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El peligro de dejarse atrapar por la cultura de la inmediatez

Vivimos en un mundo frenético que no tiene tiempo de pararse a reflexionar, a pensar, a meditar. La cultura de la inmediatez ha propiciado un estilo de vida superficial, apegado a las gratificaciones instantáneas, y ha acentuado el vacío existencial, fuente de una terrible y constante insatisfacción. Detenerse es una necesidad, y recuperar la capacidad de andar caminos largos y de vivir procesos lentos, una urgencia.

Por Javier Lozano

¿Cuántas  veces hemos recibido un mensaje de WhatsApp y hemos sentido la necesidad irremediable de contestar al instante sin pensar? ¿O con un solo clic hemos comprado impulsivamente cosas que seguro no necesitábamos? ¿O tal vez hemos entrado en cólera porque un paquete no ha llegado a casa en 24 horas, tal y como estaba previsto?

La cultura de la inmediatez nos promete una gratificación inmediata de nuestros deseos, pero tras esta primera capa de satisfacción se esconde una realidad menos idílica. Manuel Martínez-Sellés, catedrático de Medicina y autor de Verdades incómodas para personas autónomas (Rialp, 2025), explica que  “existe una asociación entre la cultura de la inmediatez y el aumento de los trastornos de salud mental”, pero también físicos relacionados con problemas digestivos y cardiovasculares.

“La búsqueda frecuente de gratificación instantánea y el uso compulsivo de pantallas es un caldo de cultivo para la ansiedad, el insomnio, el estrés crónico y los trastornos del sueño. Cuando nuestra mente se acostumbra a ciclos rápidos de recompensa, si no los obtiene, entra en un estado de malestar”, añade. 

¿Por qué ocurre esto? Martínez-Sellés señala que “la inmediatez afecta a mecanismos neurológicos básicos de recompensa y placer”. Los likes y las notificaciones desencadenan la liberación de dopamina y otras sustancias, y la sensación de placer que genera refuerza el mismo patrón de comportamiento, haciendo que busquemos repetirlo una y otra vez. 

“Las tecnologías, aplicaciones, plataformas, redes sociales y compras en línea no están diseñadas pensando en nuestro bien, sino para potenciar estas conductas adictivas. Reducen al máximo la espera, lo que crea una sensación de que podemos tenerlo todo ya, por lo que exigimos tenerlo todo ya”, agrega.

Pero esta situación es sólo la parte visible del iceberg. En lo más hondo está relacionada con la destrucción de las raíces en las que se sustenta la cultura, la ruptura con los valores sólidos del pasado y la creación de un sinfín de supuestos derechos, que lejos de llevar a la plenitud han incentivado que cavemos cada vez más hondo en un vacío existencial y una insatisfacción profunda. Y se intenta llenar este desasosiego con remedios superficiales que proporcionan consuelo inmediato, aunque efímero e intrascendente. 

Es lo que se conoce como la cultura de la inmediatez, una nueva forma de vida con individuos que  “lo quieren todo y lo quieren ya”, adictos a recompensas constantes que insuflen un sucedáneo de esperanza a una sociedad cada vez más desesperanzada.

“Muchas personas temen el silencio y la soledad y necesitan -estimulos constantes porque no saben estar consigo mismas. En un mundo sin valores sólidos, se buscan sustitutos fáciles, aunque sean vacíos”, explica Martínez-Sellés. Esto tiene un reflejo claro en el escape hacia el mundo virtual, con las redes sociales como gran exponente o el consumismo de una sociedad que compra mucho más de lo que necesita.

No hay tiempo para parar, pensar, preocuparse por el otro ni para profundizar en las cosas importantes. Es la dictadura del cortoplacismo que se percibe en la política, la economía o en el ámbito de las relaciones personales y familiares… Ha desaparecido la mirada más allá del aquí y del ahora, lo que rompe las raíces que sostenían a la comunidad.

Cultura de la imagen

El sacerdote Javier García Rodríguez, delegado de Juventud de la Archidió-cesis de Santiago, destaca cómo el narcisismo y el hedonismo, trufado con la instantaneidad y la superficialidad, han provocado una epidemia de soledad y vacío. 

Concretamente, este sacerdote habla de cinco heridas en esta generación: físicas, psíquicas, afectivas, sexuales y espirituales. Todas ellas vinculadas entre sí.  “Vivimos en la cultura de la imagen e intentamos aparentar una imagen mejorada de lo que somos, donde el centro es el ‘yo’. Y aparece el sufrimiento, la presión por dar una talla y la carga de una gran culpa. De ahí el aumento de las autolesiones. Hoy abundan los individuos frágiles, debido en buena parte a la sobreprotección parental, la falta de exposición al conflicto y la dependencia emocional hacía los dispositivos móviles. Es así –indica–  “como los jóvenes se enfrentan a la realidad, confiando más en sus sentimientos que en la razón”  y marcados por una inmediatez que los ha hecho “débiles frente a la frustración”.

García Rodríguez incide en que en la actualidad “se ha absolutizado el sentimiento, lo importante ya no es ser, sino sentir y consumir sensaciones, y esto vuelve al joven narcisista”, agrega. Este narcisismo incapacita para amar a los demás, pues trata de poseer al otro, lo que acaba provocando una gran herida que obliga a seguir probando cosas nuevas y a consumir sin parar toda novedad que se nos presente. Pero, en su opinión, la herida más profunda es la espiritual. El  joven actual es  “apateísta”, “la religión no sólo le genera indiferencia, sino también apatía”. Debido al imperio de la instantaneidad, no tiene paciencia para los tiempos de Dios.

