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Adolescentes: diamantes en bruto

Si hay una etapa vital en la que se pone todo en juego por sus consecuencias futuras es la adolescencia. Un periodo de valor incalculable, a la vez muy temido por los padres, donde los hijos descubren quiénes son y forjan la identidad que marcará su vida. Pero un tiempo igualmente arriesgado, pues al igual que aquí se va cimentando la vida adulta, se puede también destruir.

Por Javier Lozano

“Quiero que mi niña siga siendo mi pequeña, que se quede como está”. Esta respuesta de un padre preguntado sobre la llegada de la adolescencia la secundarían, sin duda, millones de padres. De aquí se trasluce un sentimiento de protección entendible, pero que no es ni realista ni lo mejor para sus hijos. En muchas ocasiones se vive esta etapa con resignación y temor, anhelando que pase rápido y sin sobresaltos. Pero la adolescencia es una obra de arte donde los jóvenes son los protagonistas y los padres, los testigos privilegiados y maestros indispensables para que la creación llegue a ser como había sido diseñada.

“Es el momento vital en el que se dan los cambios más intensos y radicales en menor tiempo. Es todo un tsunami y una revolución, pero esos cambios tienen como objetivo que la persona descubra quién es”, explica Ruth de Jesús, psicóloga y profesora de la Universidad Francisco de Vitoria. 

Natalia Barcáiztegui, especialista en educación y autora de Sexualidad en la generación del rollo (Rialp, 2022), recuerda a Misión que estos cambios también afectan enormemente  “a cómo el adolescente se percibe a sí mismo”. Puede generarles inseguridad –que no se gusten a sí mismos– y también una mayor intensidad emocional, porque no sólo cambia su cuerpo, sino toda su persona:  “Sus intereses, su forma de relacionarse con sus padres y la creciente importancia que da a sus amigos”.

Para entender su comportamiento, a veces incomprensible para los adultos, es necesario conocer su cerebro, que  experimenta un enorme desarrollo. En este caso, la corteza prefrontal, la parte del cerebro que regula los impulsos y la toma de decisiones, no termina de desarrollarse hasta los 25 o 30 años, lo que explica la forma de actuar tan impulsiva de los adolescentes.

La identidad como pilar

Dicho esto, no es lo mismo una buena que una mala adolescencia. Esta etapa “es la base de la vida adulta”, recalca Ruth de Jesús, porque “nuestra madurez depende de ella”. El adolescente necesita saber quién es para enfocarse en la vida, orientarse, responsabilizarse y comprometerse. “La identidad es el pilar para construir la vida y es aquí donde se conforma. Por eso es tan importante que no tenga una imagen distorsionada, errónea o dañina de sí mismo y que pueda descubrirse de verdad”.

Si bien es un momento que cada uno tiene que afrontar para poder forjar su identidad, los padres deben acompañarlo, a la vez que darle espacio, pero siendo un sostén constante.  Y lo pueden hacer construyendo buenos cimientos en su infancia y murallas fuertes durante la adolescencia. “Aunque todo esto pueda generar inquietud en los padres, es imprescindible afrontarlo”, agrega Barcáiztegui. 

La buena infancia

La infancia es el momento de poner los cimientos. Según explica Ruth de Jesús, la clave de una buena adolescencia siempre es una buena infancia  en la que el niño adquiera seguridad a través de experiencias concretas y cotidianas. “Es importante que esté seguro de que él es un bien en sí mismo y de que su vida es buena”, apostilla. Esto lo descubrirá si se da cuenta de que a su lado hay quien lo quiere, lo orienta, lo viste, lo corrige, lo protege…  A partir de ahí se construye la identidad sobre roca.

El siguiente paso, y quizás de los más complicados para aceptar como padres, es el de ir dándoles -progresivamente más espacio y más libertad para que puedan asumir más responsabilidad y comenzar a tomar sus propias decisiones. “Hoy las adolescencias son tan largas porque, por factores culturales, en Occidente hemos impedido a nuestros niños que vayan asumiendo responsabilidades y tomando decisiones, porque es ahí donde descubren el compromiso y la madurez, algo que sí tenían que hacer sus antepasados a una edad más temprana”, agrega.

La tarea de vigilar y confiar

“Tener que asumir responsabilidades y tomar decisiones lo lleva a adquirir conciencia de quién es y por ello debe ir enfrentándose a la posibilidad de elegir, para lo que hay que propiciar espacios de toma de libertad y de responsabilidad”, agrega esta psicóloga. Para eso los padres –explica– tienen que confiar mucho en lo que se ha cultivado en la infancia. “Si vive la adolescencia tras una infancia en la que ha experimentado lo valioso de la vida de verdad como el amor de la familia, de compartir, de un ocio sano, de las buenas lecturas, de la naturaleza, cuando tenga que elegir –que es lo que le toca en esta etapa– sabrá elegir, porque Dios nos ha hecho muy bien. Y si prueba algo que está mal, sabrá que no lo llena, porque ya ha experimentado lo que es realmente bueno”, señala. 

