Por Javier Lozano e Isabel Molina
El cardiólogo canadiense Andrew Armour realizó uno de los descubrimientos más fascinantes de la neurocardiología: encontró una “pequeña red neuronal” en el corazón. Tal como lo lees: descubrió que hay 40.000 neuronas en el corazón que todos tenemos. Gracias a este hallazgo, Armour acuñó el término “cerebro del corazón” para referirse al conjunto de neuronas dotadas de cierta autonomía que funcionan de forma coordinada con el sistema nervioso central.
El hombre siempre ha sabido que el corazón, en cuanto a su dimensión física, es un órgano vital; que sin él la vida humana no es posible. Sin embargo, lo que no sabía es que esta vinculación física entre el corazón y el cerebro es real en la materia. Aunque la cantidad de neuronas del corazón representa tan sólo la misma cantidad que tiene un milímetro cúbico de cerebro, una proporción que parece anecdótica, estas neuronas cumplen un papel esencial. Por ejemplo, permiten que el corazón regule aspectos de su propio funcionamiento –como el estrés–, de forma rápida y eficiente, sin necesidad de recibir instrucciones directas del cerebro. Esta fascinante revelación de la ciencia transformó la visión del corazón como una simple “bomba muscular” a un órgano con “capacidades sensoriales” y ayudó a dar respuesta a lo que la historia, la filosofía y la antropología han explicado sobre el corazón a lo largo de los siglos.
Silvia Manzanares, licenciada en Filología Hebrea, explica que hoy “el término ‘corazón’ está cargado de imágenes relacionadas con el amor, las pasiones, los sentimientos, y el romanticismo, pero esto no es así en la Escritura ni en la cultura y la tradición judía. El corazón en realidad es la sede del pensamiento y de la voluntad, la sede de la conciencia y de los afectos. Es, en definitiva, lo más profundo del ser humano”.
“El corazón es la sede del pensamiento, la voluntad y los afectos. Es lo más profundo del ser humano”
Otro cardiólogo del siglo pasado, el doctor Noubar Boyadjian, se dio a la tarea de recoger en un libro titulado El corazón. Historia, simbolismo, iconografía y enfermedades (Esco, 1980), los motivos de por qué este órgano vital y no otro fuera considerado el centro del hombre y hubiera llegado a convertirse en el emblema del amor, la amistad, la inteligencia y el valor, y constató que “desde los primeros tiempos el corazón simboliza lo más preciado que posee la humanidad: el amor”, pero también “inicialmente, sólo la inteligencia y el entendimiento se atribuía al corazón”. Fue sólo a partir del siglo xvi que el corazón pasó a ser conocido en nuestra cultura occidental como el centro de los sentimientos y de la afectividad. Todo esto lo recoge el filósofo, pedagogo y precursor de la orientación familiar en España, el profesor Oliveros F. Otero, quien dedicó gran parte de su vida académica a estudiar el corazón como el fondo último de lo que es integralmente humano.
“El corazón es la expresión plena del ser personal. Del corazón brota, como de su propia fuente, todo lo que hay en el hombre en su capacidad de entrega, de sacrificio: el amor en su más pura esencia”, y, a la vez, “en la actividad del corazón intervienen la inteligencia y la voluntad, pero es superior a ellas porque el corazón es lo que mejor define lo que es el ser humano como Dios lo quiere”, escribió F. Otero. Por eso, este profesor, autor de Educar el corazón (EIUNSA, 2005), enseñaba sin cansancio, haciéndose eco de las palabras de san Josemaría: “Un hombre vale lo que vale su corazón”.
De igual manera, el padre José María Alsina, presidente del Instituto del Corazón de Cristo, coincide en que estamos en un momento donde si se habla del corazón, sólo se piensa que estamos hablando de sentimientos, cuando en realidad “el corazón es el centro de la vida personal y cuando entras en él, estás hablando de lo que piensa, quiere o sufre una persona. Estás hablando de toda la persona. Los afectos son importantes, pero si nos focalizamos en ellos nos volvemos sentimentalistas. La razón es importante, pero si nos quedamos en ella nos volvemos racionalistas. La voluntad es importante, pero si nos centramos en ella nos volvemos voluntaristas. El corazón integra toda la persona”, explica este sacerdote, superior general de la Hermandad de los Hijos de Nuestra Señora del Sagrado Corazón.