Referentes auténticos

Para revertir esta cultura de la inmediatez y de la superficialidad es necesario paliar la falta de referentes y recuperar el sentido del sacrificio. No hay mejor manera de echar raíces que en una familia donde los padres se erigen en referentes, desechando la tentación de una adolescencia perpetua. “Un referente es alguien que te guía desde la niñez, por la adolescencia y te ayuda a seguir un camino”, indica este sacerdote, que avisa a los padres de que los hijos difícilmente podrán madurar si ellos mismos están anclados en el síndrome de Peter Pan.

A su vez, el filósofo Jorge Freire aboga por el sacrificio, que es el ejercicio contrario a actuar sin pensar y a dejarse llevar por los instintos. “El sacrificio es virtuoso y tiene sentido por sí mismo, pues te sacrificas por algo superior a ti”, indica a Misión. El sacrificio levanta la mirada más allá del propio yo, de la recompensa inmediata. Aprender a sacrificarse es la gran necesidad del mundo hoy.

Momento de reflexión

Pero el hombre actual, pese a la alienación que pueda estar sufriendo, tiene una ventaja a su favor: el deseo de profundidad y de buscar el Bien y la Verdad estará siempre en la esencia del hombre.  “Es momento de potenciar la reflexión, la lucidez, el análisis, el sentido común y de vivir de forma plena con toda nuestra grandeza. Tenemos que redescubrir la fidelidad, el respeto a los mayores, el amor por la vida y la fe”, señala Martínez-Sellés. 

Llevar esto a la práctica implica tiempo y esfuerzo, pero a largo plazo los frutos son abundantes. Este catedrático de Medicina propone algunos ejemplos para lograrlo:  “Promover actividades que requieran procesos largos como la lectura pausada, caminatas por la sierra o el aprendizaje de un instrumento, establecer periodos del día sin pantallas ni -notificaciones.Los padres debemos educar en la espera y en la tolerancia a la frustración, algo que exige un compromiso claro. Sin olvidar la persistencia como elementos fundamentales del aprendizaje y el crecimiento”.

Recuperar la trascendencia

Pero más importante, si cabe, para atajar esta crisis es recuperar la trascendencia y curar las heridas de una generación a la que le han arrebatado a Dios y que por ello busca en esta vida finita llenar el deseo de plenitud. 

La respuesta la tenemos a mano.  García Rodríguez afirma que es Jesucristo quien nos cura. “No estamos llamados a ser la mejor versión de nosotros mismos como nos repiten sin parar, sino a ser la imagen de Cristo”. Este sacerdote recuerda que el Corazón de Cristo es  “el refugio seguro en medio de la tempestad del mundo; es un lugar de descanso”, pero también es  “la gran escuela para aprender a amar y a donarnos, para salir de nuestro aislamiento”.  Y aún más, es Él quien  “nos muestra la belleza del amor humano” y del propio cuerpo, algo sobre lo que la cultura de la inmediatez ha engañado al hombre. Y sobre todo, ofrece una “visión sólida” en medio de un  “mundo líquido”, fugaz.

Por ello, García Rodríguez afirma a Misión que, además de sanar, urge  ofrecer “ lo más genuino que existe”: Jesucristo. Él es la respuesta que necesita un  “Occidente que no para de perseguir gurús y espiritualismos de moda. Hay que recuperar el primer anuncio para que Él sea el centro de nuestra vida. Y será así como cambie nuestro modo de vida, nuestros criterios y nuestra forma de pensar”.

LA PEREZA: UNA CLAUDICACIÓN MORAL

Hay un pecado muy vinculado a la inmediatez que muestra la paradoja de nuestro tiempo. Cuanto más veloz va el mundo, más aprieta la pereza. El filósofo Jorge Freire explica esta teórica contradicción asegurando que “en el individuo agitado el furor de su impaciencia se da en relación inversa a su indolencia”. Y pone un ejemplo cercano: “Con cuanta mayor vehemencia se abronca al barista por hacer esperar un minuto y medio el café, más episodios de Juego de Tronos u otra serie es uno capaz de tragarse esa misma tarde”, señala a Misión.

Freire también recuerda que muchas personas confiesan abiertamente que querrían plantar un árbol, montar una maqueta del Titanic o escribir un libro… Pero al final, lejos de embarcarse en estos proyectos, siempre hay algún impedimento y “se pasan el día mirando una pantallita”. En su opinión, “nada hay más cansado que la pereza, pues la persona perezosa siempre está cansada, mientras que la persona activa, en cambio, descansa trabajando y trabajando descansa”. Este filósofo rescata una anécdota que ocurrió con Pío Baroja que lo muestra a la perfección. En un pequeño pueblo guipuzcoano, un anciano labrador se encontró al escritor escribiendo entre papeles, se le acercó y le preguntó: “Don Pío, ¿descansando?”. Y Baroja repuso: “No, no, trabajando”. Esa misma tarde, Baroja fue al huerto con una azada para trabajar la tierra y al verle el labrador le preguntó: “Qué, don Pío, ¿trabajando?”. Y éste le respondió: “No, no ahora estoy dándome un descanso”. Y el labrador encogiéndose de hombros se dijo a sí mismo: “Cuando descansa, dice que trabaja y cuando trabaja, dice que descansa: No hay quien lo entienda”.

“Creo que tumbarnos a la bartola, como hace tanta gente, es agotar los talentos que se nos ha dado. Y si uno deja de moverse, pronto se entumece. Y si uno renuncia a una vida en devenir, pronto se cristaliza. Lo que comienza como una contractura muscular, termina como una claudicación moral. Por esa razón yo estoy radicalmente en contra de la pereza”, concluye Freire.

Artículo publicado en la edición número 77 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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