Por Javier Lozano
“Conviértete en millonario sin esfuerzo”, “El truco infalible para ganar 100.000 euros”, “El secreto para conseguir tu primer Lambo (Lamborghini)”. Las redes sociales están plagadas de influencers vendiendo recetas mágicas que compran con entusiasmo decenas de miles de adolescentes y jóvenes.
Se trata de un auténtico fenómeno social. Los llamados criptobros o finfluencers venden promesas a una generación que vive una situación de incertidumbre económica, política y social y que se agarra a un clavo ardiendo creyendo que ellos serán los afortunados que ganarán dinero fácil y sin esfuerzo. Sin embargo, esta tendencia deja también un poso de insatisfacción, pues la idea que trasluce es que si no son ricos es porque no quieren.
Pero más allá de los dudosos (en muchas ocasiones) consejos y del riesgo de que muchos jóvenes pierdan sus ahorros o se endeuden por prestar oídos a estos gurús digitales, lo que se percibe de fondo es un grave problema ético y moral.
Una sociedad en crisis
Tomás Gómez, director del grado de Economía y Finanzas de la Universidad Francisco de Vitoria, incide para Misión en este aspecto: “Vivimos una crisis de valores que es un auténtico drama, donde el dinero se ha puesto en el centro del sistema y el éxito se mide según lo que ganas”.
Para explicarlo habla de su propia historia. Relata cómo sus padres eran personas muy humildes y que querían que él fuera médico o ingeniero, que prosperara, pero que, sobre todo, aportara un valor social a su comunidad. “Nunca hablaban de dinero, ni decían que querían que su hijo ganara mucho dinero”, asegura. Esto ha ido cambiando con el tiempo hasta llegar a unos niños y adolescentes que al ser preguntados ya no quieren ser bomberos o astronautas, sino que llanamente afirman: “Quiero ser millonario”.
Aumento de la adicción
A esta situación se ha llegado gracias a un cóctel explosivo: el dinero convertido en un fin y no en un medio, aderezado por la cultura de la inmediatez y de la impaciencia, donde las redes sociales son las maestras de miles de jóvenes. Algo lícito e incluso necesario como es la educación financiera se convierte así en algo perverso, pues desvirtúa su finalidad y se aprovecha de una tendencia social donde el largo plazo no existe.
En este sentido, Gómez señala la alta preocupación que existe ante el creciente número de casos de jóvenes que se endeudan en inversiones de riesgo. Este economista alerta sobre la lógica de la adicción. Y lo relaciona directamente con otro grave problema social que también se ceba con los más jóvenes, el de las apuestas online.
Muchos niños ya no sueñan con ser médicos o bomberos, sino que afirman: “Quiero ser millonario”
El mecanismo funciona, a su juicio, de una manera similar: promesa de una recompensa rápida y dinero supuestamente sencillo. El Ministerio de Sanidad ya ha alertado de que casi un 10 % de los adolescentes presenta adicción a los juegos de azar.
Tanto en las inversiones como en las apuestas, estos gurús aprovechan la psicología propia de la juventud en esta generación. Tomás Gómez cita dos aspectos concretos: el FOMO y la sensación de pertenencia. El FOMO (del inglés Fear of Missing Out) es el miedo a perderse algo, una ansiedad social caracterizada por la inquietud de que otros vivan experiencias gratificantes de las que uno no participa y donde existe un auténtico pavor a quedarse fuera. Estos influencers manejan el FOMO de manera magistral para atraer a los jóvenes. El segundo aspecto está relacionado con el primero y es pertenecer a una comunidad, donde con sus inversiones “se sienten que son parte de una estructura social marcada por el éxito y la búsqueda de ganar más dinero”.
En este sentido, este experto alerta de que el trasfondo es que se reconozca el éxito personal, por ser estimado socialmente. “No es tanto que haya ganado 600 euros, sino la sensación de que crean que es un tío guay, inteligente, que se mueve bien en el mundo de los negocios. Pero esto no es el mundo real de los negocios, sino que se asemeja más a ir al casino a jugar a la ruleta, porque sus intenciones, su formación y sus objetivos se asemejan más a un juego de azar que a una operación financiera”, agrega.
El FOMO empuja a muchos jóvenes a seguir los pasos de supuestos gurús digitales que les aseguran el éxito
La familia como escuela
Tomás Gómez apela a la responsabilidad de los padres para que ayuden a sus hijos a tener una relación sana con el dinero: que no se convierta en un ídolo. “Hay que educarles en el camino del esfuerzo. No quieres más a tu hijo por darle de todo. Darle todo no es que tenga todos los bienes materiales que demanda, sino ofrecerle los bienes no materiales, que son mucho más importantes”.
Explica que mucho más importante que ir al centro comercial a comprarle el último modelo de iPhone es ir juntos a misa el domingo o pasar el día en familia en el campo. “Eso les da seguridad y una base para afrontar la vida, sin tener que sentir la validación del grupo o tener que demostrar que son los mejores porque han ganado un dinero rápido”.
LA ESPECULACIÓN COMO FIN
“Esta tendencia está generando muchísimos problemas. Suele comenzar con los videojuegos y cuando esto ya no satisface la adrenalina, en algunos casos el siguiente paso es el salto a las apuestas online y a la inversión financiera en criptomonedas”, señala Tomás Gómez, que lleva tiempo investigando este fenómeno. Y cita la palabra clave en esta ecuación: especulación. “Uno puede entrar en el mundo de las criptomonedas para muchas cosas: como parte de la cartera de inversiones, para realizar operaciones mercantiles… Pero el problema es que muchos jóvenes lo hacen por especulación, por ganar dinero rápido”, añade.
Artículo publicado en la edición número 80 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