Por eso es fundamental que los adolescentes se rodeen de un buen entorno, de buenas amistades, de hobbies sanos, de una comunidad que los quiera y apoye y que tengan referentes que sean luz para ellos. Esta es la forma de levantar esas murallas a su alrededor que los protegerán de los peligros que los acechan.

Una amenaza peligrosa

La manera más efectiva de destruir a la persona es destruir la base que lo sostiene, que no es otra que su identidad. Si un joven no sabe quién es queda a la deriva de ideologías que lo destruirán. Lamentablemente, son muchos los jóvenes cuya identidad ya ha sido herida. El mensaje que transmite la cultura dominante es que uno puede ser lo que quiera, que la identidad es fluida. Antes un adolescente sólo tenía que preocuparse de qué iba a estudiar o qué oficio quería desempeñar. Ahora todo es cambiante: se los obliga incluso desde muy pronto a decidir su orientación sexual o incluso si son chicos o chicas… “Eso genera gran inseguridad en el adolescente, porque además nada de eso es verdad”, añade Ruth de Jesús. 

A este peligro de base se añaden otros, cuyas consecuencias son también visibles. Barcáiztegui destaca la lacra de la pornografía y de la hipersexualización en todos los ámbitos, pues  “distorsiona completamente su visión de las relaciones y de la -afectividad”, cuestiones esenciales en la persona y que marca negativamente la forja de su identidad. 

El amor vence siempre

Otro grave problema es la pinza smartphone-redes sociales. Esta dependencia y sobreexposición  “influye en la autoestima, en cómo se relacionan, en la forma de percibirse y en la gestión de su tiempo de ocio”.  En este caso, los padres tienen la gran misión de ofrecerles todas las herramientas a su alcance para preservarlos de estas presiones y asegurar que vivan una buena adolescencia, porque, como señala Ruth de Jesús,  “sólo aquellos jóvenes que tengan más recursos personales, más madurez, más reflexividad, más interioridad y más criterio serán lo suficientemente fuertes para forjar una buena identidad en esta cultura líquida”.

La base de esta etapa está, como en todas las cosas importantes de la vida, en el amor. Si uno ama y se siente amado, tiene ya andado gran parte del camino. El amor sana heridas, da seguridad. “No hay nada mejor que puedan hacer los padres que educarles desde el cariño y la presencia. Necesitan sentirse queridos, valorados y aceptados, aunque a veces no lo expresen. Pero es fundamental educar con el ejemplo, más que con palabras, porque lo que realmente les influye es la coherencia y el testimonio que den los padres. También es vital buscar espacios de diálogo y tratar de comprender qué hay detrás de sus comportamientos.  Al mismo tiempo, conviene poner límites, ayudarles a asumir responsabilidades, porque los preparará para la vida. Y, por último, hay que confiar en ellos y reconocerles lo que hacen bien, acompañarlos en sus errores y ayudarlos a descubrir todo lo bueno que son capaces de hacer”, concluye Barcáiztegui.   

LA AMISTAD, EL TESORO QUE NO REEMPLAZA UN LIKE

Quien tiene un amigo tiene un tesoro. Y en la adolescencia esta enseñanza tan sabia de la Biblia cobra, si cabe, mayor trascendencia. Si en la infancia los padres son el gran referente de sus hijos, en la adolescencia esa influencia se diluye en parte en favor de otros actores como los amigos. “Contar con buenos amigos y experimentar una buena amistad en la adolescencia es enormemente importante”, explica a Misión la psicóloga Ruth de Jesús. “Al trabajar con adultos veo el impacto que ha tenido en su adolescencia el tener amistades buenas y un sentido de pertenencia. He visto a personas que, aun con un entorno familiar muy potente y en el que sentían queridos, han sufrido mucho por no tener una buena red de amistades, y eso les ha dejado un poso”, señala. Por su parte, Natalia Barcáiztegui recuerda que en esta etapa de enormes cambios hormonales que intensifican sus emociones, los adolescentes “dan mucha importancia a lo que piensen los demás, especialmente su grupo de iguales, lo cual influye mucho en cómo interpretan la realidad” en cada momento. De ahí que unas amistades tóxicas puedan tener, del mismo modo, un efecto contrario. “No hay nada peor en una adolescencia que una vida muy solitaria, sin amigos y viviendo aislado”, agrega Ruth de Jesús, e insiste en que los adolescentes encuentren buenos referentes entre personas de su edad, ya sea a través de amistades sanas, del sentido de pertenencia a un colegio o a una comunidad religiosa. Esto complementa el papel de la familia y les ayudará a saber quiénes son, a qué están llamados, y forjará en ellos esa identidad que marcará el resto de su vida.

