Por Marta Peñalver
Artículo publicado en la edición número 73 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.
“La paternidad es, en todos los sentidos, algo sobrecogedor”
La paternidad es algo que el ser humano lleva impreso en el corazón, no hay más que rascar un poco para descubrir en las personas ese deseo natural de perpetuarse. Juan Serrano y Paula Martínez del Mazo llevan cinco años casados y tienen tres hijos. Ambos coinciden en que siempre desearon ser padres, aunque no fue un deseo “palpable” hasta que se conocieron y su relación fue asentándose.
“Cuando conocí a Juan pensaba en la maravilla que sería que algún día pudiéramos tener hijos, aunque en ese momento me parecía algo muy grande, casi inalcanzable”, explica Paula. Hoy Blanca, su hija mayor, tiene cuatro años y sus padres recuerdan con emoción el momento en que supieron que iban a tener un hijo. “Lloré al saber que Paula estaba embarazada”, asegura Juan, quien participa en El Club Dalroy, un podcast sobre cultura católica y familia. Y es que cuando un matrimonio espera un bebé, su hijo se convierte en el centro de las conversaciones. Parece que todo gira en torno a él: la madre se cuida como nunca para dar vida a ese niño, prepara la ropa, el carro, la cuna… antes siquiera de conocer a ese bebé.
La llegada de los hijos proporciona una alegría que no se puede comparar con nada más
Llega el momento del parto y da igual cuánta gente les haya explicado las venturas y desventuras de la paternidad. Ante ellos se abre un mundo nuevo, incomprensible… ¡y absolutamente sobrecogedor! Paula asegura que le resulta muy difícil explicar con palabras esas primeras emociones y es que “en todos los sentidos es algo impresionante. Por un lado, es una experiencia muy física, muy instintiva. Se hace realidad eso de que los hijos son ‘carne de mi carne’. Y por otro lado recuerdo mirar a Juan y pensar: ‘¿Cómo puede haber algo tan grande?’. Estaba maravillada con todo lo que estaba viviendo”.

Un amor que se multiplica
Juan, que dice haber vivido el embarazo como espectador, asegura que, cuando pudo sostener a su hija en brazos, “se multiplicaron por mucho las expectativas”. Y es que, la llegada de los hijos proporciona una alegría que no es comparable a nada de lo que un ser humano puede experimentar. Cuando se casan, los esposos saben que el resultado natural del amor eterno que se profesan es la llegada de los hijos. Y es que el amor es el único vínculo capaz de generar vida. Así como el sacramento del matrimonio los hizo convertirse en una sola carne, la paternidad los convierte en padres de una nueva criatura y custodios del don que son los hijos.
“Desde que nació Blanca soy más consciente de la importancia del vínculo entre Paula y yo, es como si la paternidad lo hubiera agrandado”, explica Juan. Por su parte, Paula explica que lo mejor de la maternidad en su caso ha sido “que de nuestro matrimonio haya salido esta maravilla que son nuestros tres hijos”. Para ella, el verdadero misterio de la paternidad es que es Dios quien da los hijos, como consecuencia del amor entre los esposos. Cuando la paternidad es un fin en sí mismo, se desvirtúa.
La paternidad no es un tic en una lista de cosas por hacer o la siguiente casilla en el juego de la vida. Quienes así la conciben suelen vivirla con angustias, miedos, inseguridades, volcando en los hijos los propios anhelos no cumplidos, intentando, a fin de cuentas, hacer del hijo un proyecto personal. Los padres están llamados a acompañar a sus hijos a discernir la plenitud que el Señor quiere darles, no a hacer de ellos un títere a su gusto.
“La paternidad me ha hecho ser más consciente de que Dios es mi Padre”
Chispazos de Dios
En el Evangelio de Mateo, Jesús dice a sus discípulos: “¿O hay acaso alguno entre vosotros que al hijo que le pide pan le dé una piedra; o si le pide un pez, le dé una culebra? Si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan!”. Juan cuenta a Misión una anécdota de cómo sintió esto en sus propias carnes gracias a la experiencia de la paternidad. “Cuando Blanca tenía apenas unos días, me quedé por primera vez solo con nuestra hija, que empezó a llorar sin consuelo. Mientras la sostenía en brazos intentando calmarla, pensé: ¿Por qué sigue llorando si donde mejor puede estar es en brazos de su padre?… ¿Y por qué me alejo yo tantas veces de los brazos de mi Padre? La paternidad me ha hecho ser más consciente de que Dios es mi Padre y si yo, con mis limitaciones, quiero lo mejor para mis hijos, ¿cómo no va a querer Él lo mejor para mí?”.
Por su parte, Paula también experimentó el amor de Dios Padre gracias a un enfado con su hija Blanca.“Un día me enfadé y le dije: ‘Te perdono, Blanca, pero déjame un rato tranquila’. Y me contestó:‘Pero, mamá, ¿por qué si me has perdonado no podemos volver a estar como antes?’. Entonces me di cuenta de que eso que a mí me costaba tanto que es hacer borrón y cuenta nueva, Dios sí lo hace conmigo: Cuando le pido perdón, Él me perdona y olvida lo que le he hecho”. Dios nos da la oportunidad de empezar de nuevo a cada instante. Si volvemos a Él, nos recibe con los brazos abiertos.
“Me mira a través de Juan”
Pero en la paternidad no todo es fácil. Cualquiera que haya sido padre sabe que recibir a un nuevo miembro en la familia es un acontecimiento que a veces cuesta encajar. “Para mí lo más duro fue ver que Paula sufría y que yo no podía hacer nada por ella”. Paula, por su parte, recuerda que en esos primeros momentos se sentía en su peor faceta y no era capaz de reconocerse a sí misma. Eso le llevaba a pensar que Juan podía rechazarla, pero gracias a la actitud de su marido, siempre atento, cariñoso y pendiente de sus necesidades, Paula descubrió “que el Señor me mira a través de Juan y que no valgo por estar guapa o contenta, sino que Dios me quiere como soy”.
Desde que nació su primogénita, la familia tomó otra dimensión:“Valoro más el matrimonio, soy más capaz de darme cuenta de la importancia del vínculo entre Paula y yo y del lugar que ocupa ella en mi vida”.
UNA SOCIEDAD QUE FRENA EL DESEO
Hoy en día se arrebata el anhelo de la paternidad de muchos corazones que renuncian a ella por comodidad, miedo o inseguridad. Pero esto no es nuevo. La encíclica Humanae Vitae, escrita por san Pablo VI en 1968, empieza diciendo: “El gravísimo deber de transmitir la vida humana ha sido siempre para los esposos, colaboradores libres y responsables de Dios Creador, fuente de grandes alegrías, aunque algunas veces acompañadas de no pocas dificultades y angustias”. La paternidad es, y ha sido siempre, fuente de incertidumbre y dudas. Y no es para menos, pues Dios entrega a uno de sus hijos para que los padres lo cuiden y lo encaminen al Cielo. Como muchos padres, Juan y Paula también han sentido ese vértigo, pero aseguran que “volcamos los miedos y las incertidumbres poniendo la confianza en alguien que va más allá de nuestras fuerzas: Dios”.
Artículo publicado en la edición número 73 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





