Por Enrique García-Máiquez
La grandeza literaria de Solzhenitsyn queda a menudo eclipsada por su testimonio ético y su valentía política. Mario Vargas Llosa, por ejemplo, subrayaba su hazaña moral e intelectual al sobrevivir al horror concentracionario y contarlo en libros de una fuerza documental sin parangón en la historia reciente. Tiene razón, pero nosotros preferimos quedarnos con todo: también con lo literario, que en Solzhenitsyn nunca se separa del compromiso, porque él vivió ambas dimensiones como caras de la misma moneda.
La casa de Matriona es un buen ejemplo. El narrador, trasunto del propio autor, se compra una cámara de fotografía nada más llegar al pueblo donde va a instalarse: un gesto sencillo que anuncia su verdadera intención: levantar acta de lo que vean sus ojos. La fidelidad de Solzhenitsyn a los hechos vividos es tan extrema que él mismo reconoció más tarde haber cambiado apenas algunos nombres y la fecha de su relato, lo justo para poder burlar a la censura soviética. Se publicó casi de milagro, aprovechando el breve deshielo que siguió a la muerte de Stalin, cuando el autor ya daba por hecho que nada suyo vería la luz. El efecto en sus contemporáneos, acostumbrados a un océano de propaganda, fue sísmico. Removió los cimientos de la literatura oficial soviética.
«El relato nos anima a que dejemos este mundo siendo un poco mejores de lo que entramos en él»
La historia, en apariencia, no puede ser más sencilla: un joven recién salido del campo se retira a un pueblo perdido buscando las raíces auténticas de Rusia, y alquila una habitación en la casa desvencijada de una vieja viuda, Matriona. Poco a poco, va conociendo su historia y descubriendo la hondura de su alma. Eso es todo. Pero la bondad, cuando es real, resulta inconmensurable, y termina por conmovernos hasta la médula. Sin descartar la intervención de la Providencia –que puso a un escritor así en el camino de una mujer y de una historia así–, hay que reconocer el mérito del autor: su mirada iluminadora, su alma en carne viva, y una dosificación sabia del argumento que logra, con maestría de alta literatura, la naturalidad más límpida.
Un crecimiento moral
Quizá si supiéramos mirar como Solzhenitsyn, nos sorprendería la grandeza que pasa continuamente a nuestro lado, oculta en unas vidas corrientes y anodinas. Significativamente, ni los parientes de Matriona ni sus vecinos fueron capaces de advertir la suya. Nosotros sí, gracias a este pequeño libro imprescindible. El relato nos anima a que el paso de cada uno por la vida se convierta, por encima de todo, en una aventura de crecimiento moral.
El spoiler eterno
Yo aviso del spoiler por si hay algún lector especialmente susceptible a los destripamientos, pero el de La casa de Matriona es el mismo de toda la gran literatura occidental: su lectura —en última instancia— cristológica. La maestría literaria del Premio Nobel ruso consiste en ir dosificando la información para que, al final, el resultado sea, a la vez, una sorpresa y un corolario. Lo que he adelantado no puede sorprender a nadie que conozca el profundo cristianismo de Solzhenitsyn. Su mirada sobre Matriona no es sentimental ni meramente social: es una mirada religiosa, capaz de reconocer en la humildad, en el sacrificio y en el sufrimiento una misteriosa irradiación de la gloria de Dios. Confiesa esa fe en este poema suyo, titulado Oración, traducido al español por Francisco Alba: “Qué sencillo es vivir contigo, Señor./ Qué sencillo creer en Ti./ Cuando me aparto de la confusión/ a la que desciende mi espíritu/ cuando los más inteligentes de nosotros/ no ven más allá de la noche de este día/ y no saben qué han de hacer mañana,/ Tú me envías la clara seguridad/ de que existes/ y de que cuidas de mí/ para que los caminos del Bien no estén cerrados./ En la cima de la gloria terrenal,/ miro hacia atrás, sorprendido, a ese camino/ que atraviesa la desesperación/ desde el que yo pude enviar a la humanidad/ los reflejos de tu gloria./ Tú me darás/ cuanto sea necesario/ para que continúe esa labor./ Y si no lo consigo/ querrá decir que ya me lo has otorgado”. Con La casa de Matriona, el Señor ya había concedido a Solzhenitsyn ofrecernos, a través de la desesperación, un incontestable reflejo de su gloria.
Artículo publicado en la edición número 81 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





