Por Marta Peñalver
No es una labor fácil, pero sí muy necesaria: los cristianos, y en especial los padres que tienen el deber de educar a sus hijos, tenemos que volver a una vida más austera y huir del consumismo y de los excesos. Laraine Bennett, autora de La belleza de vivir con menos (Rialp, 2024), propone una vía inspirada en la vida de santa Teresa de Lisieux, basada en la austeridad consciente y buscada. Bennett muestra cómo “desprenderse de lo superfluo no es renunciar, sino reencontrarse. Una vida donde menos es más se convierte en fórmula de armonía interior, libertad y gratitud”.
Asunta Serrano de Pablo fue educada en una familia donde la austeridad era un pilar fundamental. “Vivíamos con austeridad, pero no éramos conscientes de ello, no echábamos nada en falta… Ahora como madre es cuando más he tomado conciencia de ello”, explica a Misión. Y asegura que “mucha gente piensa que ser austero es ser cutre o no poder comprar, pero no tiene nada que ver. La austeridad no es carencia, sino libertad: libertad para elegir lo esencial, para valorar lo que realmente importa y para vivir con gratitud”.
Obstáculo espiritual
“Poseer demasiadas cosas es más una tortura que una alegría”, explica Bennett en su libro. Y es que muchas veces la acumulación de objetos, de experiencias o de cualquier otro bien de consumo característico de la sociedad en la que vivimos inmersos, lejos de generar placer duradero proporciona una satisfacción instantánea efímera que deja a su paso un vacío existencial profundo que tendemos a llenar con más consumo, generando así una corriente continua de consumo-vacío que no nos llenará nunca. De hecho, esta tendencia al exceso interfiere con la capacidad de vivir el presente y debilita la mirada cristiana, afectando a la relación con Dios, con los demás y con el propio hogar, que es donde, tantas veces, volcamos esa necesidad de consumo.
Según Bennett “el desorden externo, con montones de objetos, compras compulsivas, etc., dificulta la atención plena y fragmenta el alma. En cambio, un hogar sencillo invita al recogimiento, a la serenidad, a la belleza silenciosa del presente”.
“El desorden externo, con montones de objetos, compras compulsivas, etc., fragmenta el alma”
En este sentido, seguir el ejemplo de santa Teresa de Lisieux, quien, mediante su pequeña vía, abrazaba la humildad, la sencillez y la mirada al cielo, permite crecer en virtudes y cultivar una vida centrada, intuitiva y agradecida. Y es que vivir con menos cosas superfluas libera capacidad para cultivar relaciones profundas, hobbies significativos, proyectos creativos o pausas en la naturaleza.
Esa libertad interior es uno de los mayores beneficios de la austeridad consciente. Asunta asegura que “vivir austeramente me enseñó que la felicidad no depende de lo material, sino de las relaciones, los valores y la actitud ante la vida. También me enseñó a razonar, a decidir con conciencia, y a confiar. Y que no necesitamos muchas cosas que el mundo te hace creer que son necesarias”.
Vivir la realidad
Muchas familias más o menos numerosas escuchan hoy en día de conocidos o vecinos frases como: “Podéis tener hijos porque tenéis dinero” o “es que antes la vida era más fácil, ahora no se puede mantener una familia”. Y aunque es cierto que los hijos comen y se visten, también es cierto que en nuestra sociedad ha calado profundamente una corriente que afirma la necesidad de poseer, de viajar y de formarse hasta niveles que, desde luego, pocas familias, numerosas o no, pueden afrontar.
Antiguamente, las familias vivían en casas más sencillas, arreglaban lo que se rompía, heredaban y remendaban la ropa, viajaban en ocasiones esporádicas y el ocio fuera de casa era algo poco sofisticado y concreto. Y aunque es estupendo poder salir un fin de semana en familia, ir alguna vez al cine o renovar por fin la cocina, esos gastos no deben suponer una pesada carga para la familia, sino un alivio, algo excepcional en medio de las dificultades y situaciones a las que se enfrentan todas ellas.
Es evidente que el gasto asociado al consumismo tiene un impacto directo en las finanzas personales. Vivir con menos significa gastar menos, endeudarse menos, ahorrar más y depender menos del crédito. Una vida austera voluntaria ayuda a romper ese ciclo: no sólo mejora las finanzas, sino que libera del estrés que genera vivir al margen de lo que realmente uno puede sostener.
En este sentido, Asunta cuenta que “en mi casa no se compraba por impulso. Todo se pensaba, se hablaba, se valoraba. Cuando quería alguna cosa que no necesitaba, siempre se esperaba a algún momento especial: cumpleaños, santo, Reyes Magos… y la ilusión de tenerlo después de mucho tiempo era enorme”. Y explica que “mi madre me hacía los trajes para las fiestas y me encantaban y mi padre es un manitas y todo lo reparaba. Aún hoy cuando se rompe algo en casa siempre sigo recurriendo a él o buscando en internet cómo arreglarlo, sea lo que sea”.
“Vivir austeramente me enseñó que no necesitamos muchas cosas que el mundo te hace creer que son necesarias”
“Mirando al pasado desde mi presente creo que esa forma de vivir era un regalo, y la agradezco profundamente. Creo que gracias a ello soy una persona reflexiva y positiva. Frases como ‘¿realmente necesitas eso?’ o ‘no te crees falsas necesidades’ las tengo muy presentes y me ayudan muchas veces a decir ‘esto realmente no lo necesito’ o ‘esto es un capricho’”, explica Asunta.
Este enfoque no es puritano ni antiplacer; más bien reivindica que la verdadera belleza se encuentra en lo esencial, en lo dado, en la mirada agradecida en cada momento hacia lo que tenemos.
Educar en austeridad
Llevar una vida austera es un bien inmenso para la educación de los hijos. Se trata de que aprendan a vivir con lo necesario sin caer en el consumismo continuo. Este estilo de vida transmite muchos valores como la resiliencia, la capacidad para enfrentarse a imprevistos sin quebrarse; el esfuerzo, ya que al no tener acceso inmediato a todo lo que desean valoran más lo que cuesta conseguir las cosas; el orden, ya que con menos cosas es más fácil educar niños capaces de mantener sus cosas, no solo materiales, también sus tareas en orden; la capacidad de priorizar, porque se les enseña que no pueden poseerlo todo; o la creatividad, ya que está demostrado que los niños con menos recursos son más ingeniosos. Y, por supuesto, virtudes cristianas como la humildad de reconocerse pequeño y dependiente de Dios; la confianza, porque son más capaces de vivir el día a día confiando en la misericordia divina; la gratitud, ya que son capaces de reconocer y agradecer lo esencial y también valoran más lo que otros hacen por ellos.
Artículo publicado en la edición número 77 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