UN AFECTO QUE ES SEGURIDAD Y CERTEZA

“A cualquier padre o madre a quien preguntes si quiere a su hijo adolescente responderá: ‘¡Es mi hijo! ¿Cómo no lo voy a querer?’. Sin embargo, muchos adolescentes no lo tienen tan claro. Si les pregunto si se sienten queridos por sus padres hay respuestas desde el sí al no rotundo, pasando por el ‘supongo’ o el ‘antes sí’”, comenta a Misión José Solana, profesor de adolescentes. Los que responden “supongo” saben la teoría de que los padres quieren a sus hijos y que el amor se encuentra en la familia, pero ellos no lo viven así. “Del sentimiento de los padres a la experiencia de los hijos hay un abismo, por eso no basta con querer a los hijos, es necesario transmitirlo para que se sientan queridos, no que lo supongan”, asegura Solana.
Por otro lado, hay muchos adolescentes que creen que sus padres sí les querían cuando eran niños, pero no en la etapa en la que se -encuentran. “En la búsqueda del equilibrio educativo de poner límites con amor, ellos suelen tomar conciencia de los límites, pero no del amor. Ponen en la balanza la confrontación y los castigos por un lado, y, por otro, las muestras de afecto y cercanía. El primer grupo les pesa más y concluyen que no son queridos”.
Aunque sea una etapa de rebeldía, los adolescentes, de manera inconsciente, buscan seguridad en sus padres. De ahí que el afecto y el amor deben ser visibles. La psicóloga Ruth de Jesús insiste en que ellos “tienen que saber que sus padres están ahí y están disponibles, que en su hogar tienen un refugio seguro, que pase lo que pase tienen un sostén”. En un momento en el que ellos no se aguantan ni a sí mismos ni comprenden lo que les está pasando, tienen que ver que sus padres están encantados de estar con ellos. “Esto les da seguridad y les ayuda a descubrir quiénes son”, concluye.

3 COSAS QUE HAN CAMBIADO

1. La dictadura tecnológica.
El gran rasgo que distingue a los adolescentes actuales de los de generaciones anteriores es el contexto digital en el que han crecido. “Hoy crecen en un entorno mucho más digital, con nuevas formas de comunicarse, relacionarse y entender el mundo. Eso influye directamente en su manera de pensar y actuar. Tienen acceso constante a información y estímulos, pero a la vez carecen del tiempo y de las herramientas necesarias para procesarlos con profundidad, lo que los hace más impulsivos y vulnerables”, explica Natalia Barcáiztegui. A ello se suma una exposición prácticamente ilimitada a contenidos dañinos, como la pornografía, cuyo acceso era antes mucho más restringido.

2. Círculos familiares y sociales más reducidos. Las estructuras familiares han cambiado mucho en las últimas décadas. “Antes era habitual crecer con varios hermanos, rodeado de una familia extensa y con primos que desempeñaban un papel importante en la vida cotidiana”, señala Ruth de Jesús. Hoy, en cambio, muchos niños llegan a la adolescencia sin hermanos y con pocos vínculos familiares y sociales.  Ese entorno más individualista dificulta el proceso de maduración. La falta de referentes cercanos reduce también las oportunidades de aprendizaje personal y social. Antes los niños pasaban horas jugando en la calle y conviviendo entre ellos; ahora viven permanentemente conectados, pero paradójicamente más desconectados de la realidad y de su entorno.

3. Padres menos presentes y más adolescentes. La cultura actual ha reducido, en muchos casos, la presencia de los padres en la educación de sus hijos. Ambos progenitores ven la necesidad de trabajar y llevan un ritmo de vida que debilita el tiempo compartido en familia y la relación cotidiana con sus hijos. En ese vacío, el smartphone ha pasado a ocupar con frecuencia el lugar de compañía y entretenimiento permanente de niños y adolescentes. A ello se suma otro fenómeno creciente: padres que adoptan comportamientos más propios de un adolescente y que, lejos de educar a sus hijos, buscan relacionarse con ellos como si fueran amigos, evitando el conflicto, renunciando a poner límites y eludiendo la corrección cuando es necesaria.

Artículo publicado en la edición número 80 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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