Los quilates del corazón
Hemos dicho que el corazón es el centro, la síntesis del hombre. Pero todavía hay más. El padre José Granados, DCJM, en la serie Grandes Palabras del podcast Amor Creativo DCJM, muestra que el corazón es “el lugar donde ocurre lo más profundo de nuestra vida”, por eso “es el lugar de las relaciones, y de ahí que el corazón sea el símbolo del amor”. En pocas palabras, hablar del corazón es entender que “en el centro de la visión del hombre está el amor” y que “la auténtica valía del corazón es su capacidad de amar”, declara este sacerdote de los Discípulos de los Corazones de Jesús y María.
“El corazón es el espacio abierto que nos permite vincularnos a los demás”
Nieves González Rico, directora académica del Instituto Desarrollo y Persona de la Universidad Francisco de Vitoria, explica a Misión que la persona es inmensamente grande y compleja, porque somos nuestro cuerpo, somos nuestra psicología y nuestra afectividad, somos nuestro entendimiento, inteligencia y voluntad, somos una historia y una biografía. Y en toda esta historia, en todo eso que somos, el corazón es ese espacio abierto que nos permite vincularnos a los demás. Por tanto, el lugar central, porque es donde se da la posibilidad del encuentro. “Nosotros existimos para el encuentro. De hecho, no podemos llevar una vida plena sin un encuentro amoroso con los demás. Y el corazón es el que abre toda nuestra realidad (cuerpo, psiquismo, historia…) a tener vínculos verdaderos”, apostilla.
Corazones grandes
En esta medida, un corazón se puede “agrandar” o “empequeñecer” en función del recorrido vital de la persona. “Un corazón pequeño es el que se encierra en sí mismo y se queda aislado en sus cálculos personales; un corazón protegido por miles de capas, endurecido, que ha renunciado a la alegría, a la intimidad con el otro”, explica la doctora González Rico. En cambio, un corazón grande es el que ha logrado “descifrar lo valioso”. Y pone el ejemplo de los jóvenes: “Nos quejamos de los jóvenes, decimos que están en la pornografía, en la promiscuidad, en el sexo fácil… Yo creo que lo que les falta saber es que ya son amados. Les falta la clave profunda para entusiasmarse con cosas que pueden parecer arduas, pero que si se llenan de sentido a la postre les darán una gran alegría”.
“Recuerdo a una joven –cuenta González Rico– a la que un profesor le dijo que ‘tenía que llegar a ser alguien’, y ella contestó: ‘Yo no necesito ser alguien, ya soy alguien: soy amada’. Cuando la escuché me quedé de piedra. ¡Fíjate qué libertad la de alguien que se sabe amado!”. Por eso, al final, precisa la experta en afectividad, “un corazón grande es el que se sabe amado”.
Y un corazón grande es también el que tiene ventanas grandes. “Me encanta decir –continúa González Rico– que la afectividad es la puerta de entrada al corazón, que es como un gran ventanal. De hecho, hay gente que dice que es muy sensible, y es porque tiene como ese ventanal más grande. Porque al igual que en las casas no todas las ventanas son del mismo tamaño, tampoco todos los corazones tienen las ventanas iguales”, concluye esta experta en afectividad.
“Según mi corazón”
Más allá de tener un corazón grande se trata de tener un corazón según el sueño de Dios: de tener el corazón que Dios ha pensado para ti. Para lograrlo no es un obstáculo que tu corazón esté resquebrajado, roto y herido. Basta saber que es el Corazón de Dios el que puede curarlo.
“Cuando nos acercamos a la confesión somos regenerados por el Corazón de Dios”
¿Y cómo es el Corazón?, le preguntamos a Silvia Manzanares. “El Corazón de Dios es la esencia de Dios, el Rahamin, que en hebreo significa ‘útero’, ‘matriz’, y que traducimos como ‘entrañas de misericordia’, una misericordia que no sólo perdona, sino que regenera”. Porque Dios no sólo nos crea, sino que nos recrea todas las veces que sea necesario. “Esto es palpable cada vez que nos acercamos al sacramento de la penitencia: en la confesión somos regenerados por el Corazón de Dios. Volvemos a nacer”, apunta Manzanares.
