Por Javier Lozano
¿Sientes a menudo hinchazón abdominal, fatiga persistente, falta de energía, problemas intestinales y frecuentes dolores de cabeza? Si es así, podrías estar sufriendo una inflamación de bajo grado y cambiar tu rutina alimentaria podría suponer un antes y un después en tu vida.
Aunque todos estos síntomas no implican necesariamente que exista inflamación, pues pueden deberse también a otras circunstancias, la realidad es que una buena parte de la población sufre –en mayor o menor medida– esta inflamación de bajo grado, ya sea por cuestiones tan diversas como el sobrepeso, la menopausia o los desequilibrios intestinales. Esta es, en definitiva, una cuestión nada baladí. Varios millones de personas en España sufren los efectos de esta inflamación, que puede alterar completamente su día a día, sin ser conscientes de ello.
José María Escudero, profesor del grado de Nutrición en la UFV, explica a Misión que la inflamación depende “del contenido que tengamos de ácido araquidónico en nuestras células y tejidos. Es esencial, pero en exceso genera una mayor inflamación, que en muchas ocasiones no es buena para el organismo”. ¿Qué es lo que provoca este exceso de ácido araquidónico? Básicamente, que la inflamación se mantenga durante más tiempo y, si este exceso es constante, que esa inflamación no desaparezca. “Para revertir esa inflamación cobran importancia los omega-3, pues nuestro cuerpo genera unas sustancias llamadas resolvinas y maresinas que neutralizan esa inflamación y la revierten”, señala.
Según relata este experto, los síntomas de la inflamación de bajo grado son en muchos casos sutiles y difícilmente clasificables, pero esta inflamación está relacionada con problemas digestivos como la sensación de hinchazón, gases o cambios en el ritmo intestinal, así como con el cansancio, los dolores de cabeza, la falta de ánimo, la depresión, las alteraciones hormonales o los problemas cardiovasculares.
De ahí la importancia de una buena alimentación. El sobrepeso se presenta aquí como un círculo vicioso, pues el exceso de adipocitos, es decir, de células grasas, genera sustancias proinflamatorias que producen una inflamación de bajo grado. Aunque el origen de la inflamación es el sobrepeso, esta misma inflamación genera más sobrepeso. Por otro lado, la menopausia es una etapa en la que la mujer puede tener mayor inflamación de bajo grado, porque los estrógenos tienen un importante papel antiinflamatorio y, cuando se reducen, como ocurre en esta etapa vital, aumenta esta inflamación. Además, el estrés constante, debido al aumento del cortisol, favorece la inflamación, que puede ser agravada por la mala alimentación.
Una dieta antiinflamatoria
Ante esta situación, Escudero ve adecuado que todo el mundo lleve una dieta antiinflamatoria y aprenda a distinguir los alimentos que favorecen esta inflamación y otros que ayudan a prevenirla o incluso a revertirla.
Este profesor universitario alerta de los alimentos más inflamatorios y recomienda reducir su consumo. Entre ellos se encuentran la carne de cerdo, los embutidos y los lácteos grasos, sobre todo de vaca. A esta lista añade el trigo –muy inflamatorio–, así como los cereales que han sido alterados genéticamente. También los azúcares, los alimentos ultraprocesados y el alcohol son altamente inflamatorios.
“De manera general, si se reduce el ácido araquidónico y se aumenta el consumo de omega-3, se va a mejorar seguro”, recalca Escudero. Por ello, recomienda el consumo de alimentos ricos en omega-3, como el pescado azul (atún, salmón, sardinas, boquerones, caballa…), frutos secos como las nueces o semillas como las de chía o lino. Otros alimentos que pueden ser antiinflamatorios son los frutos rojos: arándanos, frambuesas o fresas, y alimentos muy de moda ahora, como el aguacate.
Sin embargo, Escudero advierte de que es fundamental personalizar la dieta, pues puede haber alimentos que sienten bien a algunos, pero no a otros. En su opinión, “muchísimas personas van a ciegas con la cuestión de la alimentación porque no pueden ver si lo que están haciendo está bien o no, y es difícil cambiar hábitos sin saber si está sirviendo para algo”.
Por eso mismo, considera adecuado acudir a especialistas en nutrición que guíen a la persona en este cambio de hábitos alimentarios. Además, Escudero habla de la utilidad de una prueba que muestra el nivel de inflamación o la predisposición de cada persona a sufrirla. Se trata de un perfil de ácidos grasos en eritrocitos, que, mediante un análisis de sangre, permite conocer los niveles de omega-3, omega-6 o de los diferentes tipos de ácidos grasos. “Es una forma muy buena de saber en qué nivel estás, si estás realizando bien tu alimentación o si realmente tienes que hacer cambios importantes”, concluye.
El vínculo intestino-cerebro
La ciencia lleva tiempo explicando la estrecha relación que existe entre el cerebro y el intestino. José María Escudero recuerda que “lo que nos ocurre a nivel emocional nos afecta también a la función del aparato digestivo”. Un disgusto, los nervios o un episodio de ansiedad pueden alterar la digestión: reducen la producción de ácido clorhídrico, modifican la motilidad del intestino y favorcen el crecimiento de bacterias potencialmente patógenas. Esta conexión también puede favorecer la inflamación. Las señales constantes entre el cerebro y el intestino pueden generar neuroinflamación y, a largo plazo, contribuir a problemas de salud mental como la depresión o la ansiedad. Además, mantienen activo el sistema inmunitario, lo que debilita las defensas y, a la larga, puede derivar en enfermedades autoinmunes o dolencias como la fibromialgia o la artritis reumatoide.
Artículo publicado en la edición número 81 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





