Por Javier Lozano / Fotografía: Dani García
“¿Qué quieres de mí?”. Carlota Valenzuela le formuló a Dios esta pregunta. Descubrir la respuesta la llevó a ponerse en camino para atravesar 12 países y recorrer 6.000 kilómetros, desde Finisterre hasta Jerusalén. Esta joven granadina tenía todo lo que la sociedad vende como exitoso: dos carreras y un prestigioso Máster en Comercio Exterior, y trabajaba en una multinacional donde estaba muy bien valorada. Sin embargo, le faltaba algo. Agitada por este vacío, lanzó esta pregunta a Dios. La respuesta la dejó descolocada, pero aun así en 2022 decidió embarcarse en esta aparentemente descabellada peregrinación, donde descubrió qué era la Providencia. No sabía dónde dormiría ni qué comería al día siguiente. Pero tras cada jornada las puertas se le abrían y personas a las que no conocía de nada le ofrecían su mesa. ¡Y así durante 330 días!
Entendió que lo verdaderamente importante es confiar en Dios, lo que a su vez la llevó a otro gran descubrimiento: sentirse muy amada por Él. Asegura divertida a Misión que esto lo podría haber aprendido sin tener que cruzar el mundo caminando, pero que quizás de otra manera ella no se hubiera enterado.
Esta alma inquieta no se sosegó tras su vuelta a España. Había encontrado un tesoro que no se puede enterrar, así que se lanzó a tiempo completo a dar a conocer a Jesús, por las redes sociales y, sobre todo, a través de distintos proyectos de evangelización. Todos con un mismo fin: que más personas se acerquen a Dios, especialmente los jóvenes, cada vez más cansados de las promesas del mundo, tan repletas de engaños. Y así vive, en un ir y venir constante, llena de energía y buen humor, dispuesta a llegar hasta el fin del mundo.
¿Cómo fue su infancia?
Estudié en un colegio laico. Mis abuelos marcaron el faro en mi vida, pues en ellos veía la santidad. Para mí eran como un imán, ya que mis padres son estupendos, pero en mi casa se practicaba poco la fe.
¿Cómo se acercó a la fe?
De una manera curiosa. En la universidad tuve un novio que era evangélico y su fe puso en cuestión la mía, por lo que empecé a hacerme preguntas y pasé de una fe heredada a una fe de encuentro personal.
¿Y cuándo dio el salto definitivo?
Al terminar Derecho y Ciencias Políticas tuve un cuatrimestre libre, y me fui a Calcuta seis meses. Conocer a Jesús en el más pobre, con las Misioneras de la Caridad, fue un antes y un después en mi vida. Luego estudié un MBA en Madrid, y volví a Calcuta porque algo se seguía removiendo dentro de mí. Después fui a Marruecos a trabajar en la Embajada de España, y seguía profundizando en mi fe. Estar allí me ayudó porque era difícil ir a misa, lo que me obligó a llevar yo la iniciativa de vivir mi fe.
“Creo que mi camino fue tan largo porque Dios sabía que yo en un mes no me iba a enterar de nada”
¿Cuál fue el siguiente paso?
Volví a Madrid y acabé trabajando en una multinacional. Pensaba: “He dado con lo mío”. Humanamente había completado lo que el mundo me decía que era el éxito, pero tenía en mi corazón una frustración que me llevó a formular a Dios la pregunta más importante de mi vida: “¿Qué quieres de mí?”.
Y la respuesta fue peregrinar a pie hasta Jerusalén…
Sigo sin entenderlo porque soy la persona menos indicada para hacerlo: no soy muy deportista, tengo poca capacidad de esfuerzo, y soy muy mala planificando… No entendía cómo me llamaba a esto. El Señor lo puso en mi corazón para que brillase Él.
¿Qué expectativas tenía?
Dar una respuesta a Dios. Pero no conocía a nadie que hubiese hecho esto. Estaba desorientada.

¿Planificó todo el viaje?
Organizar un año de peregrinación es muy difícil. No puedes tener al detalle cada etapa, dónde vas a parar, donde dormir… Se me escapaba todo tanto que fui confiando en la Providencia, planificando un poco, pero dejando mucho hueco para que Dios fuese haciendo. Fue un proceso de abandono. Cuando empecé en España intentaba controlarlo todo, luego en Francia me fui abandonando, en Italia todavía más, y ya en los Balcanes me daba lo mismo ocho que ochenta. Creo que mi camino fue tan largo porque Dios sabía que yo en un mes no me iba a enterar de nada.
