la experiencia de muchos de los solteros de nuestro país, no es tan satisfactorio lo que viven los solteros en la Iglesia.
Sin embargo, estamos ante una realidad que “sin ser la natural, tampoco es anormal”, apunta Inmaculada, quien, como Óscar, ha encontrado, en la Comunidad de Grupos Católicos Loyola, el modo de vivir su fe siendo soltero.
Soltero: ¿una vocación?
“¿Es una vocación?”: es la pregunta que María García, enfermera de 34 años, le ha formulado una y mil veces a Dios y a las personas que acompañan su vida de fe. Como ella, Sofía González, también de 34 años, licenciada en Historia, ha encontrado respuesta en la Teología del Cuerpo de san Juan Pablo II. Gracias al Máster de Ciencias del Matrimonio y la Familia del Instituto Juan Pablo II, ha descubierto que toda persona tiene la llamada al amor sellada en el corazón. Por eso, reconoce que la soltería es una circunstancia que puede alargarse toda la vida, pero, a través de la cual, “puede encontrarse igualmente a Dios. El que se casa contando con tener hijos y no tiene, ¿ve truncada su vocación al matrimonio? No, ¿verdad? Y el que estaba llamado al amor, pero no encontró marido o mujer, ¿ya no puede amar? Pues tampoco”.
Efectivamente, la Iglesia recuerda en el Código de Derecho Canónico que hay únicamente tres caminos que cristalizan la llamada de Dios a la comunión con Él: el sacerdocio, la vida consagrada y el matrimonio. No existe vía intermedia. “La soltería, por tanto, es un estado civil, –explica Carmen Álvarez, doctora en Teología Dogmática–, pero no eclesial; es un estado transitorio, que está llamado a madurar y desembocar en una entrega de vida radical”.
Emily Stimpson, periodista norteamericana de 41 años, soltera hasta hace tres meses y autora de The Catholic Girl’s Survival Guide for the Single Years o, lo que es lo mismo: guía de supervivencia para las chicas católicas durante su soltería, añade que “no existe una vocación a ser soltero, sin embargo, esto no significa que la soltería, mientras la estás viviendo, no pueda ser una llamada de Dios en ese momento concreto de tu vida”. Es lo que Stimpson llama una vocación “transitoria”, es decir, que también estás llamado a vivir tu vida de soltero en una forma que honre a Dios y que te permita preguntarte: “¿Qué espera Él de mí en este momento concreto de mi vida?”.
«La soltería es un estado civil, pero no eclesial; es un estado transitorio, que está llamado a madurar y desembocar en una entrega de vida radical».
Dios nunca falla
Inmaculada, Óscar… en algún momento han deseado casarse. Pero, ¿qué ha fallado?, les preguntamos desde Misión, porque, si bien en toda vocación eclesial hay detrás una llamada de Dios, pareciera que la matrimonial está, en cierto modo, sometida al azar, a, como dice Inmaculada, “tener la suerte de encontrarte con el amor de tu vida”.
“Hablar de equivocación es un poco duro –opina Álvarez–, pero tampoco hay que olvidar la libertad del hombre…Dios, en algún momento de la vida, me ha tenido que conducir, me ha puesto hitos; y, por duro que resulte, en ocasiones, puede que haya fallado el discernimiento; quizá he tenido delante a la persona o la llamada y no la he querido ver. Lo que está claro es que Dios nunca falla”. Además, existen otras mil razones que han podido llevar a un joven que deseaba casarse a permanecer soltero: malas experiencias en las relaciones de pareja que dificultan nuevos compromisos, elementos familiares, de protocolo social, problemas con la sexualidad y un largo etcétera.
