Por Enrique García-Máiquez
Mi obra preferida, con el corazón en la mano, es la comedia El abanico de lady Windermere. En estos tiempos de cinismo contra el matrimonio, da muchísima alegría el retrato de uno joven, hermoso y profundamente enamorado. Si ustedes odian los spoilers vayan corriendo a leerla.
¿Ya? ¿Se han alegrado de leerla, verdad? No me extraña porque la obra trata de lo que más reconforta el corazón del hombre: es la historia de una redención. Y, por tanto, tiene un mensaje central absolutamente cristocéntrico. Nada más empezar, la bellísima lady Windermere, tan joven, se marca un manifiesto reaccionario, reclinándose en el sofá, que es casi otro spoiler: “Me mira usted como a una mujer de otros tiempos, ¿verdad? Pues sí, señor, lo soy. Y sentiría muchísimo estar al mismo nivel de un tiempo como éste”. Lord Darlington, que ya sabe usted que es el canalla de la historia, defiende este tiempo, claro: “¿Tan malo lo encuentra usted?”. Y nuestra señora de Windermere contraataca con perfecta teología: “Malísimo. Hoy día, todo el mundo parece considerar la vida como una especulación. ¡Pues no es una especulación! Es un sacramento. Su ideal es el amor. Su purificación, el sacrificio”. Toda la acción consistirá en demostrar que, en efecto, el sacrificio es la clave y que el amor es el ideal. La purificación la llevará a cabo Mrs. Erlynne. Acepta el escándalo y la afrenta en casa de otra por salvarla. Se echa sobre los hombros la perdición ajena. Ella es la más inesperada figura de Cristo (paradoja wildeana y, por tanto, verdadera).
Toda la efervescente frivolidad previa y hasta la posterior no son más que la preceptiva discreción: que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha. Y tan bien disimulan Oscar Wilde y sus personajes que podemos salir de la comedia muertos de risa sin darnos cuenta de la parábola que se nos acaba de representar sobre la misericordia y la esperanza. ¿O no nos dimos cuenta de cómo ardía nuestro corazón al final de la obra, justo antes del aplauso? (Que el Oscar Wilde del decadentismo y del escándalo se convirtiese al catolicismo en su lecho de muerte, nos parece –tras leer El abanico de lady Widermere– lo más natural).
Un matrimonio ideal
El abanico de lady Windermere pone en el centro del escenario un matrimonio ideal. Qué sorpresa ahora que casi todas las representaciones conyugales que nos ofrece la cultura son problemáticas, rotas o al borde la ruptura, con engaños y traiciones. Aquí hay un amor como una casa. La comedia nos deja tres enseñanzas esenciales sobre el matrimonio. La primera es que no hacen falta malas intenciones ni tan siquiera imprudencias para que un matrimonio pase por pruebas difíciles y laberínticas. La segunda es que la ingenuidad que acompaña a la bondad es estupenda y, además, singularmente atractiva, pero que no podemos olvidarnos de la otra mitad del consejo evangélico: hay que ser cándidos, sí, como palomas: pero también astutos contra las lenguas bífidas. La tercera lección es que ningún matrimonio nunca es del todo autosuficiente. Necesita de amigos y de familiares que, con discreción y buen humor, velen con el rabillo del ojo por su felicidad.
Artículo publicado en la edición número 76 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





