Por Isis Barajas / Ilustración: Belém Gallaga (@graciayvirtud)
Artículo publicado en la edición número 70 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.
Más tarde entré yo en la competición por el teléfono: “¡Cuelga ya que tengo que llamar!”. Cuando la persuasión no funcionaba, había que pasar a estrategias menos cordiales como descolgar otro teléfono de la casa y pasar a la directa: “¡Que cuelgues ya!”. Este era el modelo preferido de las madres de mi generación, quienes directamente se ponían a marcar tan alegremente el número de la tía Adelina. “¡Mamá, que estoy hablando!”. “¡Pues ya va siendo hora de que cuelgues!”, replicaban ellas sin colgar para que te despidieras de una vez. El novio, la amiga o el interlocutor de turno se moría de la vergüenza y finalizaba la conversación con un “ya hablaremos otro día”.
Los teléfonos de entonces daban mucho juego para las acciones de espionaje. Desarrollamos una habilidad inusitada para quedarnos escuchando conversaciones ajenas. Había que ser silencioso: tan importante era contener la respiración como colgar suavemente cuando la conversación del hermano dejaba de tener interés.
Pero si había algo frustrante era cuando llamabas a un amigo y te dejaban colgado: “¿Está Fulanito?”. “Sí, espera”. El hermano de Fulano pegaba un grito para llamarle, dejaba el teléfono descolgado y se iba a sus cosas. Y ahí te quedabas esperando, escuchando la televisión de fondo o las idas y venidas del resto de miembros de la familia, sin que el sujeto en cuestión hiciera acto de presencia. En el mejor de los casos, alguien que pasaba por ahí colgaba el auricular sin saber que tú aguardabas al otro lado. En cambio, en la mayoría de las veces, cuando perdías toda esperanza, no te quedaba otra que colgar a ti, sabiendo que ya no podrías volver a llamar porque el número de teléfono de la casa saldría comunicando.
“Los millennials fuimos los culpables de las abreviaturas de las palabras y de escribir sin espacios”
La cabina telefónica era nuestro único aliado cuando habíamos quedado con una amiga y llevábamos ya media hora esperando. “¿Y hace mucho que ha salido?”, preguntábamos a su madre, gastándonos los pocos duros que llevábamos encima, sin decidirnos por regresar a casa o seguir plantados esperando.
En la cabina se formaba también la tradicional cola kilométrico-boomer para llamar desde los lugares de costa durante el verano. Cuando ya nos iba a tocar, mirábamos al de delante con desesperación a medida que iba metiendo más y más monedas en la cabina, y cantábamos victoria cuando, al fin, apuraba las últimas pesetas: “Ya no me quedan monedas; cuando se corte, se cortó”. Todo terminaba abruptamente en aquellas llamadas. Sólo quedaba entonces llamar a la abuela, después de una hora de espera, y que no cogiera el teléfono porque estaba a la fresca con las vecinas del pueblo.
Vimos la luz, y el fin a todas estas diatribas, cuando apareció en nuestras vidas adolescentes el zapatófono de Alcatel (o el Nokia, un alarde de elegancia al lado del colorido mostrenco primero). Ya no había que pasar por el trago de llamar a casa del novio ni podían espiarte las conversaciones. Ahora simplemente nos enfrentábamos al “no tengo saldo” ni dinero para recargar. Así que metíamos la información que antes nos cabía en una hora desde el teléfono fijo en un mensaje de texto de 160 caracteres. Y con cuidado de no escribir ni una letra de más para evitar mandar, sin querer, dos mensajes concatenados con el sobrecoste que esto suponía. Fuimos los culpables de las abreviaturas de las palabras y de escribir sin espacios. El bolsillo mandaba.
Y todo esto para que ahora mi hijo adolescente me llame boomer porque pongo emojis en WhatsApp. No, querido, no; de boomer, nada. Yo soy millennial. Y a mucha honra.
Artículo publicado en la edición número 70 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