Presión social y familiar
“Quedar para vestir santos”, “Que se le pase el arroz”, “A ver cuándo te echas novio” o “¿Más de 35 y soltero?, algo le pasa”, son algunos de los tópicos a los que se enfrentan las personas solteras. “Con mejor o peor intención, terminan haciéndote sentir ‘un raro’ ” y, muchas veces, –cuenta Inmaculada–, sufres la presión social de ser soltero”. “Me encanta cocinar, soy una persona muy alegre, muy maternal… y, por ello, he tenido que explicar a muchos señores que ‘no soy rara’, que por supuesto me gustan los hombres”. Este tipo de presiones pueden llevar a la persona a tomar la decisión equivocada. Por eso, en Misión nos preguntamos si debería existir una pastoral dedicada a los solteros. Álvarez opina que quizá no se trate de una “pastoral de solteros”, pero sí es necesario trabajar más la pastoral vocacional: de igual modo que la Iglesia está despertando con respecto al acompañamiento a los separados y divorciados, se debería acompañar a los solteros que, como reconoce María, “nos sentimos en tierra de nadie y en una constante contradicción, porque ser fiel a la Iglesia y vivir la castidad es muy difícil en una sociedad que te pide absolutamente lo contrario. Los solteros necesitamos que la Iglesia, los sacerdotes y los casados nos ayuden a reforzar la fidelidad a Dios en el tiempo de espera”.
Tanto María como Inmaculada y Óscar señalan que es necesario este acompañamiento en el discernimiento, pero también consideran importante que existan grupos de solteros para establecer amistad, conocerse y, si surge, encontrar pareja; pero, sobre todo, “para comprobar que hay muchas personas en tu misma situación”. Para jóvenes “con y sin novio” se celebra cada año en Madrid el encuentro “El amor: un nombre, un rostro” puesto en marcha por el franciscano P. Giovanni Marini, quien, junto con sus hermanos franciscanos de Asís y España, reúne a más de 200 jóvenes que desean conocer lo que Dios piensa sobre el amor humano. Este curso nació en Italia a petición de los jóvenes que, al terminar el curso vocacional, deseaban prepararse para vivir mejor el amor.

Purificar los deseos
Lo primero que hay que distinguir es “lo que yo deseo de lo que quiere Dios de mí, porque se puede llegar a estar tan obsesionado con casarse que la persona no sea capaz de ver más allá”. Para ello es necesario un proceso de purificación y, este, para algunas personas se alarga en el tiempo más de lo deseado, y es donde, según la teóloga consultada por Misión, la Iglesia “está un poco verde”, porque la cuestión de la soltería ni está estudiada lo suficiente, ni está bien acompañada. “Hoy, es fundamental, pero también dificilísimo, encontrar un buen director espiritual, una persona con criterio, vida interior, que ni te lleve al espiritualismo excesivo ni a todo lo contrario diciéndote que no pasa nada porque estés soltero. Estaríamos, por tanto, ante uno de los principales retos que la Iglesia tiene por delante”, opina Álvarez.
Pero si alguien dejó claro cuáles son las claves para ver el camino fue san Juan Pablo ii en su carta sobre la vocación: la oración, los sacramentos y la dirección espiritual ya mencionada.
“¿A quién me entrego?”
“Una cosa tiene que estar clara en este tema complejo de la soltería: que Dios llama a todos, no a unos sí y a otros no; todas las personas están creadas para la comunión, para la unión esponsal con Dios, ya sea a través de la entrega a un ‘otro’ con minúscula o mayúscula”, recalca Álvarez. Entonces, la pregunta que acompaña al soltero en su búsqueda es: “¿A quién me entrego?”.
Este es el punto en el que está Sofía. Tras diferentes relaciones de pareja y experiencias de discernimiento vocacional, concluye que no cierra la puerta al amor, porque, “no nos engañemos, un soltero joven, que tiene claro que Dios no le llama a la vida religiosa o al sacerdocio, lo que desea es casarse”. Pero, mientras encuentra a esa persona, participa en diferentes pastorales de su parroquia como la visita a los enfermos, el coro parroquial, y, en su pertenencia a una comunidad del Camino Neocatecumenal, ha encontrado a muchos ‘otros’ a quienes servir y amar.