¿Qué fue lo más sorprendente de esta peregrinación?
Cada nuevo día no tenía ni qué comer ni dónde dormir. Mi supervivencia dependía de que otros fuesen generosos conmigo, y ahí es donde actúo la Providencia, esa gran desconocida a la que nunca dejamos actuar. Si lo tienes todo siempre organizado, la Providencia no puede entrar. Y cada día aparecía alguien y me decía: “¿Tienes dónde dormir?”. Así durante 330 días…
¿Por ejemplo?
Al llegar a Oloron-Sainte-Marie, en Francia, iba preocupada. Paré y un matrimonio mayor que paseaba por el bosque me preguntó a dónde iba con la mochila. Nos pusimos a hablar y les comenté que no tenía casa para esa noche. “Te vienes a la nuestra”, me dijeron. Miré al Cielo y dije: “Señor, mensaje recibido. No me preocuparé más”. O en Eslovenia, cuando llegué a un pueblo en el que no había ni gente ni ningún sitio para dormir. Me senté, cerré los ojos y le dije a Dios: “Hazte cargo porque no sé qué hacer”. Abrí los ojos y de repente había una señora de ojos azules mirándome: “¿Qué puedo hacer por ti?”. Me llevó a su casa, estuve tomando helado con su familia y dormí allí.
Después de casi un año llegó a Jerusalén. ¿Cómo lo vivió?
Llegué a Tierra Santa y mi idea era entrar en Jerusalén para Navidad, pero me llamaron porque mi abuela se estaba muriendo. Cambió todos mis planes, perdí la paz y me enfadé muchísimo con Dios. Me iban a recibir el alcalde de Jerusalén y medios de comunicación, y entré en Jerusalén sin pena ni gloria. No me esperaba nadie. Entendí luego que era así como tenía que entrar.
“Cuando buscamos mujeres que sean un referente, olvidamos que tenemos a la más grande, a María”
¿Volvió a España rápidamente?
Llegué a tiempo para estar con ella antes de que falleciera. Se enteró de que había vuelto y sus últimas palabras fueron: “Estoy feliz”. Supe que era en esa carne donde Jesús me estaba esperando, no en el sepulcro vacío, la piedra con la que yo llevaba soñando todo el año.
¿Así acabó la peregrinación?
Así tal cual. Al principio fue muy difícil. No paraba de preguntarme: ¿Y ahora qué? Sólo sabía que no podía meter todo esto en un cajón. Había recibido un regalo muy grande, pero no sabía cómo concretarlo. Sólo sabía que quería dar a conocer a Jesús.
¿Qué enseñanzas extrajo de esta peregrinación?
Que soy hija amada de Dios, y que no tengo que preocuparme por nada, que si le dejo actuar, viviré en plenitud. También el poder romper las cadenas y hacerme libre: quitar los ídolos del dinero, de las seguridades. Fue como una salida de Egipto.
Tras su viaje publicó un libro sobre el Viacrucis visto por las mujeres. ¿Por qué ese enfoque?
Surgió cuando entré en Jerusalén y llegué a la Vía Dolorosa. Mientras caminaba, de forma natural, me puse en el papel de las mujeres que acompañaron a Jesús. Eran las únicas que estaban, los demás habían huido muertos de miedo. Sentí que se me había encomendado mostrar desde el corazón de la mujer lo que pasó allí.

¿Cómo lo hace?
El Viacrucis cuenta con 14 estaciones, pero en el libro añadí una más que habla de la Resurrección. Tras resucitar, a la primera persona a la que se le aparece Jesús es a María Magdalena. Y le pide que vaya a contarlo a los demás. Yo entendí que era María Magdalena, que Jesús se me había aparecido resucitado y quería que fuese a contárselo al mundo.
Algunos podrán pensar que es un mensaje feminista.
Para nada. Habla de mi misión como mujer. No necesito que nadie me dé un diploma o una palmadita en la espalda. Soy una mujer que ha visto a Jesús salir victorioso del sepulcro y que me dice: “Carlota: ¿a qué estás esperando para ir a contárselo a todos?”. Ese es el papel que se nos da a las mujeres desde el principio. Cuando buscamos mujeres que sean un referente, olvidamos que tenemos a la más grande, a María. Muchas veces vemos a las mujeres de la Biblia como mujeres muy fieles, pero se nos olvida lo valientes que fueron. Ahora el problema es que buscamos referentes poco sólidos, aun teniendo a estas mujeres que nos marcan un camino increíble. Además, meditando la Pasión desde el corazón femenino también un hombre es capaz de entender a las mujeres que acompañaron a Jesús y, por ende, a las mujeres a las que acompañan hoy.
