Por Javier Lozano
Fotografías cedidas por Alfonso Gordon y la Hospitalidad de Lourdes de Madrid
Quien ha ido a Lourdes sabe que este lugar es un remanso de paz. Millones de peregrinos acuden cada año a la gruta donde la Virgen se apareció a santa Bernadette en 1858.En estos 168 años miles de personas han encontrado allí la conversión y otras muchas han recibido curaciones inexplicables. Está claro que en este lugar la Virgen no sólo ha puesto sus ojos, sino que mira con especial predilección a los enfermos: se han registrado ya más de 7.000 casos de curación, 72 de ellas reconocidas por la Iglesia como milagros.
Pero aunque las curaciones de enfermedades corporales resultan sorprendentes, son muchas más las heridas del alma que han sanado gracias a las aguas que brotan de la gruta de Massabielle. De todo esto ha sido testigo Diego Mazón, quien con 19 años acudió por primera vez con la Hospitalidad de Lourdes de Madrid, organización que realiza dos peregrinaciones anuales a este santuario del Alto Pirineo francés con 2.500 personas, cientos de ellas enfermas, que acuden al encuentro con Nuestra Señora.
El doble milagro de Lourdes
“No tenía ni idea de qué era Lourdes y no había tenido jamás trato ni con enfermos ni con personas con discapacidad, y cuando llegué a la estación y vi las camillas, las sillas de ruedas, los chicos con síndrome de Down y el equipo de Infecciosos me di media vuelta para irme a mi casa”, cuenta Diego Mazón a Misión. Pero la “providencia”, como él mismo señala, quiso salirle al paso. Cuando se dirigía a la salida se encontró con la única persona que conocía en la peregrinación. Así que tuvo que quedarse y el resto es igual de providencial, pues en ese viaje descubrió Lourdes en toda su potencia.
“Ese primer año vi a una persona curarse delante de mí. Estábamos en Misa en la gruta y una mujer que tenía un tumor cerebral enorme, que prácticamente no veía y no podía caminar, se emocionó mucho durante la consagración y tras secarse los ojos dijo: ‘Veo, veo’. Y nos describía cosas que estaban lejísimos e incluso volvimos con ella andando al hospital”, relata.


Esta curación excepcional muestra los milagros visibles que se pueden dar en Lourdes. Pero más importante, si cabe, fue el milagro interior que él mismo experimentó en esa peregrinación y que cambió su vida por completo. Le pidieron que acompañara a una enferma que quería rezar el rosario en la gruta. A Diego no le apetecía porque además aquella mujer hablaba muy despacio y pensaba que el rosario se eternizaría. Pero arrodillado junto a la silla de ruedas de la enferma, tomándola de la mano mientras rezaban, ocurrió algo sorprendente: “Fue evidente la presencia de Dios, el abrazo de la Virgen… Jamás en mi vida he sentido ese calor, esa paz como lo viví en aquel momento. Ese rosario, que efectivamente duró muchísimo, cambió radicalmente mi vida”. Desde aquel momento continuó acudiendo con la Hospitalidad cada año. Llegó luego a ser jefe de equipo y más tarde vicepresidente de la Hospitalidad.
Hospitalario de por vida
Diego recalca que lleva 28 años yendo a Lourdes –no ha dejado ni un solo año de ir– no por haber presenciado una curación milagrosa, sino por el “abrazo” de la Virgen que transformó su corazón. “En este lugar la Virgen te va enseñando, te va mostrando el camino, te da lecciones y te regala innumerables gracias”, asegura. Mazón explica que Lourdes abre los ojos para ver con una mirada diferente. En primer lugar, señala que allí “puedes ver el sufrimiento sólo como dolor o en un sentido trascendente, viendo a Jesús en cada enfermo y percibiendo cómo el amor es mucho más fuerte que la enfermedad”. Por eso, define Lourdes como el lugar de la sonrisa: “Todo el mundo sonríe, sean enfermos o voluntarios. Es impresionante”.
Pero en Lourdes, agrega este veterano hospitalario, además se “ve de forma palpable la dignidad humana que hemos dejado de reconocer en nuestra sociedad”. En este lugar el enfermo y el discapacitado no son los descartados, sino los protagonistas. Por eso asegura que el santuario mariano es un signo de contradicción para el mundo. “Siempre decía a los voluntarios de mi equipo que si el enfermo está en silla de ruedas no hay que hablarle desde arriba, sino bajar y mirarlo a los ojos, porque aunque esté completamente deformado, en sus ojos se ve perfectamente a la persona que tienes delante”.

Mazón considera que Lourdes enseña a las personas a vivir de otra manera. “La lección más importante que aprendí es que la felicidad siempre está en la entrega al otro. Lo vi cuando llevaba 30 horas sin pensar en mí y era absolutamente feliz”. Pero hay una última enseñanza palpable, que muestra la obra que Dios ha hecho con el hombre. “Lourdes es un lugar de sanación, pero no sólo física, sino más bien espiritual. Muchos enfermos vienen en estado de desesperación y vuelven a sus casas con unas ganas tremendas de vivir”, incide. Y como muestra de este gran milagro de Lourdes afirma que “jamás en 28 años he visto a ningún enfermo rezar por sí mismo: siempre rezan por otro, por su primo, su amigo, su padre. Es impresionante”.
«Mi discapacidad es un encargo de Dios»
Gonzalo Goiri tiene 40 años y padece parálisis cerebral espástica con un 84 % de afectación. Desde 2022 va a Lourdes dos veces al año en las peregrinaciones que organiza la Hospitalidad de Madrid. Siempre quiere volver para encontrarse con la Virgen. “María es el teléfono que siempre suena, el consuelo y la persona a la que recurro cuando tengo alguna necesidad”, explica a Misión. Pese a tener una grave discapacidad, Gonzalo afirma que en Lourdes se ha dado cuenta “de la suerte que tengo al creer y poder aferrarme al cariño de la Virgen María”. De hecho, Gonzalo no peregrina buscando la curación física: “Voy a verla a Ella, no en espera del gran milagro, porque ya no me hace falta. Tengo clara la entrega que Dios me pide con esta discapacidad”. Porque, confiesa, que la enseñanza que ha extraído de Lourdes es precisamente que ha pasado “de no aceptar del todo una discapacidad tan severa a volver a casa sabiendo que es un encargo de Dios”. Por ello, el baño en las piscinas de Lourdes no lo ve como un signo de limpieza exterior que, por gracia de Dios, puede llevar a una curación, sino, sobre todo, como una limpieza interior que permite restaurar algo herido en el interior. “Es más importante el cambio interior que el exterior”, sentencia este devoto de la Virgen.
Artículo publicado en la edición número 81 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