Para Inmaculada, sus ‘otros’ son, sobre todo, los miembros de su numerosa familia. Tan claro lo tiene que, durante los cinco años en los que su madre estuvo enferma, asumió su cuidado como una auténtica vocación. Se trasladó a vivir con ella porque “yo tenía más libertad de movimiento que mis hermanos casados con hijos; me dediqué a hacerle la vida lo más feliz posible y a facilitar que mis hermanos la vieran lo que pudieran”. “Siento que mi vida tiene mucho contenido, y aunque es verdad que a veces uno piensa ‘qué pinto aquí’, he tenido experiencias que han sido motivo de encuentro y de gracia”, recalca.
Cuando la espera se alarga
“Una de las cosas más difíciles para un hombre o una mujer que se siente llamado al matrimonio es ver que no recibe respuesta”, explica a Misión Stimpson. Ciertamente, “es un tiempo de combate”, cuenta Sofía, y no solo por la presión social o familiar –soy la que está soltera de mis tres hermanas y de mi grupo de amigos–, sino también por el miedo al futuro, a la soledad, al reloj biológico que te está pidiendo ser madre…”. Y durante este tiempo, confiar en Dios y no pensar que te ha abandonado es difícil. Stimpson cuenta que le ayudó a permanecer cerca de Dios la Eucaristía, la misa diaria, la adoración al Santísimo: “Dejar que la gracia hiciera en mí lo que mi razón no podía hacer”. También acudía a la historia de la salvación en la que los padres de la fe esperaron mucho para recibir respuesta de Dios: “Abraham y Sara, Zacarías e Isabel… todos ellos recibieron una promesa que Dios tardó mucho en cumplir y en ningún momento perdieron la fe”. Y, todo esto, “unido a no quedarme sentada esperando un esposo. Me he dedicado a mi carrera, a amar a la gente y a Dios, desde mi estado, no desde aquello que ‘no tenía’”.
El tiempo de espera “te ayuda a rezar más, purifica nuestros deseos y te permite ver más claro lo que Dios quiere”, añade Álvarez, y así lo confirma Stimpson, tras haber contraído matrimonio: “Ahora entiendo muchas cosas. Puedo ser una mejor esposa gracias a las lecciones que aprendí durante los últimos diez años, gracias al sufrimiento que tuve que pasar, gracias a la espera, gracias a haber tenido que aprender a confiar en Dios”.
María José Navarro San Juan
Secretaria de dirección en un despacho de abogados

“El soltero se da a la Iglesia entera, y el casado, principalmente, a su familia; por eso, nosotros tenemos también una misión importante en la Iglesia: transmitir la fe a través del acompañamiento a enfermos, en los comedores sociales, dando catequesis…”. Así de claro lo tiene María José Navarro, soltera de 51 años afincada en Sevilla, quien reconoce que “la soltería no es algo que haya buscado, pero, ya que la tengo, disfruto de sus ventajas: tener más tiempo para Dios, para los amigos… Lo importante es estar lleno de Dios, estando casado o soltero”. Esta confianza en Dios nace de su unión a Él a través de la misa diaria y la confesión frecuente y, solo así, se puede “entrar en Su voluntad y tener la seguridad de que siempre te va a dar lo mejor”.
“Lo más importante es estar lleno de Dios, soltero o casado”
Esta experiencia la comparte con los miembros de Adultos por el Reino de Cristo (ARC), un apostolado de oración cuyo principal carisma es la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y el seguimiento de María como modelo de santidad. María José es responsable de arc en España, una de las ramas del movimiento Reino de Cristo que también cuenta con apostolado para familias y para jóvenes. “Reunirme con las personas de arc, participar en campamentos-convivencia para adultos en verano…, todo esto te ayuda a ver que no estás solo”, concluye.
Óscar Yeves
Consultor de formación

Tras cinco años en los jesuitas, Óscar Yeves dejó la vida religiosa para formar una familia, sin embargo, está soltero y, en lugar de culpar a Dios, le da gracias porque “me ayuda a hacer una lectura de mi vida desde la fe y siempre me he sentido acompañado y cuidado”, en su caso, por la Comunidad de Grupos Católicos Loyola.