El enigma se puede entender mejor, según Manzanares, a la luz del paradigma del rey David, que, aunque fue adúltero y asesino, Dios nunca dejó de pensar lo que dijo de él: “Este es un hombre según mi corazón”. David sabía que si volvía a Dios, Él recrearía su corazón. “Cuando te reconoces pecador, cuando te reconoces el último, puedes dejarte amar y transformar por Dios; puedes reconocer tu nada y esperarlo todo de Dios”, explica Manzanares. Y con nosotros Dios ha dado un paso más porque nos ha revelado su Corazón en un corazón de carne. “El corazón de Jesús nos traduce el amor de Dios”, dice Granados.
Cuando un hombre vive de verdad en el Corazón de Dios, llega a tener un corazón entusiasmado, un corazón profundamente enamorado. Cuenta la tradición que el corazón de san Francisco Javier ardía tanto que se le quemaba la tela del hábito. De ahí que a este santo se le represente con una llama en el pecho. En un mundo herido como el nuestro, desorientado y falto de referentes de verdad y de bondad, el remedio cierto para sanar todos los males es dejar a Dios regenerarnos según su Corazón.
Una bofetada al racionalismo
La propia devoción al Sagrado Corazón de Jesús tiene también un vínculo muy interesante entre el cerebro y el corazón. Cuando Cristo le reveló su Corazón a santa Margarita María de Alacoque, estaba entrando en Francia el racionalismo y el pensamiento ilustrado que arrastró a muchos a la apostasía y que chocaba frontalmente con las gracias místicas que recibió la santa. Tanto fue así, que a santa Margarita se la tildó de loca. Lo llamativo es que cuando se exhumó a la santa en 1719, durante su proceso de beatificación, se encontró que la parte mejor preservada de su cuerpo era su cerebro, que permanecía incorrupto. Hoy esta reliquia se puede venerar en el convento de la Visitación en Paray-le-Monial, donde vivió la santa. Este hecho sorprendente ha llevado a expertos en el culto al Sagrado Corazón a afirmar que de este modo “Dios le dio una bofetada al racionalismo”. Podemos concluir que el corazón ha de ser inteligente y que la verdadera inteligencia tiene que arder de amor.
La hipertrofia del corazón
En la “cultura emotivista” actual, regida por las emociones, es fácil caer en lo que el filósofo Dietrich von Hildebrand denominó la “hipertrofia del corazón”. Alertaba el autor de El Corazón (Palabra, 1996) de que este corazón tiránico aparece cuando “el corazón se niega a permitir que el intelecto decida lo que sólo puede decidir el intelecto”, o cuando “se opone a que el centro libre y espiritual de la persona intervenga con un acto voluntario en el área reservada a la voluntad”. Un amor tiránico es un amor sin pies ni cabeza, es decir, donde se silencia la razón y la voluntad libre. Por el contrario, una afectividad sana está llamada a amar mucho, pero en armonía en todas las dimensiones de la persona. Von Hildebrand decía que “cuando ciertos sentimientos alcanzan una alta intensidad, el hombre verdaderamente afectivo sabe poner objetividad a sus emociones”. Nieves González Rico coincide en que no puede separarse el sentimiento de la realidad. Por ejemplo, una de las grandes crisis del matrimonio hoy se produce cuando uno de los cónyuges dice: “Ya no siento nada”. Ante esta situación, ella sugiere que la persona con un corazón sano sabe filtrar esa emoción por la inteligencia para preguntarse “en qué he podido descuidar mi matrimonio, qué le ha ocurrido a nuestra historia común” y pone en juego la voluntad para arreglar las cosas. “Este análisis, propio de la inteligencia, nos llevará a buscar espacios para que los esposos rehagan lo que pueda estar maltrecho. Quedarse encerrado en los sentimientos nos deja con unos prismáticos en los que la realidad se percibe desenfocada”.
Artículo publicado en la edición número 74 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