¿A qué se dedica ahora?
Estoy trabajando en cuatro proyectos de evangelización. El primero es Hagan Lío, un proyecto de evangelización audiovisual con Juan Manuel Cotelo. Colaboro también en un precioso proyecto que organiza retiros en Villa Astrida, la casa de vacaciones que los reyes de Bélgica, Balduino y Fabiola, tenían en Motril. Queremos que sea una casa de oración donde se dé a conocer la espiritualidad del rey Balduino, que está en proceso de beatificación. Su confianza en Dios hace que te explote el corazón. Además, continúo difundiendo el libro del Viacrucis de las mujeres, que ya se ha publicado en inglés. ¡Sigo sin creérmelo!
¿Y el último?
Es el que más me gusta. Organizo peregrinaciones a Santo Toribio de Liébana. Es un camino que comienza en San Vicente de la Barquera y es de una belleza natural increíble. Permite mucho recogimiento. Hay oración, misa y vamos viendo cómo la Pasión toca a nuestra propia vida hasta llegar al Lignum Crucis.
Como joven, ¿cómo ve a su generación?
Empezamos a ver cierto despertar. El joven de hoy tiene dos opciones: meterse en la pantalla, lo cual te fríe el cerebro, o salir al mundo. Veo más jóvenes que ven que lo que la sociedad les ofrece no les satisface… Van con esa sed de agua viva hasta que se encuentran con la fuente.
“Lo más radical que alguien puede hacer hoy es hacer silencio. Ahí encontramos respuestas verdaderas”
¿Por qué hay hoy tantas personas que no conocen a Dios?
Las abuelas han sido las grandes transmisoras de la fe en nuestro mundo, así fue en mi caso. Igual se ha perdido el que las abuelas le hablen a los nietos de Jesús, y por eso hay tanta gente que no conoce a Dios.
¿A veces intentamos inventar lo que ya tenemos con nosotros?
Eso lo veo con el yoga y la Nueva Era, que es una meditación hacia el yo. Las personas buscan respuestas ahí, cuando nosotros tenemos la oración contemplativa, que forma parte de la tradición cristiana desde los primeros siglos. Buscamos fuera porque no nos hemos dado cuenta de la belleza de lo que ya tenemos.
Como el silencio y la oración…
La clave de nuestro tiempo es el silencio. Nos abre la puerta a lo verdadero. Jesús se retiraba al monte en silencio a orar. Él también necesitaba el silencio y nos invita a él de forma constante. La puerta a la verdad, a la esencia y a la raíz está en el silencio.
Pero no es fácil…
Es muy difícil porque vivimos aturdidos por un ruido que no nos deja ir a la esencia de las cosas. Lo más radical que alguien puede hacer hoy es hacer silencio en su vida. Ahí encontramos respuestas verdaderas y no las respuestas superficiales del bombardeo de esta cultura. Lo vi de forma muy clara en la peregrinación. En el silencio entré en intimidad con Dios.
De hecho, el mundo está lleno de sufrimientos, con altas tasas de soledad, suicidio y depresiones.
El sufrimiento sin Dios es insoportable. Pero esta soledad tiene buena parte de su raíz en la autosuficiencia. El mundo nos invita ser autosuficientes, pero la realidad es que necesitamos del otro. Nos lo dice Jesús en el Evangelio: “Porque tuve hambre y me distéis de comer, tuve sed y me distéis de beber, fui forastero y me hospedasteis…”. Necesitamos dejar que la puerta se abra al encuentro porque para conocer a Dios alguien tiene que anunciártelo. Pero el estrés constante hace que esas relaciones no se puedan dar. Le estamos dando más importancia al éxito profesional y al dinero que a cultivar las relaciones donde Dios se hace presente.
¿Cómo alimenta su vida de fe?
Mis pilares son la oración y los sacramentos. Cada mañana rezo Laudes, leo las lecturas del día, y después hago un ratito de silencio en el que dejo que la Palabra cale en mi corazón. Y procuro asistir a misa a diario. Es sencillo porque es lo que nos propone la Iglesia.
¿Tiene algún santo o devoción que le haya ayudado especialmente?
¡Sí! San Carlos de Foucauld es mi gran amigo. Su espiritualidad rompe el concepto del éxito del mundo. Un hombre santo que murió sin haber convertido a una persona. Me enseña que los frutos no tenemos por qué verlos aquí.
Artículo publicado en la edición número 76 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