Soltero con compromiso: “Dedico mis vacaciones a hacer voluntariado”
Si bien, en los últimos años, Óscar, de 46, se ha replanteado una posible vuelta a la vida religiosa, no termina de ver claro su camino, así que permanece disponible para el Señor viviendo en el día a día su llamada a la santidad y a amar a Dios, lo que reconoce como la vocación de todo cristiano. Recuerda que, en su día, vivió con desesperanza esa búsqueda de pareja con la que compartir la vida, “porque, además, están los comentarios como ‘y tú ¿qué pasa?’ Pero llegó un momento en el que entregué mi vida a Dios y le dije: ‘Tú sabes’”. Y no puede decir que ha estado de brazos cruzados: colabora en la parroquia de San Emilio, en Madrid, como catequista, y dedica parte de su tiempo a labores de voluntariado: trabaja con los niños de la calle en Barcelona y en el psiquiátrico de las Hermanas Hospitalarias de Palencia, además de haber vivido tres años en Calcuta, y el pasado agosto ha estado colaborando en Zambia. No por casualidad, este madrileño es el responsable del área de solidaridad de la Comunidad de Grupos Católicos Loyola, “una tarea que, si tuviese niños, no podría desempeñar con tanta entrega”.
Norka C. Risso Espinoza
Consagrada en el Ordo Virginum
La virginidad consagrada estaba presente ya en las primeras comunidades cristianas. Se trataba de mujeres que “practicaban la castidad”, según san Ignacio de Antioquía. Explica Norka C. Risso que, solo cuando empiezan la vida monástica, desaparece la forma secular del ordo virginum para recuperarse después del Concilio Vaticano II. Norka descubrió está particular llamada tras un camino de discernimiento vocacional: “Había algo que no encajaba; no era feliz en mi humanidad” y, de ser “niña de parroquia”, pasó a entregarse a Dios al escuchar a san Juan Pablo ii en Cuatro Vientos (Madrid), en 2003: “Vale la pena dedicarse a la causa de Cristo”. Se consagró en 2005 a los 31 años. La pertenencia al Orden de las vírgenes no significa entrar en una “Orden” religiosa, comenta. “El camino de cada una es único, como en los matrimonios. Cada virgen es su ‘propia congregación’”.
“El camino de cada una es único, cada virgen es su ‘propia congregación’”
El vínculo con la Iglesia es mediante el Obispo. Las vírgenes de Ordo Virginum desempeñan tareas profesionales que garantizan su sustento. En el caso de Norka, en el Centro de San Juan de Dios de Ciempozuelos, donde, entre otras cosas, es Responsable del Equipo de Bioética. Pueden vivir solas, con la familia o con otras vírgenes, pero, en ningún caso, forman comunidad. No hacen votos, pero viven la obediencia, la castidad y la pobreza al estilo de “nuestro esposo Jesucristo”.
Emily Stimpson
Periodista y escritora

“Si te repites: ‘Dios sabe lo que hace’, ese pensamiento te ayuda a confiar, mientras que si te dices: ‘Dios se ha olvidado de mí’, te lo crees y actúas movido por tu dolor, no por tu amor”. Esta es una de las claves que ha acompañado a Emily, de 41 años, en su espera para el matrimonio que tuvo lugar hace apenas tres meses y que “ha dado esperanza a muchas personas”, afirma. “Recuerdo que, hace unos años, si pensaba que Dios me llamaba a la vida consagrada, no paraba de llorar; y si pensaba: ‘Dios me llama a ser soltera’, de nuevo, lloraba sin parar. Hay personas en la Iglesia que tratan de consolar a los solteros diciéndoles: ‘Estás llamado a la soltería’, pero lo cierto es que muchos solteros, no quieren estarlo”. Aun así, Stimpson también logró ‘hacer las paces’ con su soltería y reconoció que, aunque eso no era lo que quería, ese tiempo “fue muy fructífero”, afirma.
“Nadie está llamado a la soledad”
“Estar soltero no significa que Dios no te llame en ese momento, del mismo modo que te llama a un trabajo, a un apostolado… Estás llamado a vivir tu vida de soltero de un modo que honre a Dios y que te permita preguntarte: ¿Qué espera Él de mí en este momento de mi vida?” Eso sí, ella afirma que nadie está “llamado por Dios a la soledad o a no hacer una entrega total de sí mismo”.





